• 20 mayo, 2011



El anhelo de un país desarrollado sigue muy vigente y las políticas públicas parecieran llevarnos hacia allá. Pero el relato de Piñera se va quedando atrás, sin que nadie pueda levantarlo.


El 49% de rechazo irrumpe de nuevo imperturbable en la encuesta Adimark, , por tercer mes consecutivo. Me imagino que duele, como si el guarismo estuviera esculpido en la vanidad de Piñera.

Para alguien que tiene al país creciendo, cuya nueva forma de gobernar no tiene competencia y con una larga trayectoria siguiendo la huella de las opiniones públicas –siendo además un artista con su capacidad empatizar y establecer sintonía mediática, de pronunciar palabras ajustadas al guión perfecto y disparadas por una memoria privilegiada–… para ese personaje el 49% no debe ser entendible.

No tiene sentido hurgar en los hoscos números de las encuestas. Sólo dan respuestas a preguntas que suponemos son importantes para las personas. Se pregunta sobre aquellas cosas que se cree que encierran lo racional del comportamiento de la gente. Pero no indagan en lo no dicho, en los elementos emocionales e incluso inconscientes que guían y dan sentido a decisiones y elecciones.

Para facilitar ese proceso, lo que se hace necesario es instalar un propósito o visión –como lo hacen las marcas– para generar identificación. Es esto lo que no logra instalar el gobierno: una estrategia narrativa que le dé sentido a lo que se hace. Es la pieza que falta.

Cae de cajón que hay un cuento ausente, uno de los buenos, de esos que hacen soñar y que hacen parar los pelos cuando son encarnados en un líder. Lo que está claro es que la “gestión” no constituye relato ni emociona. Es cosa de ver cómo los altos niveles de aprobación de los ministros no se trasvasijan al presidente.

No hay que mirar a huevo esto. La Concertación hizo escuela en este asunto: tenía claro que el relato da cuenta de un anhelo de país y que en sí mismo es un anhelo de nuestra cultura política.

El relato país de Aylwin era la inclusión, el fin de la divisiones, el esfuerzo por un país reconciliado. Frei a su ritmo, sin estresarse, transmitió el relato de un país que forjaba sólidas bases de crecimiento y que con orgullo –de jaguar– entraba en los mercados internacionales. El relato de Lagos fue el timón firme ante las tormentas y las carreteras republicanas hacia la modernidad. Bachelet instaló el de un país a escala humana; el valor de las personas comunes y corrientes.

Por sobre los relatos de los productos presidenciales, había un relato de la marca Concertación: el optimismo de que los sacrificios diarios nos llevaban, paso a paso e irremediablemente, a un país desarrollado.

El final es conocido: se impuso la percepción de abuso de poder, se trastocó el concepto de equidad, se desvaneció la fe en el futuro y por sobre todo se perdió la paciencia. El mal final de ese relato fue un uppercut a la autoestima país.

Cuando Piñera irrumpió en la carrera presidencial, impuso velocidad, energía y dinamismo; y en muchas ocasiones –con cierto cinismo–, la sensación de que podíamos transitar por un atajo al progreso. Su historia personal se constituyó en metáfora de ingenio, de algo muy chileno, del sentimiento de que si él lo había logrado, todos nosotros también podríamos alcanzar el éxito si es que “le poníamos”. Remeció a las clases medias emergentes, a los nuevos chilenos, a esos acróbatas en el uso de las tarjetas de las casas comerciales. Todos íbamos a ser empresarios, dirán algunos.

Es ese relato de Piñera el que no se expresa en el gobierno. Los ministros, a pesar de la buena evaluación, no lo logran. No encarnan ese ingenio, sino más bien un mejoramiento estructural del sistema (mejor educación, mejor Transantiago, mejor postnatal, etc.) Son una buena respuesta a los fracasos de la Concertación; pero son una expresión más del pasado que del futuro.

No hay un vaso comunicante en la imaginería que gatilló el presidente y los esfuerzos que realizan sus ministros. Así van el 49% por un lado y por otro derrotero los 70% y más de aprobación que tienen varios ministros.

Piñera es promoción de lo individual por sobre lo social, y el gobierno es tan social como los anteriores. Ante esta desatada desincronización, lo que hay es un vagabundeo generalizado de ideas, iniciativas y propósitos. Pero, sin duda, prima una gran desorientación respecto al quehacer de lo público y su incidencia en lo privado, en la vida de las personas.

No está claro que lo que se dice en el ámbito de lo público las personas lo sientan como útil para sus propias conversaciones, para sus desafíos diarios en el trabajo o en la casa, para alcanzar el progreso lo antes posible.

El anhelo de un país desarrollado sigue muy vigente y las políticas públicas parecieran llevarnos hacia allá. Pero el relato de Piñera se va quedando atrás, sin que nadie pueda levantarlo. El mismo tendría que meterle harto corazón, y sabemos que le cuesta. Hinzpeter disparó en una entrevista que el gobierno no necesita relato, y chao. Larroulet, por el contrario, dijo que el gobierno si tenía relato: “oportunidades para todos”, otra meseta. El relato es la posibilidad de establecer un puente entre la esencia de Piñera y la gestión de sus ministros; quizás el tema es cómo darle más futuro al presidente y darle más sentido de inmediatez a la gestión.

El 21 de mayo veremos si hay salto al abordaje y se nos clave en el corazón la pieza que falta, o la evita como si fuera una trampa.