• 23 septiembre, 2011



Es sorprendente que sea en este momento tan relevante cuando las organizaciones gremiales empresariales hayan decidido ser menos visibles que nunca. Su desaparición parece tener dos explicaciones posibles: o no tienen mucho que decir, o carecen de acuerdo interno para opinar.


Dos artículos publicados en el pasado número de la revista Capital permiten una buena aproximación a la actual situación del empresariado en medio del ambiente político, social y cultural que se observa en Chile. El primero, una entrevista a Patricia Matte, en el que la socióloga de la UC cuestiona el rol de ese sector en el actual momento nacional. El segundo, un texto del historiador Alejandro San Francisco respecto del gobierno de Jorge Alessandri (1958-1964) y su trayectoria, que concluyó con la elección de Eduardo Frei Montalva y el inicio de la Revolución en Libertad.

Ambos artículos presentan miradas que permiten apreciar en clave coyuntural, pero también con perspectiva histórica, los problemas y tensiones que aquejan al empresariado y a la derecha chilena cuando están en el gobierno. Además, hay aquí una coincidencia: tanto el ex presidente Alessandri como la presidenta de la Sociedad de Instrucción Primaria forman parte de las familias más influyentes en nuestra historia política contemporánea.

San Francisco señala que “los años de Alessandri –hombre del mundo empresarial, de familia política– no fueron fáciles ni en lo doctrinal ni en el ejercicio de la política práctica. (Tuvo) dificultades dentro del gobierno y con la oposición, problemas internacionales y crisis internas, ataque sistemático de los adversarios y abandono progresivo de los partidarios. En fin, años de ilusiones y desencanto, anticipo impensado de una posible revolución”.

Por su parte, Patricia Matte, en medio de la protesta estudiantil y cincuenta años después de la experiencia alessandrista, sostiene con crudeza que un sector del empresariado está desconectado del Chile real –“hay mucha gente que vive en la estratósfera, que no quiere ver”, señala –y cuestiona la falta de convicción del gobierno de Sebastián Piñera respecto de la ejecución de su propio programa.
Es cierto que los tiempos son distintos. Pero el desafío es el mismo: cómo dar con un gobierno de amplio respaldo y poner en marcha las convicciones propias de la derecha y del empresariado, que, en el caso particular de la historia de Chile, se confunden absolutamente.

La frustración actual para el empresariado y el origen de su parálisis como actor social ocurre porque aquí las cosas han transitado al revés para ellos. En el debate están los asuntos que no le apasionan. Incluso se destacan aquellos que aparentemente le agreden: fin del Estado subsidiario, presiones tributarias, derechos de los consumidores, cambios laborales, nuevos controles ambientales y más regulaciones por doquier. Además, la influencia cultural de la Iglesia Católica se ha debilitado significativamente con reiterados escándalos, golpeando a los grandes empresarios que creyeron que era posible construir un mundo simbólico que combinara el poderío económico con la fe religiosa.

Y en los gremios empresariales, ¿qué vemos hoy? Perplejidad y juicios negativos respecto de los temas que dominan la agenda. Y se percibe también la ausencia de articulación y de estrategias que mezclen la difusión de méritos propios con alguna apertura a la discusión de los temas que se generan desde otras y nuevas convocatorias.

Una actitud distinta requiere adoptar un discurso no sólo reactivo, sino también propositivo. Y asumir que hay que hacerse cargo de pendientes obvios: que en el país hay un definitivo cansancio con los abusos (el caso La Polar representa un antes y un después) y que existe un evidente hastío con el carácter cerrado del funcionamiento de las instituciones responsables de los asuntos públicos.

Es sorprendente que sea precisamente en este momento tan relevante cuando las organizaciones gremiales empresariales hayan decidido ser menos visibles que nunca. Su desaparición de la escena pública parece tener sólo dos explicaciones posibles: o no tienen mucho que decir o carecen de acuerdo interno para opinar sobre los temas que están sobre la mesa.

Sin embargo, puede ser también que su bajo perfil obedezca al papel que este tipo de instituciones tiene en el funcionamiento de una democracia normal y que el alto protagonismo que tuvieron en las últimas dos décadas se haya justificado por las incertidumbres de nuestra transición.

Hoy estamos frente a un escenario en que el empresariado puede actuar en lugar de replegarse: tenemos una reforma tributaria sobre la mesa, un debate laboral (un equipo de la UAI realizó una buena propuesta de reforma del Código del Trabajo) y en el Congreso se discuten nuevas normas para fortalecer los derechos de los consumidores. Si en todas estas materias la voz empresarial actuara con vigor y voluntad de consolidar la legitimidad de una economía de mercado transparente y competitiva, otro gallo cantaría.

Si esa fuera la actitud, probablemente una parte del actual debate, que no en vano asocia la mala calidad de la educación con el lucro, podría abrirse a otras ventanas, como aquellas que tienen que ver con la importancia del emprendimiento, la innovación, la productividad o las responsabilidades individuales. Pero si el plan consiste sólo en defender privilegios o ideas que van de salida desde la crisis mundial de 2008, entonces las cosas sólo podrán terminar mal.

Los empresarios quedaron muy desalentados al final del gobierno del presidente Alessandri. Y, por lo que se ve y escucha, ya están decaídos respecto del periodo actual. Sin embargo, es evidente que sólo una parte de la responsabilidad es del conductor principal y otra no menor les es propia. Por eso parece que les toca moverse.