Es mucho más que el lugar de encuentro de la comunidad peruana los fines de semana. En Catedral con Bandera también ha surgido un polo comercial de proporciones, orientado exclusivamente al inmigrante. Capital conversó con sus protagonistas, los antiguos, los nuevos, los exitosos e incluso los que están a punto de cerrar sus cortinas.

  • 23 julio, 2008

Es mucho más que el lugar de encuentro de la comunidad peruana los fines de semana. En Catedral con Bandera también ha surgido un polo comercial de proporciones, orientado exclusivamente al inmigrante. Capital conversó con sus protagonistas, los antiguos, los nuevos, los exitosos e incluso los que están a punto de cerrar sus cortinas. Por Paula Vargas.

“Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?” Es la bienvenida de Claudia, una joven peruana que atiende uno de los cinco centros de llamados de Alvaro Larraín (38), un empresario chileno que prácticamente se ha tomado la cuadra de Catedral al llegar a Bandera con su cadena de centros de llamados, y quien asegura que pronto la zona dejará de llamarse La Pequeña Lima –como actualmente la denominan, por ser el centro neurálgico de los inmigrantes peruanos en el país– para llamarse Punto Perú.

¿Por qué? Es la pregunta que de inmediato surge frente a su aseveración y la respuesta de Larraín es sencillamente sorprendente: “porque yo lo digo”. Por un minuto, el silencio se apodera de la pequeña oficina que tiene en el segundo piso de su primer local, en Catedral 1033, pero pronto Larraín suelta una carcajada, y aclara el comentario:

“Nosotros posicionamos este barrio como el de los inmigrantes peruanos, dimos a conocer este lugar como el centro de encuentro de la comunidad a través de una serie de actividades. Creamos el día de la nana el 25 de noviembre, y de ahí en adelante hicimos varios festivales y celebraciones, donde llegamos a reunir hasta 5 mil personas en cada evento… Ahora tenemos prácticamente tomada la cuadra con nuestros locales, los que en unas semanas se llamarán Punto Perú. Por eso creo que en unos meses será conocido el sector con ese nombre”, comenta con total certeza.

Cómo no va a estar convencido, si en menos de una década su negocio ha superado cualquier expectativa. Este ingeniero civil de la Universidad Católica y ex ejecutivo de Chilesat, tras quedar cesante, pasó de vender tarjetas de prepago en un rincón de una tienda de ropa interior a expandir una pequeña cadena de centros de llamados. Fue uno de los pioneros en esto de montar negocios orientados exclusivamente a los inmigrantes peruanos a fines de la década pasada, cuando la inmigración del vecino país estaba en pleno auge.

Pero no fue el único. Como él, muchos chilenos y, más tarde, peruanos quisieron participar de la torta que les ofrecía este nuevo nicho de mercado que supera las 60 mil personas, según datos de la última encuesta Casen (2006).

Capital, durante un recorrido por el sector, conversó con sus protagonistas: los antiguos, los nuevos, los exitosos e incluso “los pedidos”, como más de alguno denomina a quienes están a punto de bajar sus cortinas. Ellos cuentan en primera persona sus historias de emprendimiento. Unos, más abiertos que otros, “por las sensibilidades que existen contra nosotros”, según explica un comerciante peruano. A pesar de ello, aceptaron sentarse a conversar y reconstruir la historia de los negocios que orbitan en torno a La Pequeña Lima.

 

 

La toma

 

Cuentan que entre los primeros en tomar posiciones en el sector está Perú Services, uno de los establecimientos más grandes para envío de remesas. Luego aparecieron los negocios de cabinas telefónicas hasta que, un par de años más tarde, la cuadra de Catedral al llegar a Bandera cambio totalmente su configuración. El sector donde antes se ubicaban paqueterías, librerías, ópticas, cafeterías y una que otra tienda de ropa, mutó por completo.

Así fue como se fue tornando más que interesante en términos de negocio; no precisamente por la magnitud de sus transacciones –que siempre son de muy bajo monto–, sino por el número de clientes que atrae. “Aquí uno se juega por el volumen de personas que diariamente transitan, especialmente en las quincenas y los fines de semana. Porque, déjeme decirle algo: aquí la mayoría de los locales abrimos todos los días del año, y esos días son los de mayor venta”, comenta Marcos Becerra, representante en Chile de Perú Services.

Pero en el recorrido hay mucho más. Confiterías, locales de conexión a Internet y decenas de improvisados restaurantes de comida peruana; la gran mayoría, con una cantidad de clientes razonable. Sin duda los que ganan por lejos son los centros de llamados. Contabilizamos más de 50 locales (por lo bajo), incluyendo los que están dentro de los cuatro pasajes y el pequeño centro comercial tipo caracol, ubicados en el sector.

Hasta la banca tradicional ahora tiene presencia en el lugar. Precisamente, el Banco del Desarrollo tiene una sucursal orientada básicamente a las remesas de dinero al vecino país.

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Por otra parte, los transeúntes del sector cuentan que otros que han tenido buena llegada son los minimarkets, pero aclaran que sólo les va bien a los que tienen en su stock los productos peruanos de mayor “salida”, como Inca Kola y los infaltables condimentos para la comida como Ajinomoto y todo tipo de granos para menestras. “Cuando compré este local sólo había productos chilenos, los que tiene cualquier almacén común y corriente. Al poco tiempo incorporé productos peruanos y la venta al siguiente día se disparó un 11%”, confirma Jaime Ocaña (40), dueño de un almacén ubicado en el corazón de La Pequeña Lima.

A primera vista pareciera que todos los locales fuesen de propiedad de extranjeros. Y es que durante el recorrido casi todos los encargados de atender los mesones de estos negocios que vimos eran peruanos. Las únicas excepciones fueron un par de jóvenes colombianas. Los dueños de estos locales coincidieron en que prefieren contratar extranjeros, por la cercanía y su trato con el público.

 

 

¡Grito y plata!

 

Al repasar las historias de cada uno de ellos, inevitablemente una de las más notables es la de Alvaro Larraín. “Yo partí con un metro cuadrado en el año 99, vendiendo tarjetas telefónicas, y al año siguiente compré el derecho a llave al locatario del lugar y así instalé las primeras cabinas de teléfonos”.

Montar el negocio no fue difícil. Larraín conocía de cerca el rubro: trabajó en Chilesat por varios años en la parte de interconexiones, hasta que decidió renunciar en la época de mayor crisis de la firma –controlada en ese entonces por las familias Ibáñez y Radic–. “Luego, me metí en varios negocios y me fue muy mal, y cuando ya no tenía a quién más pedirle dinero, y sólo contaba con 120 mil pesos en la línea de crédito… me metí en este local”.

El primer año instaló cuatro cabinas, las que al poco tiempo no daban abasto. Había filas interminables. Incluso, Larraín recuerda que los tiempos de espera para hacer una llamada superaban la hora y media. Todo confirmaba que el negocio prometía. “En un día llegamos a atender a 1.300 personas; recuerdo que ese día llenamos cinco talonarios de boletas”, comenta.

En ese momento, Larraín decidió dar el salto. Junto con adquirir el recinto en que partió su negocio telefónico, inició su expansión en toda la cuadra, arrendando otros cinco locales, dos de los cuales uniría para transformarlos en su principal sucursal.

De que le ha ido bien no cabe duda, pero advierte que la llegada de la competencia, en el año 2001, fue un golpe duro. “Al comienzo esto daba para todos, todas las cabinas estaban llenas, pero siguieron instalando negocios de este tipo en todo la cuadra y comenzaron a vender los minutos a un valor muy bajo para quitarnos clientela. Pero al final no les daba para los costos. Ahora, muchos de esos locales no existen, quebraron”, explica.

Pero viendo que La Pequeña Lima se transformaba en grito y plata, Larraín decide incursionar en otros rubros. Primero creó una agencia de empleos y luego, una de viajes, pero las dejó abruptamente. “El primero era bastante complicado, porque uno nunca sabía si la documentación de los inmigrantes estaba o no en regla y eso me generó muchos conflictos con la autoridad; y luego, en el tema de la agencia de viajes, vendíamos boletos de Aerocontinente, porque eran muy accesibles para nuestro público, pero eso se terminó con el procesamiento de sus dueños y el cierre de la aerolínea, así que también tuvimos que cerrar”.

Hoy, Larraín se dedica 100% a sus centros de llamados y a la venta de tarjetas telefónicas de prepago (de 1.000 y 2.000 pesos), muchas de las cuales son de marca propia, como la denominada El Señor de los Milagros, que es la más cotizada por sus clientes.

Como no es muy amigo de dar cifras, este empresario prefiere graficar su éxito comercial señalando que si fueran carrier hoy serían un actor importante, con un tráfico mensual de llamadas de larga distancia que supera el millón de minutos al mes. Se venden a más de 50 pesos el minuto, cuando están en promoción.

Otro de los “peces grandes” de La Pequeña Lima es Perú Services. Se trata de una firma de capitales peruanos que en Chile es administrada por Marcos Becerra, quien precisamente llegó al país hace diez años para encargarse de las operaciones de la agencia de remesas y transferencia de dinero en Santiago. “Nos instalamos aquí en el centro por varias razones. Una de ellas, porque la gente del interior de Perú siempre se reúne en la plaza central, y pensamos que acá iba a ser igual… y no nos equivocamos”, explica Becerra. Pero agrega que sí se equivocaron al instalar una oficina en Providencia, la que tuvieron que cerrar al poco tiempo, por la baja actividad. En este aprendizaje no les quedó otra opción que abrir los fines de semanas y festivos. “Nuestras clientes son principalmente asesoras de hogar, y ellas generalmente salen sólo esos días. De ahí que tuvimos que adaptar nuestro horario y servicio para captar este público, que por cierto es nuestro gran foco”. Vuelve a explicar que ganan dinero no necesariamente por el monto de las transacciones, las que no superan los 100 a 200 dólares al mes, sino por la cantidad de personas que llegan a realizar ese tipo de operación (envíos de dinero), operación por la que cobran el 4% del total del envío.

Con todo, Becerra señala que el negocio ha ido bien. Sobre todo, porque no hay tanta competencia, situación que los ha llevado a abrir nuevas sucursales siguiendo la ruta de la inmigración. Este año instalaron una oficina en Estación Central y están próximos
a inaugurar otra en Patronato, sectores a los que se ha desplazado fuertemente la inmigración peruana. Eso, en lo que atañe a Santiago, porque además Perú Services ya está emplazado en Iquique y Calama.

Becerra cuenta que competir en este rubro no es tan fácil, particularmente por los permisos que hay que obtener para operar y por el control que existe sobre las remesas por parte de la autoridad. De hecho, durante el recorrido los lugares de transferencia de fondos establecidos formalmente no eran más de cuatro o cinco.

 

 

El Señor de los Milagros

En menor escala, otros emprendedores que han logrado escalar sus negocios han sido los dueños de minimarkets. En este caso, el referente principal, según cuentanen la zona, es la señora Norma Anampa.

Ir en busca de ella fue una tarea difícil. Es que atiende otros dos negocios en la Vega Central, donde prácticamente se tiene que multiplicar para atenderlos. “Yo me reparto entre los tres locales que tengo, todo el día paso corriendo”, cuenta mientras atiende la caja del local.

 

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Esta inmigrante peruana también llegó a Chile hace una década. Trabajó como empleada doméstica, pero sus ansias de independencia la hicieron volver al rubro comercial, en el que por años se desempeñó en su país. “Siempre quise volver a trabajar en lo mío y hace unos cuatro años se dio esta oportunidad de establecerme acá en la Vega: conseguí un local y partí vendiendo productos de mi país cuando había sólo tres negocios de este tipo. Ahora hay muchos más”.

Fue este hecho el que la llevó a buscar otras ubicaciones, siempre manteniendo sus dos locales en la Vega. Así llegó a La Pequeña Lima y se instaló con el más famoso minimarket de la cuadra: El Señor de Los Milagros –la imagen católica más
venerada en Perú–.

Pero el empuje de Norma y su familia va más allá. Su principal objetivo es educar a sus cuatro hijos. De hecho, la mayor –cuenta con orgullo– ya cursa el primer año de Derecho en la Universidad de Las Américas. También se ha empeñado en reunir dinero para comprar una casa, y se ha preparado para la apertura de un nuevo local. Cuenta que no se trata de replicar el negocio del minimarket, sino que su afán ahora está en diversificarse y, para ello, está a la espera de los permisos para inaugurar un local de jugos naturales.

Pero en esta zona no sólo hay locatarios consolidados. También está la visión de los que recién arriban. Es el caso de Jaime Ocaña (40), también peruano, quien durante más de diez años trabajó en el Lider de Los Dominicos y que tras su retiro de la empresa, el año pasado, decidió montar un comercio propio.

Aprovechando sus conocimientos en el rubro, cuando arrendó el local lo primero que hizo fue reordenar las góndolas, diversificar los productos y, junto con ello, incorporar mercaderías peruanas. Resultado: en un año ha duplicado la venta del local.

Hoy, Ocaña dice vivir tranquilo, sin deudas, tiene casa propia y auto del año. Cuenta que el negocio le da para mantener a su familia y ahorrar algo para algún día volver a Chimbote, su ciudad natal.

 

 

Perseguidos

 

 

Pero en La Pequeña Lima no todo es empuje y optimismo. Estos mismos locatarios también alegan discriminación en el trato. Norma Anampa dice estar viviendo esta situación: anota que hace siete meses está tratando de abrir el local de jugos naturales y que, por diversos motivos, la junta de locatarios del pasaje ha negado o tramitado los papeles para obtener la patente. Conocer la opinión de los vecinos del lugar no es tarea fácil, ya que prefieren señalar que desconocen la situación o, sencillamente no tienen ninguna respuesta.

Es que no a todos les gusta conversar de sus asuntos. Particularmente, a los que se ubican en el caracol situado en la esquina de Catedral con Bandera. Cuentan algunos que es por su pasado, ya que muchos se desempeñaban como ambulantes. De ahí que prefieran el anonimato.

Pero mientras la mayoría cerraba sus puertas, sólo uno accedió a conversar brevemente con Capital. Se trata de Luis Bustamante, peruano de nacimiento, quien instaló un pequeño almacén en el centro del caracol hace un par de años, precisamente cuando comenzaban a asentarse los puestos orientados exclusivamente a los inmigrantes de su país en esa galería comercial.

Revela que no todas las historias de negocios en La Pequeña Lima son de éxito. Que muchos están al borde de la quiebra y a otros tantos “sólo les da para vivir”. Esto ocurre particularmente en los negocios ubicados dentro de galerías. Bustamante está consciente de esta situación y explica que se debe a la falta de visibilidad. “Aquí hay varios que han quebrado, pero así como se cierran locales se abren otros. Es difícil mantenerse, sobre todo si estás ubicado en un lugar más apartado, como en estas galerías”, explica.

Pero las quejas no resultan tan aisladas. En los negocios que dan hacia la calle, más de uno advierte que la situación no es la misma. En el caso de los centros de teléfonos, las llamadas prácticamente valen “nada”, advierte Mario Iturriaga, encargado de Easynet, empresa que cuenta con dos locales de telefonía de larga distancia en la zona. “Hoy nadie gana más por telefonía; el que tiene más locales es para mantenerse. Por ejemplo, hace unos cuatro o cinco años un local vendía fácilmente 8 millones al mes, pero han caído tanto las tarifas que sólo llega a facturar la mitad. Entonces, se ha vuelto un negocio cada vez más difícil. Hay que buscar otras alternativas”, advierte.

Con todo, la efervescencia comercial que vive ese sector no decae, y aunque algunos son menos optimistas respecto del futuro de La Pequeña Lima, hay otros tantos que señalan que la zona va a crecer mucho más; sobre todo, con la llegada de nuevos inmigrantes. Por ahora es cosa de pasear por sus calles donde, efectivamente, se confunden cada vez más los acentos y las entonaciones.