Este es un año de conmemoración de acontecimientos dramáticos de la historia patria. 40 años del golpe de Estado al gobierno de Salvador Allende. 25 años del plebiscito que derrotó a Pinochet. El primer hito en 1973, abre un período, el otro aparentemente lo concluye. Una democracia en crisis cae ante la cruenta irrupción de las FF. AA. Al anochecer del 5 de octubre de 1988, empieza a cerrarse ese largo paréntesis autoritario.

Y este año de tanta carga y emoción, se inicia con la postulación al Oscar de la película NO, del cineasta Pablo Larraín. Esa es una buena noticia para el país. Porque además de felicitar el trabajo de los hermanos Larraín, se premia a una industria cultural, como es la del cine, que en el caso de Chile es una comunidad creativa, entusiasta y esforzada. La película trata, como se sabe, del episodio de mayor importancia en la vida política nacional de las últimas tres décadas.
A propósito de la película se ha intentado, una vez más, iniciar un balance de la transición, desde el momento que retrata esa obra, hasta nuestros días. Se pretende sostener, a la rápida, y tanto por sectores de la izquierda, como por intelectuales de derecha, la idea de que lo que se impuso aquí, es un “modelo” mezcla de democracia, mercado y globalización. Los izquierdistas lo hacen para ratificar que todo está transición ha sido una farsa y los derechistas para afirmar la superioridad de sus ideas. Aquello es parcialmente cierto y parcialmente falso.

La discusión sobre cómo se ha modelado el país actual es muy difícil. En primer lugar porque ésta es una nación en construcción. Asimismo, la afirmación de que los chilenos abandonaron hace rato las viejas trincheras del “SÍ” y el “NO” también es otra verdad a medias. Esperaría el final del largo ciclo electoral de este año para opinar. Porque lo único evidente es que por méritos del binominal o por la simple continuación de las viejas disputas ideológicas o históricas, los bandos en que se agrupa la política actual pospinochetista no son tan distintos  a las fuerzas en que se agruparon partidarios del “SÍ” y del “NO”. Y aunque pareciera ser que nadie que quiera ser candidato viable a la Presidencia de Chile pueda sostener haber votado por el “SÍ”, sin embargo la fuerza fundamental de apoyo del candidato más competitivo de la derecha es el partido construido en torno a la dictadura: la UDI. Del otro lado, la coalición contendiente es prácticamente la misma que se construyó para respaldar la campaña del “NO”.

La división del país que revela la película NO no está totalmente resuelta. Y aquello no se refiere sólo a reflexiones substanciosas sobre políticas públicas, no tan distintas a las que cruzan el actual debate norteamericano del precipicio fiscal o los dilemas europeas respecto de cómo salir de la crisis. Lo verdaderamente problemático es que tenemos instituciones políticas no consensuadas, débiles y de baja legitimidad. Y están los temas de la agenda: para unos desigualdad, segregación y discriminación; para otros oportunidades y emprendimiento. En un caso un mundo de soluciones y sueños colectivos; en otro la fuerza fundamental del individuo y su familia.

En el año electoral que se avecina no pocos artefactos  esenciales del “modelo” impuesto en el contexto del régimen de Pinochet entrarán en revisión. Existe un debate sobre el futuro del sistema de pensiones. Se habla de una reforma tributaria profunda. El Código del Trabajo será con toda seguridad modificado. El lucro en el sistema escolar está más cuestionado que nunca. La hipótesis de transformaciones irreversibles con que soñaron los que diseñaron la constitución del 80 no existe en la realidad de un mundo totalmente interconectado las 24 horas del día. No hay una obra pétrea que resista el paso del tiempo. La dinámica de los cambios, en contrario, gatilla nuevas realidades inimaginables. Se dibuja una sociedad peculiar  mezclada y pendular, difícilmente susceptible de pronósticos y modelajes.

El contexto internacional hoy es tan distinto. Colapsó el comunismo, el desempeño del modelo neoliberal ha sido social y económicamente desastroso, las fracturas del Estado de Bienestar son evidentes. Hay menos certezas que en el pasado, más heterodoxia económica y social; y gracias a internet mucho más diversidad cultural y poder ciudadano.

Y también perduran realidades. Vivimos un crecimiento económico anclado en la exportación de recursos mineros (como hace 100 años). Subsiste con fuerza y protagonismo el conflicto con las comunidades indígenas al  sur del rio Biobío, mismo que fue dado por resuelto  por las autoridades ya hace más de un siglo. Por eso, el camino recorrido desde que iniciamos con el “NO” el nuevo ciclo democrático, es aún demasiado breve para definir el perfil de la sociedad en que se trasformará este país si llega a ser una nación desarrollada, propósito que a veces parece tan cercano, pero por momentos tan lejano.