Al poeta Friedrich Hölderlin le debemos el descubrimiento de la historicidad. En el cambio histórico ocurre el ocaso de un mundo y el surgimiento de otro. En ese proceso pasa algo extraño. Las cosas permanecen siendo las mismas, pero su significado se altera fundamentalmente. Así, el bosque habitado de espíritus de los antiguos, es cosa muy distinta que el mismo bosque considerado por un turista o un ingeniero forestal contemporáneo. El encantamiento misterioso y las divinidades de antaño pierden vigencia en la nueva configuración de sentido.
La muerte de la Antigüedad significó una decadencia general que tardó siglos en ser superada. El paso desde el Medioevo hacia el Renacimiento destruyó un mundo, una forma total de comprender y sentir el todo –“la Cristiandad o Europa” de la que escribe Novalis–, y abrió, a su vez, una nueva manera total de concebirlo y experimentarlo: la Modernidad.
En el transcurso de una época histórica a otra, hay un mundo viejo, una articulación total de lo humano y lo natural, que se desploma, y un nuevo mundo, una nueva articulación total, que emerge. Entre ambos, sin embargo, ocurre algo sorprendente: no hay plena continuidad, sino un salto. En medio de la crisis política más importante del siglo (hasta cierto punto, solo comparable a la Crisis del Centenario), a la que se ha añadido una extensa emergencia sanitaria –a la que seguirá una crisis económica–, nos vamos sintiendo, de diversas maneras, habitando en esa nada incierta que media en el paso de una época histórica a otra; en el ocaso de la patria.
En la situación actual del país, se desfonda la legitimidad de las instituciones. El mercado, el Estado, los modos de habitar el territorio, la ciudad, pierden sentido como conformaciones de la vida. Los discursos dominantes pasan también por una crisis: las fórmulas neoliberales se sienten huecas o cínicas, cuando masivas clases medias emergentes junto a los más pobres no encuentran reconocimiento en el sistema económico y la productividad se estanca. Al otro lado, los pensamientos de jurisperitos moralizantes de izquierda académica suenan tan abstractos y alienantes como lo que denuncian. Condenan de plano al mercado como inmoral (“mundo de Caín”), propugnan su desplazamiento total de áreas enteras de la vida social. Pero con ello abogan por la correlativa concentración del poder político y económico en el Estado. Quieren la “emancipación” por medio de un dispositivo público-deliberativo ocular, que consagra la alienación a la que conducen, si no se las modera, las reglas generales y visuales, sin darse siquiera cuenta de las posibilidades de opresión involucradas. Estamos ante un vacío de legitimidad institucional y la insuficiencia de los discursos dominantes, por abstractos.
En medio de la crisis político-social colosal, nos quedamos, además, suspendidos en la paralización del país por la enfermedad y la muerte. Aún no atisbamos el mundo que vendrá. Esa nada en la que nos venimos instalando hace que la historia requiera, en cierto modo, que la sostengan. El parto de los montes no acontece sin ayuda. Es menester un saber que repare en el carácter total de lo histórico; que reconozca que esas totalidades de sentido que son las épocas históricas, pueden ser amplias o estrechas, plenas o brutales; que sabe, en fin, que, dada la crisis, un paso histórico que no acabe en la brutalidad debe sostenerse en la capacidad de producir reformas pertinentes; de reforzar algunas instituciones fundamentales mientras se deja caer a otras; todo eso sin perder de vista las condiciones de una existencia humana razonable.
Lo dicho puede sonar desconcertante para mentes acostumbradas a los trámites predefinidos, habituadas a vivir dentro de las seguridades de una época. Somos seres de costumbres y nos resistimos a concebir los movimientos profundos que marcan discontinuidades. Las crisis producen angustia y se las intenta evadir. Pero hay que pensar la nada que opera en la historia, para percatarse de uno de los alcances y posibilidades del arriesgado paso al que nos asomamos producto de la acumulación de tres crisis formidables: la política, la sanitaria y la económica.