• 22 febrero, 2011


Todos los cambios que se nos vienen cambiarán radicalmente nuestra manera de vivir y de relacionarnos. Ahí está el desafío real, y no en tratar predecir lo que viene.


Lo extraño. En este siglo se da una curiosa paradoja: el largo plazo parece más predecible que el corto plazo. Es decir, se saben más o menos bien los avances tecnológicos que darán forma a este siglo en 30 a 50 años más, quizá con márgenes de unos 10 años, pero que a la luz de la historia son irrelevantes. Y esto es así porque técnicamente dichos avances están, por así decirlo, ya “logrados”. Lo que no sabemos exactamente es cómo se produce el acople de la sociedad a dichos cambios y cuáles son los alcances de éstos para la sociedad y las personas. Todas estas cosas van a ocurrir más allá de si nos gustan o no. De hecho hay algunas que abiertamente, en lo personal, me complican. Pero no hay que culpar al mensajero por el mensaje.

Por ejemplo, sabemos que habrá úteros artificiales, que se ampliarán la medicina genética y los órganos artificiales. Sabemos que la población se estancará en torno a los 10.000 millones de personas cerca del año 2050; es decir, llegarán a la tierra unos 3.000 millones más de personas en los próximos 40 años. Sabemos que habrá vida sintética, que la población envejece y que la esperanza de vida va a llegar a los 120 años sin problemas. Sabemos que viene la web 3.0 de tipo semántica, es decir en lenguaje “natural” y que habrá conexión directa del cerebro a las máquinas y a la Internet. Sabemos que viene la computación cuántica y biológica, y que los computadores superarán la capacidad humana en 30 años. La capacidad computacional será un servicio como lo es hoy la electricidad. También sabemos que la robotización será creciente, llegando finalmente al hogar. En este siglo emergerán las nuevas formas de energía y los automóviles, cada vez más accesibles, inundarán las ciudades como nunca se había visto. También esperamos el desarrollo amplio de la nanotecnología en unos 40 años, lo que cambiará toda noción que tengamos de las máquinas y los materiales. Las máquinas aprenderán a identificar emociones.

También sabemos que pierden fuerza los estados-nación y que nos movemos a una globalización muy avanzada, operando 7×24 con nuevas formas mundiales de gobierno y regulaciones, en una gigantesca y única red de valor mundial integrada. También sabemos que el movimiento gay será absolutamente legitimado por la sociedad. La familia tradicional está en evolución, y veremos una nueva realidad en ese aspecto. Sabemos también que la banda ancha será ubicua, que todos estarán conectados con asistentes digitales en todo lugar, en todo momento, y que el “celular” será incluso nuestra forma de identificación y pago. No está del todo claro si China será la potencia dominante, pero su fuerza es inevitable ya hoy, y ello impone nuevas condiciones al juego del poder. Igualmente sabemos que las mujeres tendrán tanto el poder económico, como el de la conducción de la sociedad en la segunda mitad de este siglo, hasta aquí en manos de los hombres. Sabemos que el conocimiento se duplica cada 3 o 4 años y que el desafío es su gestión, no su acumulación. Por ende, el tema es de síntesis y acceso a parte del lenguaje post simbólico, que es un elemento básico para la educación de este siglo, cuando –al menos en Chile– seguimos con escuelas que son hijas de la imprenta del siglo 16. El libro físico (la máquina) está obsoleto para este tipo de flujo de conocimiento, no así la lectura (la tecnología).

¿Es neutra la tecnología? La tecnología no es neutra como cree la mayor parte de la gente. La tecnología altera nuestra manera de vivir de acuerdo a su propia génesis, no de acuerdo a nuestros valores. No se debe confundir la tecnología con la máquina. Sólo esta última es neutra, pero no la tecno-lógica con que fue creada. El reloj como medidor del tiempo y la organización de los calendarios, que son sólo acuerdos de conveniencia, terminan definiendo nuestra manera de entender el tiempo. Creemos que el tiempo es externo y fijo. Creemos que se mueve. Creemos que es único para todos… nada de lo cual es verdad. La televisión siempre será masiva y por ende, vulgar. La Internet ha cambiado nuestra manera de relacionarnos y de acceder a la información, y hoy somos dependientes de su velocidad. Los ejemplos son muchos. Los alcances. En suma, todos los cambios que se nos vienen cambiarán radicalmente nuestra manera de vivir y de relacionarnos. Ahí está el desafío real, y no en tratar predecir lo que viene.

La conjunción de estos cambios y avances cambia, por ejemplo, el concepto de reproducción, del poder, de los negocios, de la organización, de la sociedad. Ya ha pasado una década del siglo 21 y parece que fue ayer cuando nos enfrentábamos al año 2000. En ese plazo, la Internet se hizo reina, los celulares son más importantes que la billetera, llegaron mil millones de personas a la tierra y empezó a funcionar el súper colisionador de partículas en Suiza, que amenaza con encontrar el bloson de Higgs, la llamada partícula de Dios que explicaría por fin la materia.

Si a usted le interesan los negocios, una de las derivadas más interesantes de este juego del futuro es que si sabemos que esas cosas van a ocurrir en 30 o 50 años más, hay cosas que deben ocurrir hoy para que ello sea posible. Ahí están las oportunidades que busca hoy. El futuro afecta al presente.

Qué hacer. Lo primero que se necesita es tener una agenda de seguimiento claro de estos cambios. No hay razón alguna para que lo sorprendan. Lo segundo es afinar cuáles de estos le “pegan” más directamente a sus propias actividades. Tampoco hay excusa para no advertirlos. Lo tercero es afinar sus posiciones éticas con respecto a estas cosas. Debe opinar cuando es posible cambiar las cosas, no después. Lo cuarto es aprovechar las oportunidades que todo esto genera hoy. Finalmente, esta es la pauta necesaria para una educación de éxito mirando al futuro, y no por el retrovisor.