Andan en hordas inmundas por las calles, portan enfermedades de los más variados tipos, asaltan con arteros tarascones a los deportistas que osan pasear en bicicleta o trotar pacíficamente, se cruzan impertinentemente ocasionando accidentes en autopistas y vías urbanas, defecan frente a nuestras casas, montan (perdón por el término) patéticos espectáculos cuando en levas se […]

  • 5 marzo, 2009

Andan en hordas inmundas por las calles, portan enfermedades de los más variados tipos, asaltan con arteros tarascones a los deportistas que osan pasear en bicicleta o trotar pacíficamente, se cruzan impertinentemente ocasionando accidentes en autopistas y vías urbanas, defecan frente a nuestras casas, montan (perdón por el término) patéticos espectáculos cuando en levas se turnan a las perras en celo, despedazan y derriban bolsas y basureros, convirtiendo la ciudad en una porqueriza. En fin, la lista sigue. Aunque a los lastimeros amantes de los quiltros callejeros y de los perros que con dueño conocido deambulan más allá de las fronteras de sus casas les parezca inhumano abogar por el fi n de esta lacra, la verdad es que hay métodos bastante humanos para contenerla. Si bien ellos simplemente son, la verdad es que ahí están y nada se hace para evitar que nuestras ciudades sigan haciéndose mala fama. Aceptémoslo: el perro callejero no le da un toque pintoresco a nuestras urbes, sino que uno de inseguridad e insalubridad. (RS)