Edwards Bello consignó la aparición del “arte de apequenarse”, que consistía en hacerse la víctima y en ocultar en vez de exhibir los atributos de clase, para evitar la envidia y el resentimiento.

Por qué este título? A menudo pienso que estos dos conceptos contrastantes, la ostentación y la austeridad, podrían alternarse para caracterizar etapas sucesivas de la historia de los sectores más privilegiados de la sociedad chilena y, particularmente, de sus prohombres con aspiraciones políticas. Veamos.
Conforme avanzaba el siglo XIX, la élite tradicional se empeñó en remedar a la alta burguesía europea. La riqueza minera y agrícola y los flujos del comercio internacional solventaron un gasto dispendioso. Y éste se tradujo en mansiones señoriales, largas estadías en Europa y un consumo compulsivo de bienes suntuarios. De pronto, la demanda local de carruajes, vestidos o muebles de lujo llamaba la atención entre los productores franceses, que descubrieron un destino inesperado para sus artículos más refinados. El entorno material cambió radicalmente incluso antes de que el salitre engrosara los caudales de la riqueza pública y privada. Santiago nunca se transformó en el “París de América”, como ambicionaba el intendente Benjamín Vicuña Mackenna, pero aun así sus barrios prósperos, con sus mansiones señoriales, sus parques de ocio aristocrático y sus paseos elegantes lograron evocar las galas de las grandes ciudades europeas.
Al lado de la miseria urbana, que bullía a toda la redonda, la opulencia de la oligarquía desplegaba sus artificios a vista y paciencia de todo el mundo. Entre los sectores más prominentes imperó un afán de ostentación bastante desinhibido. La idea era exhibir la riqueza, casi enrostrársela al hombre del montón, no disimularla. Por algo ya en la década de 1870 emergió la crítica virulenta al lujo, definido como una patología social que arruinaba a las familias de la élite, material y moralmente. Esta corriente crítica hizo escuela en la época del Centenario, considerando a la riqueza fácil del salitre como una maldición disfrazada de maná bíblico.
Entrado el siglo XX, la democratización de la sociedad chilena puso en jaque ese “modo de ser aristocrático”. La irrupción política de la clase media y de los sectores populares en el escenario nacional supuso una reformulación de las reglas de convivencia. La ostentación, antes impune, ahora motivaba el repudio, y las marcas de clase, que antes había que resaltar, ahora resultaba conveniente disimularlas. A partir de la década de 1920, ya no conviene posar de oligarca, al menos en las calles céntricas de Santiago; especialmente, si uno tiene aspiraciones políticas. Es mejor pasar piola. La sociedad sigue siendo tan desigual como antes, pero las relaciones entre las clases sociales (particularmente entre los hombres) se están modificando. La deferencia social hacia la élite tradicional está a la baja. El odio de clase se convierte en tema de preocupación para el “vecindario decente”. A la salida del Hotel Crillón se escuchan, en medio de la noche, gritos contra la oligarquía. En vez de respeto, o sumisión o indiferencia, los pijes descubren la bronca y el resentimiento como una posibilidad cotidiana de la vida citadina.
Intuyo que entonces empiezan el declive de la ostentación y el alza de la austeridad como valor de la clase alta, valor vigente hasta la década de 1990, más o menos, cuando se inicia otra etapa de consumo desinhibido y de exhibición más franca de la opulencia.
Habría que escribir esta historia en algún momento, y cuando eso ocurra la guía de Edwards Bello resultará imprescindible. Él consignó la aparición del “arte de apequenarse”, que consistía en hacerse la víctima, en poner cara de apaleado y en ocultar en vez de exhibir los atributos de clase, para evitar la envidia y el resentimiento. Se trata de un arte de sobrevivencia que cultivan los políticos de clase alta, cuando la política se vuelve más competitiva y se desenvuelve en los mitines populares o en las heterogéneas asambleas partidarias antes que en los salones del exclusivo Club de la Unión. Este nuevo arte conlleva muestras de austeridad y, al menos como lo describe Edwards Bello, tiene mucho de táctica política e incluso de impostura.
Edwards Bello cuenta un episodio revelador. Hacia 1930, estaba en la casa de un prohombre del liberalismo conversando gratamente junto a la chimenea de su gabinete, cuando un sirviente le anunció al dueño de casa la visita intempestiva de algunos correligionarios políticos sin credenciales aristocráticas. El anfitrión, turbado, arrojó su puro a medio fumar al fuego, se quitó su “rico gabán inglés”, desarregló su ropa demasiado pulcra y partió a recibir a las inoportunas visitas en una sala contigua, “helada como ventisquero”. Después de despacharlos, el político le comentó a Edwards Bello: “en Chile es preciso conocer el arte de apequenarse, ¿me entiende? Si yo recibiera a mis modestos correligionarios en este gabinete, fumando este habano y envuelto en este gabán, es posible que no llegaran al primer rellano de la escalera sin echar sapos y culebras contra mi persona… Si quiere usted ser político, diga en sus discursos que nació en un rancho, que su padre era gañán, su madre lavaba y fue a la escuela descalzo… Hacerse el poquita cosa es la mayor industria nacional”.