Hace 70 años, rompiendo el acuerdo entre ambos dictadores, el führer comenzó la invasión del territorio soviético. Pese a que el líder nazi pensaba que sería una victoria fácil, el frente ruso se transformaría en su peor pesadilla y en el preámbulo del ocaso del Tercer Reich. Por Alejandro San Francisco

  • 17 junio, 2011

 

Hace 70 años, rompiendo el acuerdo entre ambos dictadores, el führer comenzó la invasión del territorio soviético. Pese a que el líder nazi pensaba que sería una victoria fácil, el frente ruso se transformaría en su peor pesadilla y en el preámbulo del ocaso del Tercer Reich. Por Alejandro San Francisco.

 

En agosto de 1939 se produjo el famoso y nefasto acuerdo entre Hitler y Stalin, conocido como pacto Ribbentrop-Molotov. El dictador alemán invadiría Polonia, mientras el soviético se quedaría con la parte oriental de aquel país. Fue tanta la camaradería previa al acuerdo, que en territorio de la URSS se celebró un poco conocido brindis de Stalin: “¡como sé lo mucho que ama el pueblo alemán a su führer, quiero brindar a su salud!”, recordaría después Andor Henche, el diplomático alemán que hizo las veces de segundo intérprete en esa ocasión.

El 1 de septiembre Hitler cumplió su obsesión y emprendió la invasión de Polonia, comenzando de esta manera la segunda guerra mundial. Mientras Francia e Inglaterra condenaban el hecho, la Unión Soviética gozaba de sus beneficios. En los meses siguientes, durante 1940 y comienzos de 1941, el régimen nazi había conquistado gran parte de Europa, aunque no había logrado éxito en la batalla de Inglaterra.

La invasión

Ya desde fines de 1940 Hitler tenía decidido invadir Rusia, en lo que había sido una verdadera obsesión ideológica desde un par de décadas atrás. En Mi lucha, la biblia del nazismo, el jerarca nacionalsocialista había proclamado sin ambages su postura al respecto: “si hablamos de territorio de Europa hoy, podemos pensar ante todo y únicamente en Rusia y sus estados vasallos de la frontera… El imperio gigante del Este está maduro para su caída. Y el final de la dominación judía de Rusia será también el final de Rusia como estado”. Si a eso le sumamos la dirección comunista de la URSS y que el führer consideraba que había una influencia de los judíos en el desarrollo del marxismo en ese país, es evidente que el pacto de 1939 apenas sirvió de paréntesis breve en los verdaderos objetivos del líder germano.

A medida que pasaron los meses de 1941 el ataque se hizo inminente; las tropas alemanas se fueron instalando en la frontera occidental rusa, aunque Stalin se negaba a creer que Hitler pudiera vulnerar arbitrariamente el tratado suscrito por ambos. El siguiente documento recibido por el autócrata de la URSS ilustra muy bien el asunto:

“Un informante infiltrado en el cuartel general de Aviación alemana ha comunicado lo siguiente: 1. Alemania ha culminado todos los preparativos bélicos necesarios para acometer un asalto armado contra la URSS, por lo que debemos esperar ser objeto de ataque en cualquier momento”. En el mensaje puede leerse la siguiente anotación de Stalin, manuscrita a pluma: “Camarada Merkúlov, puedes decir a tu ‘informante’ que abandone su puesto en el estado mayor de la fuerza aérea alemana y se vaya con su puta madre. Parece que lo suyo es más bien desinformar”.

No se equivocaba, sin embargo, el agente de inteligencia: la noche del 22 al 23 de junio de 1941 se dio inicio a uno de los ataques más espectaculares de la historia militar europea, que significó el ingreso de tres millones de soldados alemanes al territorio ruso, ante la estupefacción de sus adversarios.

La hora negra

En los años previos a la guerra mundial, mientras Hitler comenzaba la consolidación de su poder en Alemania, Stalin era un dictador todopoderoso en su país. Para entonces ya había decidido lo que J. Arch Getty y Oleg V. Naumov denominan “la autodestrucción de los bolcheviques”: a la muerte de más de un millón de personas se sumó el casi centenar de miembros del Comité Central y los 1.108 delegados del Partido Comunista que fueron fusilados por el régimen (de un total de 139 y 1.966, respectivamente).

El Ejército Rojo tampoco se salvó de las purgas: el 11 de junio se había producido la ejecución del mariscal Tujachevsky, por una supuesta conspiración trotskista antisoviética. En esos días detuvieron también a un millar de comandantes superiores, varios de los cuales fueron torturados y ejecutados; el 10% de los oficiales fue destituidos. Todo, en medio de un terror generalizado.

Cuando se produjo la invasión, la URSS no estaba preparada para la guerra. Tras conocerse el avance alemán, Stalin no reaccionó. Como explicó Khruschev en su famoso discurso al Comité Central del PC en 1956, la ausencia de defensa se debió a que “seguía convencido, a pesar de los hechos, de que la guerra no había aún comenzado, y que esto era sólo una acción de provocación de parte de diversas secciones indisciplinadas del ejército alemán, y que nuestra reacción podría ser causa de que los alemanes comenzaran la guerra”. Probablemente el error de Stalin era una mezcla de confianza en Hitler y falta de preparación militar.

Se dice que el autócrata cayó en una especie de cuadro depresivo, sintiéndose culpable por la situación. El siempre fiel Molotov aseguró después que Stalin “todos los días con sus noches, como siempre, siguió trabajando; no tenía tiempo para desfallecer”, lo que es corroborado por Robert Service en su biografía del líder soviético. Entonces comenzó el contraataque, que significó numerosas muertes para la URSS, pero que a la larga le otorgaría la victoria.

El comienzo del ocaso

En lo referido a Rusia, Hitler cometió el “error de Napoleón”. Confió en su capacidad, en una guerra feroz, en una victoria rápida y en la gloria eterna. Encontró, por el contrario, la muerte de miles de sus soldados, la humillante seguidilla de errores y la derrota en Stalingrado, primer preanuncio de su debacle definitiva en la segunda guerra mundial.

A medida que avanzaba 1941 quedaba cada vez más claro que los alemanes enfrentarían dificultades extraordinarias en su incursión. En noviembre de ese año habían penetrado 600 kilómetros del territorio ruso, aunque ya debían estar victoriosos de vuelta en el Reich, de acuerdo a los planes iniciales: Rusia no era Polonia ni Francia, lugares de victorias fáciles para las tropas de Hitler. Stalin, cambiando de manera radical sus antiguas posiciones ideológicas, había optado por impulsar una “guerra patriótica” en la que rápidamente se comprometió la población rusa. El invierno hizo el resto de su tarea, a la que habría que sumar la soberbia con que los alemanes habían previsto todo, la inmensidad del espacio a conquistar y otros problemas logísticos que afectaron a los invasores. Las tropas de Hitler habían sufrido más de un millón de bajas en esta primera etapa.

El führer, quien se encontraba muy lejos del frente de batalla, insistió en la agresión y permanencia en territorio soviético, y en abril de 1942 dio la orden de iniciar nuevos ataques. La Operación Azul se dirigiría contra Stalingrado (descartando el ataque contra Moscú). Hitler impuso su decisión incluso contra las posturas de sus generales y fue apoyado por el general Manstein, aunque los resultados fueran catastróficos. Como resume adecuadamente Enrique Brahm, los alemanes pasaron en un año “de sitiadores a sitiados” y finalmente cosecharían una derrota sin vuelta atrás.

Recuerda Bernard Bechler: “quien no lo haya experimentado en primera persona no puede imaginar lo inhumano de aquella situación. Fue horrible… en plena estepa, con todo congelado, temperatura de veinte a treinta grados bajo cero y montones de nieve por todos lados”. La situación se sumaba a la propaganda de los soviéticos, que se dirigía a forzar la rendición de los alemanes, a esa altura en pésimas condiciones y en clara inferioridad numérica.

Comenzaba 1943 y con ello la derrota del ejército de Hitler, marcado por el desabastecimiento, los errores estratégicos del führer y el crudo clima invernal. El resultado no solo marcó el final de una larga batalla, sino que también el principio de su ocaso definitivo, que se consolidaría un par de años más tarde.

Si en 1939, cuando comenzó la guerra, las fuerzas militares germanas gozaban de gran prestigio y hasta fama de invencibles, el fracaso de la Operación Barbarroja y el de Stalingrado, la reacción de los soviéticos y el invencible frío ruso permitieron dar vuelta el curso de los acontecimientos. Y sería el preámbulo del humillante final de Hitler, del Tercer Reich y de su corta y penosa aventura totalitaria.