Por Carla Sánchez M. Fotos: Verónica Ortíz. Si fuera un animal, el empresario y ecologista Michel Durand (76 años) sería un águila. Un ave poderosa que extiende sus alas para sobrevolar las copas de los árboles. Un animal que domina el mundo y que desde arriba observa los peligros que acechan a los que están […]

  • 23 junio, 2016

Por Carla Sánchez M.
Fotos: Verónica Ortíz.

michel-durand

Si fuera un animal, el empresario y ecologista Michel Durand (76 años) sería un águila. Un ave poderosa que extiende sus alas para sobrevolar las copas de los árboles. Un animal que domina el mundo y que desde arriba observa los peligros que acechan a los que están abajo.

-Siendo un defensor de los animales, ¿no le angustia tenerlos en cautiverio?

-No, porque acá están en un espacio abierto. He estado muchas veces en África, en el Amazonas, lugares donde ves cómo los animales se comen unos a otros a cada rato. Te aseguro que si mis animales pudieran hablar y les preguntaran si prefieren vivir aquí encerrados o en África, ¡ni muertos se irían a la selva!

Michel Durand es bastante único en su especie. “Los moldes buenos son irreproducibles”, ríe sentado en el living de su casa, donde hay muchas plantas, un piano de cola y esculturas de animales. Lo antecede un enorme aviario tropical donde, entre cascadas, conviven mirlos, quetzales y aves del paraíso. Producto de la humedad, los vidrios están empañados, pero a lo lejos se puede ver su jardín. Un campo inmenso de 17 hectáreas en el centro de La Dehesa, donde 250 mamíferos y cerca de 400 aves circulan despreocupadamente. Sin jaulas. Sin guardias. Sin público.

En esta suerte de zoológico privado –Durand aclara que es una fundación llamada “Centro de Aclimatación Zoológica” donde reproduce animales que están en vías de extinción– no hay felinos y las distintas especies no pelean, pues el parque tiene distintos niveles. Hay antílopes, gacelas, flamencos, grullas, pavos reales, monos colobos y lémures (los primates son los únicos que viven en jaula). Todo está bien pensado y cada detalle supervisado directamente por el propio Durand, quien pagó mil dólares por cada una de estas hectáreas hace 50 años, cuando “esto era el desecho de un fundo. Un basural”, cuenta. Hoy es un paño muy preciado por las inmobiliarias, que cada día golpean su puerta ofreciéndole millones de dólares. “Ah, no, ¡están todos locos! Esto no se va a lotear, aquí no se va a construir nada. El día que yo no esté, los animales seguirán a cargo de la fundación”, aclara.

A las 7 de la mañana, Durand ya está en pie revisando los nidos de los pájaros, supervisando la reproducción de los animales, chequeando que los antílopes hayan comido. “Algo le pasa a esa grulla que siempre se queda atrás”, le comenta a Alicia Solís, la veterinaria que trabaja con él hace once años. “Sí”, asiente Alicia. “Como es más tímida, las demás siempre la molestan”, explica.

“Vamos a dar una vuelta”, sugiere Durand con la radio en mano –nunca la suelta– y unos largavistas colgando del cuello. Pasamos por la laguna donde se agrupan los flamencos, algunos de los cuales son crías de los que regaló Fidel Castro al Zoológico Metropolitano, en los 70. Caminamos entre las vicuñas, las que al sentir movimiento arrancan silenciosamente.

[box num=”1″]

¿Por qué no abrir el parque? A Durand se lo han preguntado más de una vez. Pero él no tiene ninguna intención de mostrar su variada colección de animales al público. Ni menos cobrar. Lo que sí ofrece son visitas guiadas a adultos mayores de la comuna como parte de un programa social de la Municipalidad de Lo Barnechea. “Los animales son muy asustadizos. No están acostumbrados a la gente. El público en Chile y en general en todas partes, es muy terrible. Tiran piedras, corren, gritan…”, explica mientras da de comer a una grulla japonesa, una singular ave de más de un metro de largo que se acerca como si fuera un perro. Y agrega: “Estos animales, al estar en un centro de reproducción, deben vivir en un ambiente absolutamente tranquilo”.

-¿Nunca lo han atacado?

-No hay animal agresivo. Cuando pasa algo es porque uno comete una torpeza. Si sabes que una hembra antílope está en celo no te vas a meter al medio a revolverle el gallinero, porque sabes que anda agresiva. Yo tengo un feeling con los animales. Sé cuando un animal no está bien.

-¿Hay algún animal que no le guste?

-El hombre. Una vez me tocó en la entrada de un zoológico un espejo en el cual te mirabas y que decía “éste es el animal más peligroso del mundo”.

 

“No soy extremista”

Los primeros recuerdos infantiles de Durand son con jaulas en la mano. Hijo único de un matrimonio de inmigrantes franceses que coleccionaban faisanes y pavos reales, siempre fue inquieto. No fue a la universidad porque le cargaba estudiar. Se puso a trabajar de joven y le fue bastante bien: se dedicó a las importaciones y a la venta de maquinarias para la minería y la metalurgia.

“Mi fortuna la hice con mi trabajo. La plata no me interesa, me la gasto toda en esto. No tengo yates ni aviones”, confiesa. De hecho, acaba de hacer una donación a la Universidad Católica para la creación de un Complejo Interdisciplinario para el Desarrollo Sustentable, que se construirá frente al campus Villarrica de la universidad para fortalecer la investigación y la docencia.

Hace diez años que Durand decidió dejar el quehacer empresarial para dedicarse 100% al ambientalismo. Además de su parque-zoológico en La Dehesa, tiene un campo ganadero en el sur, donde 100 hectáreas pertenecen a la fundación dentro de las cuales hay un humedal en la que vive otro centenar de animales. Ha liderado programas para recuperar el flamenco en el norte, el picaflor en Juan Fernández y el huemul en el fiordo témpano Parque O’Higgins, en Magallanes.

“Estoy tratando de salvar las cosas que en Chile se están destruyendo a pasos agigantados. No soy extremista, el desarrollo urbano puede convivir perfectamente con el medioambiente”, sostiene.

Durand no compra animales. En general, se los mandan. “Los zoológicos de Nueva York, Amberes, San Diego, Houston, Colonia, Berlín, etc., me envían especies en peligro de extinción para reproducirlos y así tener disponible esa genética en América del Sur. Si algún día hay alguna catástrofe en esos países, aquí habrá algunos ejemplares”, comenta.

-Estos animales han sido criados como mascotas, ¿qué tan exitoso es reinsertarlos después en su hábitat natural?

-La reinserción funciona más o menos. La experiencia que he tenido con animales míos en parques nacionales no ha sido muy buena, porque en Chile hay un problema tremendo que son los perros asilvestrados. Si sueltas ñandúes, que se han criado en un lugar controlado, las jaurías de perros los liquidan en un día. Son una fuente de destrucción terrible, la gente de campo tiene seis o siete que comen lo que pillan porque no los alimentan.

[box num=”2″]

-¿Le gusta el concepto de zoológico? ¿De pagar por ver los animales como cualquier atracción?

-A los animales no hay que verlos como una atracción en sí, sino como los embajadores de su especie. Si se han salvado las orcas es gracias a Willy y los delfines gracias a Flipper, aunque en Japón se sigan matando en forma astronómica. Hoy en día, las exhibiciones en los zoológicos son bien hechas, y los animales están bien cuidados. Entonces cuando un niño se entera de que alguien mató una ballena, ¡se transforman en leones! Hay un prejuicio con los zoológicos…

-¿Qué le parece el de Santiago?

-Es lo que hay no más.

-¿Es malo?

-No, no es malo. Hay que entender que depende del Parque Metropolitano y del Ministerio de la Vivienda, ¿qué tiene que ver el Ministerio de la Vivienda con el zoológico? Nada. Entonces, la plata que genera el zoológico –que no es poca– se la come el Parque Metropolitano. El zoológico ha mejorado bastante y el plan maestro para modernizarlo va por buen camino.

-¿Le hubiera disparado a los leones para salvar al tipo que se metió en la jaula?

-Es algo lamentable, pero pasa. El personal del zoológico de Santiago es súper profesional, no puedes prever a un tipo loco que corta la malla de seguridad para meterse a la jaula. Al final, ¡los leones no sabían qué hacer con este hombre que tenían encima! Es una lástima lo que pasó.

En los 80, Durand desarrolló un proyecto para trasladar el Zoológico Metropolitano a los terrenos donde hoy está el parque Bicentenario. La idea era hacer un parque abierto como el que tiene en su casa en La Dehesa, sin medio de un puente. “Me conseguí los arquitectos, LAN me ofreció espacio en sus aviones para traer los animales de Estados Unidos, íbamos a conservar las instalaciones del zoológico existente como bodegas y cuarentenas, disminuyendo el costo de forma importante. Tenía todo el mono armado. Pero cuando llegamos a tierra derecha, empezó la burocracia y se empantanó”, cuenta sin dejar de agregar que “cualquier cosa que quieras hacer en Chile es una joda. Yo ya estoy viejo, me cansé de pelear”.

 

Potenciar los parques

A diferencia de los franceses, alemanes o norteamericanos, los chilenos, dice Durand, no son conservacionistas. “Al chileno, descendiente de españoles, no le gusta la fauna, es más bien una raza cazadora”, dice. Ello explica que en Chile “no haya leyes de conservación eficaces” y que a personas como Douglas Tompkins, a quien conoció hace 15 años en el parque Pumalín, “le dieron hasta que les dio puntada porque nadie podía entender que quisiera donar tierras el Estado chileno sin tener detrás un interés comercial”.

Pese a las barreras con las que ha chocado en su plan de conservación animal, Durand está hace varios años a la caza de un proyecto: crear la Dirección de Parques Nacionales. “Chile tiene que vender su imagen afuera y la tarjeta postal debiera ser ‘visite los parques nacionales’. No puede ser que el 19% del territorio nacional –que corresponde a los parques nacionales– dependa de la Conaf, cuya misión es administrar la política forestal de Chile. Tiene que haber un organismo autónomo, manejado por un directorio estatal y privado, que se haga cargo de ellos, como ocurre en otras partes del mundo”, comenta. Un plan que quiere conversar con el ministro del Medio Ambiente, Pablo Badenier, y para el cual consiguió una sede gratuita al lado de un parque nacional en la zona central.

[box num=”3″]

“Actualmente, el director de Conaf cambia con el gobierno de turno, no hay un desarrollo continuo en el tiempo. Toda la gente que trabaja en torno a los parques ya sea en el SAG, la Conaf o en el Ministerio del Medio Ambiente debieran agruparse en este organismo”, sugiere.

En Chile, según Durand, “tenemos la suerte de poseer todos los ambientes: desde los desiertos más secos del mundo hasta las nieves vírgenes de la Antártida. Lindos bosques, ríos, mar, cordillera, de todo. Si los parques nacionales estuvieran bien tenidos –como es el caso de las Torres del Paine– habría un desarrollo turístico gigantesco”.

-¿Cree que la industria turística chilena podría vender más que el cobre o el vino?

-¡Por supuesto! En Argentina hay 30 millones y en Brasil 150 millones de personas que felices vienen a ver estas maravillas. Si a eso le sumas el desarrollo culinario, sería una combinación genial. El turista normalmente ve una cosa en la mañana y después está pensando dónde almorzar. En la tarde, el mismo cuento. Argentina ha promocionado muy bien su Patagonia, ¡lo ha hecho salvaje!

Antes de terminar el recorrido por una parte de su parque –conocerlo entero podría tardar un día entero–, Durand nos lleva a su lugar favorito: un aviario de dos mil metros cuadrados, donde entre los pájaros y plantas tropicales tiene su cama, un walk-in closet, un quincho y hasta un jacuzzi. En este lugar, parecido a una selva africana, Durand suele vivir temporadas. “Uno cree que los pájaros son indiferentes, pero no es así. Cuando están viejos o enfermos se vienen a morir a tu lado. Los tomas y empiezan a tiritar. Es terrible”, dice emocionado.

El ecologista trata de no domesticar a sus animales “porque es malo para ellos y malo para uno, porque te pierden el respeto y se pueden poner agresivos”. Aun así, mientras camina, varios se le acercan.

-¿Nombra a sus animales?

-No, no me acuerdo ni de los nombres de mi familia, ¡imagínate le pusiera nombre a mis animales!, ríe. •••