Con 13 años de vida, la galería de Alonso de Córdova decidió renovarse y reestructuró completamente su centro de arte. El espacio, más versátil, multifuncional y al servicio de las diversas tendencias contemporáneas, inicia esta etapa con una muestra de Ricardo Pommer, que trae pinturas inspiradas en el toro bravo ibérico. Por María Jesús […]

  • 29 marzo, 2011

 

Con 13 años de vida, la galería de Alonso de Córdova decidió renovarse y reestructuró completamente su centro de arte. El espacio, más versátil, multifuncional y al servicio de las diversas tendencias contemporáneas, inicia esta etapa con una muestra de Ricardo Pommer, que trae pinturas inspiradas en el toro bravo ibérico. Por María Jesús Carvallo; fotos, Verónica Ortiz

 

Los muros de la galería La Sala han visto pasar buena parte de las últimas tendencias de la plástica contemporánea. Punto importante del circuito artístico del barrio de Alonso de Córdova, desde sus orígenes este centro ha buscado marcar una diferencia, apostando por un nicho que no se había desarrollado con propiedad en el país. Ideada en 1998, La Sala fue la primera galería exclusiva de “arte joven” que se instaló en Chile. Un lugar pensado para dar cabida a los emergentes, a los creativos recién egresados que hasta ese minuto no tenían un espacio seguro donde dar a conocer su trabajo. En ese tiempo, las otras galerías privadas centraban sus esfuerzos en los consagrados, en los Matta, Cienfuegos, Lira, Dittborn, Benmayor y Domínguez, por nombrar algunos, sin considerar a los artistas nuevos o de mediana trayectoria.

La apuesta era arriesgada. Primero, porque la situación económica nacional era inestable, producto de la reciente crisis desatada en Asia y, segundo, porque el concepto de “arte joven” no estaba bien asentado y algunos ni siquiera sabían lo que significaba. Sin embargo, un grupo de emprendedoras –encabezado por Silvia Novoa junto a Alejandra Chellew, Carolina Weinstein y Alejandra Schaeffer–, asumió el desafío y dió vida al proyecto cultural que llamaron La Sala. Cuando la galería cumplió 10 años, Waldemar Sommer, crítico de arte de El Mercurio, señaló: “La Sala no constituye una galería más de ese muestrario de artes visuales que se ha convertido para bien del público, el barrio Vitacura y, concretamente, la manzana flanqueada por Alonso de Córdova y Nueva Costanera. Es que además de ofrecer exposiciones de calidad, galería La Sala ha dedicado sus mejores esfuerzos en dar a conocer artistas jóvenes…”

Durante sus 13 años de vida, La Sala –además de exhibiciones en su espacio físico– ha desarrollado variados proyectos culturales que traspasaron las fronteras, gracias a nexos con instituciones de amplia difusión cultural como el Museo Nacional de Bellas Artes, Metro, Matucana 100 y la Corporación del Patrimonio. “La Sala ha sabido inscribir su espacio articulándolo de manera muy abierta, no solamente con el nuevo público, en su mayoría jóvenes, sino que también con coleccionistas, de tal manera de dinamizar sus exhibiciones. Al mismo tiempo ha generado lazos con el mundo de los teóricos con el fin de dar sustento conceptual a muchos de sus proyectos”, comentó alguna vez el escultor y crítico Gaspar Galaz.

Hoy, la única directora y cara visible de este proyecto es Alejandra Chellew. Atenta a los nuevos tiempos y a los permanentes desafíos que impone el arte contemporáneo, decidió reposicionar la galería, renovar su imagen y abrirla a las nuevas disciplinas artísticas. Como explica, la piedra de tope era el espacio mismo, porque no contaba con una distribución adecuada ni con la amplitud necesaria para presentar, por ejemplo, instalaciones de gran formato o conferencias masivas. “Necesitaba un lugar que fuera de acuerdo con la actualidad, más funcional, grande y versátil, para poder abarcar más tendencias artísticas”, puntualiza Chellew.

Fue así que convocó a la oficina de arquitectos RA+ –formada por Hernán Restini y Sebastián Araus– y le pidió que llevara a cabo su idea. “Quise seguir con mi premisa de arte joven y por eso opté por ellos; son muchachos talentosos que recién egresaron de la universidad y tienen mil propuestas nuevas y frescas que aportar”. Con la ayuda de Ignacio Errázuriz –quien se hizo cargo del proyecto de iluminación–, Restini y Araus idearon un plan de trabajo que consistió en dar una imagen más moderna a este centro de arte. Entre los cambios aplicados, se mejoró la distribución con recorridos claros, se uniformaron las alturas de los techos y se optimizaron los metros perdidos –a través de la replanificación del sistema de archivo de obras–, lo que permitió ampliar el espacio de exposiciones, generando una sala con mayor presencia.

A esto se sumó una nueva oficina que hace las veces de sala de reuniones y se limpió la terraza, convirtiéndola en un patio reconocible. “El requisito fue lograr un ambiente con personalidad, que no tuviera el look de un museo, que no intimidara y más bien invitara a entrar y a recorrerlo de una vez. Para eso usamos colores limpios y buscamos darle protagonismo a las obras, gracias a una iluminación con los focos adecuados, entre otras cosas”, afirma Restini.

Estreno taurino

Junto con la presentación de su nueva imagen, La Sala inauguró su temporada 2011 y reabrió sus puertas con una muestra de pinturas de Ricardo Pommer. Chileno, radicado en España desde hace más de 30 años, este artista ha hecho su carrera en el viejo continente y por primera vez exhibe sus obras en el país. Titulada El toro bravo, son 21 pinturas de pequeño y gran formatos, trabajadas en blanco y negro con técnica mixta –acrílicos, pigmentos, tinta china y pastel.

Autodidacta, Pommer aprendió el oficio a pulso, plasmando en las telas los sentimientos e ideas que daban vueltas en su cabeza. “De joven siempre quise ser pintor y dibujar como los grandes, y creo que lo logré” dice, convencido. De padre español y madre chilena, recién salido del colegio decidió conocer sus raíces paternas y partió por un año a vivir al país vasco. Durante esos 12 meses quedó fascinado con la cultura y su gente. Cumplido el plazo volvió a Chile, pero le bastó un tiempo corto para darse cuenta de que quería regresar a España y desarrollar allí su carrera artística. Y así lo hizo. En un comienzo montó pequeñas exposiciones en localidades como Algorta y Bilbao, hasta que llegó a Ibiza y la historia cambió. Junto a un grupo de amigos abrió el local Bar Galería, que se transformó en uno de los lugares de moda y hasta donde llegaban importantes personajes europeos. Durante 17 años, Pommer expuso en este espacio sus creaciones, logrando hacerse un nombre, para posteriormente ser invitado a diferentes muestras en países como Francia, Alemania y Holanda.

Después de 36 años decidió volver a Chile para visitar a su familia. Conoció a Alejandra Chellew, le mostró su trabajo y ella lo invitó a mostrarlo en La Sala. “Quise aportar un grano de arena y acercar el toro bravo ibérico a los chilenos. Hacerle un homenaje al participante de las fiesta taurinas, al animal peligroso, lleno de vida y energía, proyectando respeto a quien observa y ensalzando su belleza”, afirma Pommer.