Ya se le había visto la garra al lidiar con las comunidades rapanui por el conflicto en Isla de Pascua. Hoy esta alemana la muestra de nuevo. Y fuerte. Terminar con la desigualdad de oportunidades es su cruzada. Y para eso, afirma, los ricos –como ella– deben meterse la mano al bolsillo. Aquí, la Warren Buffet local. Por Catalina Allendes; fotos; Verónica Ortiz.

 

  • 23 agosto, 2011

 

Ya se le había visto la garra al lidiar con las comunidades rapanui por el conflicto en Isla de Pascua. Hoy esta alemana la muestra de nuevo. Y fuerte. Terminar con la desigualdad de oportunidades es su cruzada. Y para eso, afirma, los ricos –como ella– deben meterse la mano al bolsillo. Aquí, la Warren Buffet local. Por Catalina Allendes; fotos; Verónica Ortiz.

Tenía 22 años y venía a Chile a hacer su práctica como ingeniero comercial en el Dresdner Bank. El avión hizo escala en Ezeiza, Buenos Aires, y desvió para siempre el rumbo de su vida. En ese aeropuerto estaba Cristoph Schiess, un chileno alemán de 35 años del cual Jeannette von Wolffersdorff se enamoró. Y él de ella.

De eso han pasado ya trece años y la historia ha ido por buen carril. Se casó con Cristoph, el heredero del holding Interoceánica, con quien tiene tres niños. Con ellos comparte una casa arrendada –vaya paradoja, pues el gran expertise de los Schiess es el negocio inmobiliario– en un barrio que Jeannette llama “Vitacura downtown”, como para mostrar que no viven en lo más high de Santiago.

Pero lo suyo claramente no es la casa, sino los negocios. Se hizo cargo del polémico hotel de la familia en Isla de Pascua, con lo que agarró vuelo para crear la Federación de Empresarios del Turismo y acaba de ser destacada como la Empresaria del Año por la Cámara Nacional de Comercio. Sin embargo, tampoco se queda ahí: hace un par de semanas, a través de una carta a El Mercurio, entró de frentón en el debate político y social que por estos días tiene al país convulsionado. Sorpresa para muchos; ninguna novedad para sus cercanos. Ella es así. Como buena alemana, tiene su discurso bien claro.

-¿Qué te motivó a entrar en el debate?
-Ante todo quiero dejar claro que mis comentarios reflejan sólo mi opinión personal… El debate nacional está muy concentrado en variables económicas, en asuntos de orden público y calidad educacional. Son variables muy importantes, pero no son el fin de la sociedad y no logran explicar el movimiento ciudadano ni el descontento en el país. Siendo parte del empresariado chileno tengo cierta legitimidad para opinar sobre el valor subjetivo más que para hablar de “más ingresos” dentro de la sociedad. A partir de cierto ingreso mínimo, ese concepto no tiene una correlación directa con “más felicidad”.

-Si bien el tener más plata no significa necesariamente ser más feliz, algo ayuda…

-Según un reciente estudio del Banco Mundial, de Carol Graham, hay afganos que, aún viviendo en medio de la violencia, son más felices que los chilenos. La razón es que el ser humano es tremendamente adaptable, lo adverso no le impide ser feliz. Por eso, aunque en Chile una mayoría se beneficia del crecimiento económico, aumenta la frustración, porque ven cómo otros logran subirse con más velocidad al tren del desarrollo. Crecimiento económico por sí solo no hace feliz, sino que viene en conjunto con una buena dosis de empatía.

A partir de cierto ingreso, la felicidad no logra aumentar paralelo al ingreso. Un estudio del BID muestra incluso que en América latina la amistad es más importante que la salud, el empleo y el patrimonio. Es levemente menos importante que la propia alimentación. ¿Y aquí qué pasa? Chile está siendo una sociedad en la cual la competencia parece ser todo. Una sociedad que tiende a comprar cosas que no se necesitan para impresionar a personas que no se quieren y con dinero que no se tiene…

-¿Cuáles crees que son las razones de este descontento social que parece haber?

-En el caso de Chile, aquí se están diciendo dos cosas. Por un lado, que hay un descontento social por motivos concretos y, por el otro, que hay un problema de representatividad de la institucionalidad política.

Sin duda, el motivo principal es la desigualdad combinada con un alto crecimiento. Ello nos lleva a la paradoja de una sociedad más competitiva y más desarrollada, pero no necesariamente más feliz. Es algo que matemáticamente no se logra explicar, y, pese a ser un problema, es una señal alentadora, porque muestra que los seres humanos somos más que hueso y sangre con una cuenta bancaria.

La movilidad social en Chile parece superar incluso a la de varios países en Europa. Eso está bien, pero estamos lejos de ser una sociedad justa, capaz de dar oportunidades a sus ciudadanos, independiente de su origen socioeconómico. Basta ir a Batuco y después a Nueva Las Condes; al Cerro 18 y después a La Dehesa; basta bajarse un poco de las autopistas y andar por las calles pequeñas; basta ir de nuestra capital al Chile rural; caminar por un colegio privado y posteriormente, ir a uno público, para darse cuenta de la brecha socioeconómica que divide a nuestra sociedad.

-Y el movimiento estudiantil es también consecuencia de esa desigualdad…
-Una sociedad con altos índices de desigualdad siempre va a tener problemas colaterales. Así lo acaban de mostrar los ingleses Wilkinson & Pickett en su libro Why more equal societies almost always do better.

Expectativas de vida, salud, oportunidades y criminalidad están en conexión directa con la desigualdad de un país. Incluso la suerte de “vida protegida” que tiene el 20% más rico, pero que vive con miedo de perder su estatus o de ser víctima de un crimen. La desigualdad produce miedo en todos los niveles de la sociedad, no sólo para los desaventajados.

Necesitamos más igualdad de oportunidades para todos. Y de partida, educación de calidad a un costo mínimo para los quintiles más pobres. Es extraño que el mundo político en Chile recién ahora intente ponerse de acuerdo en ese objetivo.

-¿Hacia dónde nos pueden conducir estas reivindicaciones sociales?

-No hay mal que por bien no venga: pienso que nos van a llevar a una renovación del sistema político y, ojalá, a una mayor reflexión de las elites políticas y económicas acerca de los valores, más allá de los índices económicos.

El turno de los ricos

-¿Qué responsabilidad les cabe aquí a los empresarios?
-Por ejemplo, hace 10 años nadie hablaba de sustentabilidad. Hoy es una palabra muy usada en el mundo empresarial y, si bien se habla más que lo que se hace, vamos en la dirección correcta. La sustentabilidad ambiental y social no son una moda, sino una condición sine qua non para la supervivencia de las futuras generaciones.

Viendo la acumulación de fortunas en Chile, pienso que se requieren más personas que estén dispuestas a tomar una responsabilidad importante en la sociedad en la cual viven. El que tiene éxito en el mundo competitivo debe tener empatía con los que no lo tuvieron. No por sentimientos de culpa, sino que por su propia felicidad. Es importante humanizar al mundo empresarial dando buenos empleos, de calidad. Si las mismas empresas fuesen más sustentables, sin negar su justificado afán de lucrar, no se necesitarían de muchas iniciativas filantrópicas. Sería una linda utopía.

-En la carta a El Mercurio dijiste que ni siquiera el tema tributario debería ser un tabú en esta batalla por superar la desigualdad. ¿Estás de acuerdo con una reforma tributaria?
-Pienso que no deberá ser tabú discutirlo, sin eternizar el debate. Más importante que ver cómo recaudar más, es asegurar la eficiencia en el gasto. Si el Estado asegura un uso eficiente de los recursos y si el crecimiento por sí solo no es suficiente para crear igualdad de oportunidades, no debería haber oposición a entrar en el debate tributario.

-O sea, habría que partir por mejorar la gestión, entonces.
-Sí, o hacerlo en paralelo. Depende de cómo uno lo vea. Si fuese necesario elevar impuestos para asegurar una igualdad de oportunidades, nadie debería oponerse. Y tampoco creo que vaya a pasar algo muy grave (perder empleos) en el sector empresarial si eso ocurriera. Comparativamente en Chile la carga tributaria es baja.

-Entonces estás en la línea de Warren Buffet, el empresario que llamó a elevar los impuestos a los más ricos en Estados Unidos.

-Cuando un 2% de la población tiene más del 50% del patrimonio, o un 10% de la población concentra más del 85%, uno simplemente tiene que decir que el modelo netamente capitalista y neoliberal no ha sido capaz de crear un mundo justo. Y nunca lo va a poder hacer. Por eso, iniciativas como la de regalar parte de las fortunas son alentadoras. La acumulación de patrimonio llega a tal extremo que las personas, entregando un 50%, 60% y hasta 90% de su riqueza, no van a cambiar sus destinos. No se trata de hacer una repartición de patrimonio, sino de que sirva para dar igualdad de oportunidades. Riqueza y pobreza se condicionan mutuamente. El que tiene éxito hoy, a mi juicio, tiene la obligación de compartirlo en pro de la igualdad de oportunidades, llámese educación de calidad o buena salud.

-Ese discurso no es muy popular en la élite económica de este país. Más bien al empresariado le carga hablar de impuestos.
-El mejor aporte social de una empresa es dar un buen empleo, pero siento que hoy los empresarios tenemos una responsabilidad más allá. Eso puede ser a través de impuestos o de forma voluntaria, mediante donaciones o traspaso de gestión.

Las donaciones en Chile son muy pocas y la Ley de Donaciones es un fiel reflejo de eso. Tener un tope de un 5% de la base imponible te demuestra cuán difícil es donar como empresa. No puedes donar más allá del 5% para beneficio tributario, pues si no, puedes pasar como gasto rechazado.

-Bueno ahí tienes otra pelea que dar…
– (Se ríe) ¿Es el huevo o la gallina? Al final, la ley es un reflejo de la disposición de donar por parte del empresariado… Quizás hubo cierto abuso del sistema donativo para otros fines, pero no por ello debiera restringirse la voluntad de quienes de verdad quieren hacer un aporte.

Aristóteles decía que la riqueza verdadera es la que se usa, la que se puede aprovechar. ¿Cuál es el valor agregado para la sociedad de fortunas que no crean empleos justos? Por eso, pienso que no va a doler a mucha gente entregar más, si al final se le devolverá como sociedad. Hace mucho más feliz ayudar a otros que guardar para futuras generaciones. Los hijos de uno también tendrán que demostrar lo que pueden hacer, y no simplemente heredar.

-¿Tu marido te apoya en esta mirada tan atípica del mundo empresarial chileno?
-Sí, aunque tiene un poco de temor (se ríe). Yo siento que si alguien de un quintil más bajo dice esto, la gente no lo toma demasiado en cuenta porque lo encuentra resentido, pero es necesario que lo diga gente como Warren Buffet o Felipe Lamarca … En Chile hay un ajuste por hacer, sea voluntario de las elites económicas o mandatado a través de impuestos.

-¿No te da susto la crítica?¿Que digan “qué se mete esta alemana”?

-Por un lado sí, pero por otro, justamente por ser alemana puedo decir “disculpa mi franqueza, soy alemana”… Todo esto lo digo en tono de aportar, de construir algo y de que ojalá el mundo político reflexione sobre este mensaje que no es mío, sino de la ciudadanía. Por nada quiero aparecer como arrogante, no es mi estilo. Mi experiencia como empresaria en Chile ha sido muy positiva, pero siento que el sector privado debe decir las cosas cuando no funcionan bien, para corregir el curso de ellas.

“Los partidos parecen dinosaurios frente a una ciudadanía moderna”
-¿Cuál es tu visión sobre Chile al 2020, cuando nos convirtamos en un país “desarrollado” en términos de ingreso per cápita?
-No seremos país desarrollado solamente contando con mayor ingreso per cápita. Economistas y políticos se han concentrado por demasiado tiempo en pensar que la acumulación de bienes materiales significa mayor felicidad, mayor valor agregado para la comunidad. Cuántos productos y servicios están incorporados en el cálculo del PIB que no contribuyen en nada al valor del ser humano. El PIB tampoco dice nada sobre la repartición del ingreso; en definitiva, no sirve en nada para indicar si un país está bien o mal. El ingreso per cápita mide todo, menos lo que le agrega su verdadero valor a la vida, como indicó una vez el senador estadounidense Robert Kennedy. Seremos un país desarrollado cuando sepamos entregar empatía y cuando nos respetemos más. Lo seremos cuando podamos reírnos más, cuando aceptemos el pluralismo, cuando disfrutemos más, cuando tengamos más amistades, más amor y más entusiasmo. No se trata de garantizar el derecho a la felicidad, pero sí de tenerlo como objetivo final de todo quehacer.

-¿Cómo ves el bajo apoyo que tiene el presidente Piñera? En la CEP tiene sólo un 26%.
-Creo que la baja popularidad del gobierno, en general, es a causa de una falta de liderazgo para tomar decisiones en los momentos indicados. También, la consecuencia de inconsistencias en la conducción y la creación de altas expectativas.

Uno ve que las elites políticas están muy ideologizadas y alejadas de la ciudadanía. Los partidos parecen entrampados en discusiones ideológicas que son, de alguna manera, del siglo pasado. Parecen dinosaurios frente a una ciudadanía moderna, cuando deben reencantar para seguir siendo intermediario entre el Estado y la gente.

-¿Por eso las marchas, entonces, porque no se sienten representados por nadie?
-La ciudadanía está bypasseando a las instituciones que deberían intermediar entre ciudadanía y Estado, esa es una señal de alerta. Da piso para extremismos. El Congreso no refleja la realidad chilena, no es proporcional a la preferencia ciudadana. Se requiere un debate profundo sobre el sistema electoral y tomar decisiones al respecto. El sistema ultra-presidencial chileno también requiere debate. Cabe preguntarse si las amplias funciones legislativas del presidente son acorde a un sistema democrático representativo y participativo, o si al final contribuyen a evocar una democracia directa que no resulta manejable en el futuro.