En diciembre de 1956, Londres se vio sumido en una densa neblina que reclamó la vida de aproximadamente 12 mil personas. No se trataba sólo de la habitual capa fantasmagórica que suele evocar los oscuros callejones donde acechaba Jack the Ripper o donde develaba misterios Sherlock Homes. Esta vez la niebla iba acompañada de humo… Fog + Smoke: Smog. En efecto, un invierno particularmente frío hizo que los residentes quemaran leña y carbón como nunca. El fatal elemento adicional fue la falta de viento. Sólo cuando la ventilación regresó a la ciudad, cinco días después, la situación de emergencia se pudo superar. Los británicos aprendieron la lección. Ese mismo año pusieron en marcha una ordenanza para limitar el uso de combustibles fósiles, que sirvió de base al posterior desarrollo legal en materia de protección medioambiental. El mejor testimonio es sobrevolar Londres: una ciudad de chimeneas tapiadas. La imponente Tate Modern se erige en la ribera sur del Támesis como un ícono en la batalla contra la contaminación: una vieja fábrica que recuerda las glorias de la revolución industrial, convertida en una galería de arte contemporáneo. Y aunque escribo esta columna bajo un cielo casi azul, la polución atmosférica de Londres no ha sido derrotada. Las señales de alerta apuntan a los Juegos Olímpicos del próximo año. Los más alarmistas incluso señalan que algunas competencias podrían suspenderse para proteger la salud de los atletas, lo que es desestimado por las autoridades. Lo cierto es que en lo que va de 2011 la ciudad ya ha traspasado los límites que la Unión Europea establece en términos de material particulado para un año completo, lo que no ocurría desde 2003. La culpa ya no es de las chimeneas sino del tránsito, señalan los especialistas. Las responsabilidades políticas, a su vez, son confusas. El gobierno central y el gobierno local se disputan atribuciones. Recientemente el alcalde mayor, Boris Johnson, ha reclamado la independencia de Londres para gestionar su política anticontaminante, lo que obviamente es resistido por la administración de David Cameron. En lo que ambos están de acuerdo es en que los efectos del problema superan con largueza los medioambientales y se extienden hasta el terreno de la salud pública: tres mil muertes al año son relacionadas con la contaminación ambiental. Como actores políticos, ambos también coinciden en que los costos electorales de endurecer las leyes (por ejemplo, restringiendo aún más el uso del automóvil) pueden ser demasiado altos. De hecho, han sido criticados por relajar las zonas de cobro por congestión. El discurso verde, en todo caso, se ganó un espacio en el debate político británico. Al ocupar la cartera de Energía en 2008, el actual líder laborista Ed Milliband la rebautizó como Energía y Cambio Climático. El propio Cameron hizo campaña con ropajes medioambientalistas. “Quiero que el gobierno de la Coalición sea el más verde de todos”, señaló al asumir el poder el año pasado. Todavía es muy temprano para evaluar si sus promesas han sido cumplidas, pero algunos otrora entusiastas “cameronistas” –como el ecologista Zach Goldsmith- ya dan señales de frustración. Recientemente, el voto de los conservadores en el parlamento europeo evitó el compromiso de reducir las emisiones de carbono en un 30% que solicitaban los laboristas. Sin embargo, bien sabemos que como oposición es más fácil exigir cambios radicales de los cuales no hay que hacerse cargo en el corto plazo. Cierto parecido hay con el caso chileno: Sebastián Piñera, como pocos candidatos en el espectro tradicional derecha–izquierda, recalcó su compromiso con un progreso amigable con el medio ambiente. Hasta su grupo programático fue bautizado con el nombre de un parque natural chilote de su propiedad: Tantauco. Hoy, sin embargo, los ambientalistas no quieren saber nada de “la nueva forma de gobernar”. Primero fue el accidentado caso de Barrancones y, recientemente, la aprobación del proyecto HidroAysén. Aunque el Ejecutivo se deshaga en explicaciones, la percepción instalada es que la derecha en el poder no es particularmente sensible con el daño medioambiental. Por un buen rato, los esfuerzos que se realicen en otras áreas –como disminuir el esmog en Santiago– quedarán relegados en la retina de la opinión pública. Tampoco es realista esperar medidas drásticas en este tipo de frentes. Los intereses creados son muchos, los actores involucrados diversos, los derechos afectados, varios. A diferencia del caso británico, no tendremos una gran neblina que acelere el paso ni ventolera que se lleve el gris.

  • 12 agosto, 2011

En diciembre de 1956, Londres se vio sumido en una densa neblina que reclamó la vida de aproximadamente 12 mil personas. No se trataba sólo de la habitual capa fantasmagórica que suele evocar los oscuros callejones donde acechaba Jack the Ripper o donde develaba misterios Sherlock Homes. Esta vez la niebla iba acompañada de humo… Fog + Smoke: Smog. En efecto, un invierno particularmente frío hizo que los residentes quemaran leña y carbón como nunca. El fatal elemento adicional fue la falta de viento. Sólo cuando la ventilación regresó a la ciudad, cinco días después, la situación de emergencia se pudo superar. Los británicos aprendieron la lección. Ese mismo año pusieron en marcha una ordenanza para limitar el uso de combustibles fósiles, que sirvió de base al posterior desarrollo legal en materia de protección medioambiental. El mejor testimonio es sobrevolar Londres: una ciudad de chimeneas tapiadas. La imponente Tate Modern se erige en la ribera sur del Támesis como un ícono en la batalla contra la contaminación: una vieja fábrica que recuerda las glorias de la revolución industrial, convertida en una galería de arte contemporáneo. Y aunque escribo esta columna bajo un cielo casi azul, la polución atmosférica de Londres no ha sido derrotada. Las señales de alerta apuntan a los Juegos Olímpicos del próximo año. Los más alarmistas incluso señalan que algunas competencias podrían suspenderse para proteger la salud de los atletas, lo que es desestimado por las autoridades. Lo cierto es que en lo que va de 2011 la ciudad ya ha traspasado los límites que la Unión Europea establece en términos de material particulado para un año completo, lo que no ocurría desde 2003. La culpa ya no es de las chimeneas sino del tránsito, señalan los especialistas. Las responsabilidades políticas, a su vez, son confusas. El gobierno central y el gobierno local se disputan atribuciones. Recientemente el alcalde mayor, Boris Johnson, ha reclamado la independencia de Londres para gestionar su política anticontaminante, lo que obviamente es resistido por la administración de David Cameron. En lo que ambos están de acuerdo es en que los efectos del problema superan con largueza los medioambientales y se extienden hasta el terreno de la salud pública: tres mil muertes al año son relacionadas con la contaminación ambiental. Como actores políticos, ambos también coinciden en que los costos electorales de endurecer las leyes (por ejemplo, restringiendo aún más el uso del automóvil) pueden ser demasiado altos. De hecho, han sido criticados por relajar las zonas de cobro por congestión. El discurso verde, en todo caso, se ganó un espacio en el debate político británico. Al ocupar la cartera de Energía en 2008, el actual líder laborista Ed Milliband la rebautizó como Energía y Cambio Climático. El propio Cameron hizo campaña con ropajes medioambientalistas. “Quiero que el gobierno de la Coalición sea el más verde de todos”, señaló al asumir el poder el año pasado. Todavía es muy temprano para evaluar si sus promesas han sido cumplidas, pero algunos otrora entusiastas “cameronistas” –como el ecologista Zach Goldsmith- ya dan señales de frustración. Recientemente, el voto de los conservadores en el parlamento europeo evitó el compromiso de reducir las emisiones de carbono en un 30% que solicitaban los laboristas. Sin embargo, bien sabemos que como oposición es más fácil exigir cambios radicales de los cuales no hay que hacerse cargo en el corto plazo. Cierto parecido hay con el caso chileno: Sebastián Piñera, como pocos candidatos en el espectro tradicional derecha–izquierda, recalcó su compromiso con un progreso amigable con el medio ambiente. Hasta su grupo programático fue bautizado con el nombre de un parque natural chilote de su propiedad: Tantauco. Hoy, sin embargo, los ambientalistas no quieren saber nada de “la nueva forma de gobernar”. Primero fue el accidentado caso de Barrancones y, recientemente, la aprobación del proyecto HidroAysén. Aunque el Ejecutivo se deshaga en explicaciones, la percepción instalada es que la derecha en el poder no es particularmente sensible con el daño medioambiental. Por un buen rato, los esfuerzos que se realicen en otras áreas –como disminuir el esmog en Santiago– quedarán relegados en la retina de la opinión pública. Tampoco es realista esperar medidas drásticas en este tipo de frentes. Los intereses creados son muchos, los actores involucrados diversos, los derechos afectados, varios. A diferencia del caso británico, no tendremos una gran neblina que acelere el paso ni ventolera que se lleve el gris.

Por Cristóbal Bellolio/ Desde Londres

En diciembre de 1956, Londres se vio sumido en una densa neblina que reclamó la vida de aproximadamente 12 mil personas. No se trataba sólo de la habitual capa fantasmagórica que suele evocar los oscuros callejones donde acechaba Jack the Ripper o donde develaba misterios Sherlock Homes. Esta vez la niebla iba acompañada de humo… Fog + Smoke: Smog. En efecto, un invierno particularmente frío hizo que los residentes quemaran leña y carbón como nunca. El fatal elemento adicional fue la falta de viento. Sólo cuando la ventilación regresó a la ciudad, cinco días después, la situación de emergencia se pudo superar.

Los británicos aprendieron la lección. Ese mismo año pusieron en marcha una ordenanza para limitar el uso de combustibles fósiles, que sirvió de base al posterior desarrollo legal en materia de protección medioambiental. El mejor testimonio es sobrevolar Londres: una ciudad de chimeneas tapiadas. La imponente Tate Modern se erige en la ribera sur del Támesis como un ícono en la batalla contra la contaminación: una vieja fábrica que recuerda las glorias de la revolución industrial, convertida en una galería de arte contemporáneo.

Y aunque escribo esta columna bajo un cielo casi azul, la polución atmosférica de Londres no ha sido derrotada. Las señales de alerta apuntan a los Juegos Olímpicos del próximo año. Los más alarmistas incluso señalan que algunas competencias podrían suspenderse para proteger la salud de los atletas, lo que es desestimado por las autoridades. Lo cierto es que en lo que va de 2011 la ciudad ya ha traspasado los límites que la Unión Europea establece en términos de material particulado para un año completo, lo que no ocurría desde 2003. La culpa ya no es de las chimeneas sino del tránsito, señalan los especialistas.

Las responsabilidades políticas, a su vez, son confusas. El gobierno central y el gobierno local se disputan atribuciones. Recientemente el alcalde mayor, Boris Johnson, ha reclamado la independencia de Londres para gestionar su política anticontaminante, lo que obviamente es resistido por la administración de David Cameron. En lo que ambos están de acuerdo es en que los efectos del problema superan con largueza los medioambientales y se extienden hasta el terreno de la salud pública: tres mil muertes al año son relacionadas con la contaminación ambiental. Como actores políticos, ambos también coinciden en que los costos electorales de endurecer las leyes (por ejemplo, restringiendo aún más el uso del automóvil) pueden ser demasiado altos. De hecho, han sido criticados por relajar las zonas de cobro por congestión.

El discurso verde, en todo caso, se ganó un espacio en el debate político británico. Al ocupar la cartera de Energía en 2008, el actual líder laborista Ed Milliband la rebautizó como Energía y Cambio Climático. El propio Cameron hizo campaña con ropajes medioambientalistas. “Quiero que el gobierno de la Coalición sea el más verde de todos”, señaló al asumir el poder el año pasado. Todavía es muy temprano para evaluar si sus promesas han sido cumplidas, pero algunos otrora entusiastas “cameronistas” –como el ecologista Zach Goldsmith- ya dan señales de frustración. Recientemente, el voto de los conservadores en el parlamento europeo evitó el compromiso de reducir las emisiones de carbono en un 30% que solicitaban los laboristas. Sin embargo, bien sabemos que como oposición es más fácil exigir cambios radicales de los cuales no hay que hacerse cargo en el corto plazo.

Cierto parecido hay con el caso chileno: Sebastián Piñera, como pocos candidatos en el espectro tradicional derecha–izquierda, recalcó su compromiso con un progreso amigable con el medio ambiente. Hasta su grupo programático fue bautizado con el nombre de un parque natural chilote de su propiedad: Tantauco. Hoy, sin embargo, los ambientalistas no quieren saber nada de “la nueva forma de gobernar”. Primero fue el accidentado caso de Barrancones y, recientemente, la aprobación del proyecto HidroAysén. Aunque el Ejecutivo se deshaga en explicaciones, la percepción instalada es que la derecha en el poder no es particularmente sensible con el daño medioambiental. Por un buen rato, los esfuerzos que se realicen en otras áreas –como disminuir el esmog en Santiago– quedarán relegados en la retina de la opinión pública. Tampoco es realista esperar medidas drásticas en este tipo de frentes. Los intereses creados son muchos, los actores involucrados diversos, los derechos afectados, varios. A diferencia del caso británico, no tendremos una gran neblina que acelere el paso ni ventolera que se lleve el gris.