• 16 noviembre, 2007

 

Urge ser más creativos para que el aporte de la mujer en lo laboral se manifieste junto con su irremplazable labor de esposa y madre.

 

No cabe duda que la relación de la mujer con el trabajo no es pacífica, especialmente si ella es madre. Es efectivo que el ser humano, ser racional y libre, está llamado a transformar la faz de la tierra y en este encargo, que esencialmente es obra de cultura, tanto el hombre como la mujer tienen una gran responsabilidad. La mujer, por tanto, está llamada a realizar un aporte fundamental en los campos de la ciencia y la economía, el arte y la política. Sin embargo, esto no debe ser obstáculo para que desarrolle su peculiar y maravillosa condición de mujer y madre. He ahí su gran riqueza que da espacio al constante dilema que se le presenta a la hora de tomar decisiones y a la pregunta: ¿Cómo lograr vivir ambos aspectos armoniosamente de manera que su aporte en el mundo laboral no constituya una amenaza ni para ellas ni para sus familias?

Es interesante que Juan Pablo II afirme en su carta a las mujeres la necesidad de una mayor presencia social de ellas, porque esto contribuirá a humanizar los procesos en la perspectiva de la construcción de la civilización del amor, frente a una sociedad organizada según puros criterios de eficiencia y productividad. Por lo que urge ser más creativos para que el aporte de la mujer en lo laboral se manifieste junto con su irremplazable labor de esposa y madre.

No es de mi competencia dar soluciones técnicas para que las mujeres vivan armoniosamente ambos aspectos de sus vidas. Sin embargo, creo que la sociedad encontrará dichas soluciones en la medida que se tenga claro que el trabajo ha de estar al servicio de la persona y no la persona al servicio del trabajo, y su condición de mujer ha de primar por sobre su condición de trabajadora, lo que significa, por ejemplo, que no se puede discriminar en virtud de su maternidad. Ello constituye el mayor de los materialismos, que no hace sino confi gurar una cultura pragmática cuyas consecuencias las podemos ver a diario. Por otro lado, es importante reconocer que muchas veces las largas horas de trabajo están animadas por un deseo sobredimensionado de bienes materiales y por lo tanto no habrá una solución adecuada a este tema si no se instalan estilos de vida más austeros, privilegiando el ser de las personas y los encuentros gratuitos de afecto en el seno de la familia, y no la carrera loca al consumo a la cual nos impulsan muchas veces los medios de comunicación social.

Resulta también indispensable fortalecer la vida matrimonial y revalorizar las funciones maternas, reconociendo la necesidad que tienen los hijos del cuidado, amor y afecto para poder desarrollarse como personas responsables, moral y religiosamente maduras y psicológicamente equilibradas. No sin razón Juan Pablo II postula como tarea para nuestro país que “será un honor para la sociedad hacer posible a la madre –sin obstaculizar su libertad, sin discriminaciones psicológicas o prácticas, sin dejarle en inferioridad ante sus compañeras– dedicarse al cuidado y a la educación de los hijos según las necesidades diferenciadas de la edad. El abandono forzado de tales tareas por una ganancia retribuida fuera de casa, es incorrecto desde el punto de vista del bien de la sociedad y de la familia cuando contradice o hace difícil tales cometidos primarios de la misión materna”.

El rol del Estado en esta materia es fundamental. En efecto, tiene mucho que decir respecto de la manera como se lleva a cabo el respeto de los derechos de los hombres y de las mujeres en los lugares de trabajo, y cómo privilegian con adecuadas políticas públicas la creación de nuevos trabajos, una adecuada estabilidad laboral y la posibilidad de flexibilizar los horarios de trabajo de tal forma de que haya mayor presencia en la casa tanto del padre como de la madre.