• 23 febrero, 2010


No pretendo idealizar a la mujer chilena, pero es lo que he visto, y me ha emocionado y conmovido su esfuerzo constante en favor de grandes ideales.


En mi condición de sacerdote, he tenido la oportunidad de vivir durante períodos más o menos prolongados en distintos sectores de la ciudad de Santiago. En barrios muy pobres, como la población San Gregorio o en el Salto; áreas de clase media, como Plaza Italia, y distritos acomodados, como La Dehesa. En mi calidad de obispo, suelo visitar las comunidades católicas a través de toda la ciudad, además de mis constantes desplazamientos a lo largo de Chile. En todos los esferas de la sociedad chilena, la mujer se destaca por sus extraordinarias cualidades. Son cada vez más las que, sin la ayuda de sus maridos, han sacado adelante a sus familias y a más de algún allegado. Siempre hay espacio, porque la mujer chilena es solidaria por naturaleza.

La mujer de nuestro país no se amilana ni se doblega ante la adversidad; por el contrario, pareciera ser que la potencia en la consecución de sus metas y nobles fines. La mujer chilena es trabajadora, se las rebusca para dar de comer a sus hijos. Durante la semana al trabajo y los fines de semana busca alguna entrada extra con el sudor de su frente.

He conocido mujeres en situaciones humanas, familiares y sociales muy difíciles que han logrado salir adelante a punta de sacrificio, disciplina, ahorro y mucha virtud. La mujer chilena se posterga, al punto que muchas, y las he visto, se han sacado el pan de la boca para pagar una cuenta o una cuota de la universidad de su hijo. Las he visto orgullosas con su hijo profesional, el primero de la familia.
Conocí a una madre que después de las largas jornadas de trabajo, manejaba un taxi: “todo por mi hijo”, decía.

En las comunidades eclesiales las mujeres están muy presentes en todas las actividades parroquiales con gran esmero y dedicación, y siempre preocupadas de lo que pasa a su alrededor. Tanto la catequesis, así como muchas obras sociales, están sostenidas con el temple y el empeño de mujeres. Cuando se trata de dar una alegría a su familia, nunca faltan los ahorros –“la platita guardada”– para celebrar algún acontecimiento. Siempre alegre suele estar la mujer chilena, aun en las condiciones más difíciles. Siempre dispuesta a perdonar y a ponerle el hombro.

No pretendo idealizar a la mujer chilena, pero es lo que he visto y me ha emocionado y conmovido su esfuerzo constante a favor de grandes ideales. La teleserie Mujeres de lujo es una muy mala representación de la mujer chilena. Porque las verdaderas mujeres de lujo son las millones de ellas que anónimamente se levantan cada mañana a trabajar, que llegan en la tarde cansadas para dedicar tiempo a sus hijos y a los quehaceres de la casa y que no saben de vanidades ni de actividades que distraigan sus responsabilidades.

La mujer chilena se respeta a sí misma y se hace respetar. Dos mujeres extraordinarias que han llenado las páginas de la prensa representan con creces los valores antes descritos. Andrea Loi, una flamante abogada que optó por el anonimato y por compartir la suerte de los más pobres de la tierra, abogando por sus derechos. Ella no sólo se preocupaba de los pobres, sino que vivía junto a ellos. Su sonrisa cautivante nos deja una gran lección. Para ser feliz no se necesitan grandes cosas materiales, sino que entregar la vida a causas nobles. Y preocuparse de los más pobres, como lo hizo ella en cuerpo y alma es una causa noble que sólo suscita admiración y levanta el nombre de nuestro país. Su sonrisa permanecerá en nuestra retina como un recordatorio de esta profesional generosa que murió junto a miles de haitianos
pudiendo haber tenido una vida cómoda. Es un ejemplo para todos los chilenos y un testimonio a imitar.

La otra mujer chilena que optó por seguir a su marido en la misión que éste realizaba en Haití como militar también nos cautiva. Para ella la promesa de estar junto a su esposo en las buenas y en las malas, en la bonanza y en la pobreza, en la seguridad o en el riesgo, era algo muy serio. Y cumpliendo con su misión, con su vocación de cónyuge y entregada a la misma causa de su marido, el general Toro, María Teresa Dowling, falleció. Habla muy bien de ella y del Ejército de Chile. Su marido compartió con tesón, esfuerzo y disciplina militar sus obligaciones de esposo y de general de la República. El sacrificio de estar en Haití lo llevó al extremo de perder a su mujer. No cabe otra cosa que sentirse orgulloso de los militares chilenos y cuestionar, de pasada, la parodia que se hace de un pelotón con ropaje militar donde lo menos que hay es virtud y amor a los valores que encarna el Ejercito de Chile, como la disciplina, el valor de la palabra empeñada y la lealtad.

Los ejemplos de vida de Andrea Loi y María Teresa Dowling debiesen cuestionarnos profundamente acerca de qué estamos haciendo con nuestras propias vidas, con nuestros talentos, con todos los bienes materiales y espirituales que poseemos. Y preguntarnos si la falta de sonrisa que nos suele caracterizar y la violencia en la que estamos inmersos no serán fruto del tedio, del vacío espiritual que produce el estar demasiado centrados en nosotros mismos y no en los demás, como estas dos verdaderas y auténticas mujeres de lujo de nuestro querido país.