• 16 septiembre, 2008

 

Es por medio de la fe que nos acercamos en algo a esta realidad inaccesible a la razón, como lo es la muerte.

 

Tanto a creyentes como a no creyentes, ignorantes y doctos, nos resulta difícil comprender la muerte del inocente. Para quienes predicamos la existencia de Dios Creador omnipotente e infi nitamente bueno, no nos resulta fácil hacernos cargo de las preguntas que de ella surgen como, por ejemplo: si Dios es omnipotente, ¿por qué no evitó el accidente que costó la vida a 9 jóvenes llenas de vida y bondad? ¿Acaso no es tan omnipotente como dicen que es? Si Dios es amor, ¿cómo permite tal accidente y el sufrimiento indecible de sus familias? ¿Acaso no es tan misericordioso y bueno, como dicen que es, al punto de que, como nos revela la Escritura, hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos (Mt. 5,45)?

No es fácil responder a estas preguntas porque, estoy cierto, hubiésemos preferido que ellas no sufriesen el accidente y que estuviesen en medio de nosotros y que algún día a ellas les correspondiera sepultar a sus padres, y no al revés. Mucho más difícil de responder es la pregunta que surge espontánea: ¿por qué a mí? A muchos de quienes han vivido la experiencia de perder a un ser querido, especialmente si se trata de un hijo, les acompañan el llanto y la pena hasta el fi n de sus días. No es fácil llevar este dolor que se hace presente día a día en la silla vacía y en el gesto ausente que llenaba la existencia. Muchas personas no creen en Dios, justamente, a raíz de estas situaciones que resultan incomprensibles para el ser humano y contradictorias con lo propio del hombre, que es querer conservar su vida, y con la realidad de Dios que da vida. Les resultan incomprensibles la injusticia en el mundo y su existencia; más aún, cuando de inocentes se trata.

Desde siempre, y hoy nada de ello ha cambiado, la muerte sigue siendo el gran enigma de la condición humana. Para la razón sigue siendo una pregunta abierta frente a la cual calla: no ha sido capaz de dar una respuesta que tranquilice la razón, calme el espíritu y dé paz.

Los griegos planteaban que la filosofía era una reflexión en torno a la muerte. Occidente, con la pretensión de construir un mundo al margen de Dios o como si no existiera, ha caído en el más burdo de los infantilismos al pretender eliminar la muerte del horizonte cultural. Así, los cementerios quieren parecen parques; las clínicas quieren parecer hoteles; a los difuntos en Europa los maquillan para que “se vean bien”; y un alcalde de un pueblo en Italia prohíbe que las carrozas fúnebres atraviesen la ciudad para no provocar “traumas en los niños”. La muerte y todo lo que ello conlleva ha querido ser erradicada de la vida del hombre embriagado por sus avances científicos y tecnológicos y sin darse el tiempo para detenerse frente a esta única y cierta realidad: la muerte allí está.

Y en condiciones tan dramáticas como las recientemente vividas esto nos interpela, nos produce llanto, dolor, rabia, desconsuelo e impotencia. Es un drama mayor que genera gran sensación de soledad y abandono. Resuenan con fuerza en el cuerpo de Cristo, la Iglesia, las mismas palabras que pronunció en la cruz: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”. A la luz de la incapacidad de la razón humana de dar una respuesta que sofoque nuestra sed de saber y de comprender, qué duda cabe de que el cristianismo hace un aporte fundamental al abrirnos a otro ámbito de comprensión de la realidad mediante la Revelación que Dios hace de sí mismo por medio de Jesucristo, y al que accedemos mediante la fe. Pero no una fe entendida como mecanismo de defensa u opio del pueblo, sino que aquella que surge del desgarro, en medio de la oscuridad y del dolor, como el que experimentó María acompañando a su Hijo crucificado. Nos dice nada menos que la muerte no es la última palabra; no es la realidad última frente a la que tenemos que resignarnos. Es la fe que nos muestra cómo Dios mismo asume todo el sufrimiento humano porque asume la condición humana en todo menos en el pecado; lo hace suyo en su Hijo Jesucristo que, con su pasión y su cruz, ha vencido a la muerte y la ha transformado en fuente de vida, de vida eterna donde no hay llanto ni luto y donde toda lágrima es enjugada; donde lo viejo ha pasado para abrir camino a una realidad nueva, absolutamente novedosa que ni ojo vio ni oído oyó. Es la fe que nos dice que vayamos hacia El los que estamos cansados y agobiados, porque El nos va a aliviar. Esta nueva perspectiva nos lleva a comprender la vida de un modo completamente nuevo. No es la pura razón la que pretende responder a estas inquietantes preguntas, sino que Dios mismo, mediante su Palabra que acogemos como hijos.

En efecto, es por medio de la fe que nos acercamos en algo a esta realidad inaccesible a la razón como lo es la muerte. Así, se nos propone a nuestra inteligencia, libertad y voluntad una nueva manera de mirar, que no anula la razón sino que la enriquece con este modo de conocer.

Ese ha sido el testimonio de tantos cristianos que nos han precedido en la fe. San Pablo, por ejemplo, plantea que para él la vida es Cristo y que la muerte constituye una ganancia. San Francisco hablaba de la hermana muerte y la mística de Avila, Santa Teresa, decía que moría porque no moría. Desde la cruz de Cristo, desde sus padecimientos por cada uno de nosotros, y sólo desde El podremos, en algún grado, comprender el misterio de la muerte del inocente y encontrar sosiego. Solamente dejándonos abrazar por la cruz de Cristo, que se entregó por nosotros para que la muerte no tenga más poder, podemos abrirnos a la esperanza de que nuestros seres queridos están junto a Dios y que sus breves pasos por la tierra fueron plenamente vividos y tuvieron pleno sentido.

Esta experiencia de abrirnos a Dios y a su palabra nos hace comprender con mayor densidad y profundidad nuestras propias fragilidad y finitud. Esta experiencia nos lleva a reconocer en cada ser humano un ser cuya vida terrena adquiere peso específicamente humano a la luz de su dimensión trascendente en virtud de su vocación divina. Esta mirada creyente tiene una dimensión ética en cuanto nos abre a un modo nuevo de tratarnos y de comprender la realidad.

En efecto, hechos como los recientemente vividos nos hacen más humanos, más hermanos, más dóciles a los acontecimientos y más abiertos a hacer la voluntad del Padre que está en los cielos, y no la nuestra. Cuando estos acontecimientos irrumpen en la vida, nuestros pensamientos se llenan de ideas e intenciones como querer ser mejores personas, querer decirnos que nos queremos, abrazarnos los unos a los otros y querer emprender una vida más centrada en el amor que en otro tipo de intereses. Estos hechos son los que en definitiva nos llevan a comprender el don de la vida en su grandeza y su indigencia, y la necesidad que tenemos de los otros y, sobre todo, de Dios para comprenderla y vivirla en toda su riqueza. Eso aconteció en estos días. El drama de esas adolescentes llenas de vida, el drama de sus padres y amigos se vio colmado sobrenaturalmente por una avalancha de amor y de solidaridad tan luminosa que conmovía.

El drama de la pérdida de estas jóvenes, de la ausencia que duele en cada instante que pasa, se trans formó en oración, en perdón, en paz. Todo Chile, sin distingos de ningún tipo, se conmovió y se arrodilló y se produjo el silencio que cala la conciencia y que nos une por sobre cualquier otro lazo. Estos días me han hecho comprender con mucha mayor profundidad lo que significa ser creyente, lo que significa ser cristiano y católico. Se me han hecho más nítidas las palabras de Jesús: “quien cree en mí, aunque muera, vivirá”. Se me ha hecho más patente que nunca que el gran tesoro, la gran riqueza, de nuestro querido país es la gente traspasada por los 500 años de evangelización que han calado con profundidad; especialmente, a la hora de dar respuesta a los acontecimientos frente a los cuales la inteligencia humana calla y todas nuestras ocupaciones y preocupaciones parecen carentes de sentido. Estos acontecimientos nos abren el corazón y nos capacitan de mejor forma para dar cabida con más nitidez y profundidad a Aquel que nos recuerda que es el Camino, la Verdad y la Vida, la Luz que ilumina la oscuridad y la roca y el fundamento desde donde estamos llamados a construir nuestras vidas yla civilización. Estos hechos nos interpelan en lo más profundo de nuestro ser y nos impulsan a distinguir con mayor sinceridad lo importante de lo urgente, lo que realmente importa de lo que es pura banalidad.

A la luz de todo cuanto he dicho, afirmo que Dios es amor, omnipotente y rico en misericordia, aunque nosotros no siempre lo comprendamos con la claridad que quisiéramos.

Por último, no puedo dejar de referirme a la pregunta que mucha gente suele hacerme: ¿qué pasa con una persona que ha fallecido? La respuesta autorizada del catecismo de la Iglesia Católica es la siguiente: “Los que mueren en la gracia de Dios y la amistad de Dios y están perfectamente purifi cados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven ‘tal cual es’, cara a cara”. Esta realidad que se llama “el cielo” es el fi n último del hombre y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha. Es esta la realidad de estas jóvenes, y no otra. Y ello –sin duda– que es consuelo, paz y fuente de esperanza y de agradecimiento por el don de la fe recibido