Solo y casi ciego, con la mente ausente luego de un accidente cerebral y en silla de ruedas, descompensado por insuficiencias cardiovasculares y un cuadro de avanzada diabetes, Osvaldo Romo Mena cerró con su muerte a comienzos de este mes un feroz historial asociado a los peores momentos de la historia de Chile. Todavía no […]

  • 13 julio, 2007

Solo y casi ciego, con la mente ausente luego de un accidente cerebral y en silla de ruedas, descompensado por insuficiencias cardiovasculares y un cuadro de avanzada diabetes, Osvaldo Romo Mena cerró con su muerte a comienzos de este mes un feroz historial asociado a los peores momentos de la historia de Chile. Todavía no había cumplido los 70 años.

Aunque su figura, como la de todos los inculpados de crímenes atroces, interrogará durante mucho tiempo acerca de los límites de la humanidad, siempre quedará la duda si un personaje como él habría tenido otro destino de no haber vivido una época tan demencial como la que le tocó y de no haberse situado él mismo en los bordes más disociados de esos años sombríos. Aunque fue un invento macabro de la DINA, que lo reclutó en las filas de la brigada Halcón convirtiéndolo en delator, interrogador, torturador y verdugo, difícilmente Romo habría llegado ahí de no haber sido antes un dirigente poblacional de extrema izquierda involucrado en varias tomas de terreno en los años de la Unidad Popular. Es posible que al comienzo su colaboracionismo haya sido una manera de salvar el pellejo. Algunas versiones, sin embargo, lo sindican como agente encubierto de los militares desde mucho antes del golpe.

Romo no solo participó en operativos oscuros y en apremios atroces. Tan impresionante como eso fue que perdiera todo vestigio de conciencia moral en su actuación y, como lo dijo en una entrevista, que haya reivindicado sus actos como necesarios, que no se le haya ocurrido arrepentirse de sus crímenes, que haya sostenido que la represión debió ir más lejos y que haya declarado que, colocado de nuevo en las mismas circunstancias, habría vuelto a comportarse como lo hizo. Un monstruo, se dirá. Pero un monstruo que como otros de prontuario incluso peor –verdugos nazis que no fueron juzgados en Nuremberg o genocidas serbios que han comparecido en La Haya– logró en otro momento reinventarse instalándose en una vida más normal. Con la protección de las redes de la DINA, el Guatón Romo lo consiguió por espacio de varios años en Brasil, donde emigró con chapa falsa a fines del 75, convirtiéndose en un tipo hogareño y en el empleado de una empresa de seguridad que oficiaba de entrenador amateur de un equipo de fútbol local.

¿Qué conexión existía entre ese sujeto aparentemente apacible y el agente inmisericorde que había sido en Chile en los años duros? ¿Puede el solo contexto convertir a un sujeto en una bestia? ¿Cuánto de debilidad, cuánto de psicopatía o cuánto de depravación ética se necesita de antes? ¿Cuánto de mera banalidad en el mal, como se preguntó Hannah Arendt a propósito de Eichmann?