El mandatario necesita dar con una fórmula que parece casi imposible: que técnicamente respondan a los cánones de un Gobierno de centro derecha, pero que al mismo tiempo conecten con las actuales demandas ciudadanas.

  • 28 octubre, 2019

Hasta la encuesta Cadem de ayer, la principal crisis política y social que ha enfrentado Chile desde 1990 tenía al Gobierno entre las cuerdas por la forma de afrontar la emergencia: la demora en tomarle la temperatura a las evasiones en el metro, el episodio de la pizza del presidente la noche del viernes 18, la decisión –discutida todavía– de decretar estado de emergencia, las declaraciones del propio Piñera que impactaron al mundo con lo de que Chile está en guerra, etcétera, etcétera.

Pero el estallido no se cristalizaba en un descontento focalizado contra el Gobierno. Se decía que el malestar podía haber explotado en otra Administración y como indicó el propio mandatario cuando pidió perdón, que «los problemas se acumulaban desde hace muchas décadas» y «los distintos Gobiernos no fueron ni fuimos capaces de reconocer esta situación en toda su magnitud». Al conversar con la gente en la multitudinaria marcha del viernes, por ejemplo, había un reclamo contra Piñera, evidentemente. Pero no todo el mundo parecía estar en Plaza Italia en un grito de un reclamo contra el actual Gobierno, sino por un sentimiento de frustración generado por sentirse al margen de la senda de desarrollo del país de los últimos 30 años. En otras palabras: el millón de personas no salió a marchar –o no solo por lo menos– en contra de esta Administración.

Pues bien: con el 14% de aprobación en la Cadem dado a conocer ayer –un mínimo histórico que supera incluso al 18% de Michelle Bachelet de marzo de 2016, luego del agotador año de la explosión del caso Caval- Piñera parece quedar en el centro mismo del enojo ciudadano y con un estrecho espacio para liderar el proceso que viene por delante. Es el cuadro en que realiza su cambio de gabinete, que tendrá la difícil misión de estar a la altura de la crisis y de poder ayudar al presidente a conducir los dos años y cinco meses que le quedan por delante en su segunda Administración.

Es evidente que el presidente Piñera –con el pesar de las circunstancias– decidiría ponerle fin a la fórmula Apoquindo 3000: el triunvirato Chadwick-Pérez-Blumel que lo acompañó entre 2014 y 2018 desde Apoquindo 3000 a preparar su retorno a La Moneda y en sus primeros 15 meses del actual mandato. Se había resistido a hacerlo en junio pasado, cuando la mayor sorpresa de ese cambio de gabinete fue que no tocara a su comité político. El presidente insistió –obcecadamente quizás– en mantener a su equipo de mayor confianza política y personal. Pero en esta ocasión, no existe espacio para no remover a su ministro del Interior, Andrés Chadwick, –su hombre de mayor confianza– y con probabilidad a la vocera. Desde el estallido de esta crisis hace 10 días, coincidentemente, ambos habrían defendido posiciones de mayor dureza que otros del círculo estrecho de Piñera.

Si se salva alguno, sería el actual titular de la Segpres, Gonzalo Blumel.

La que no se salvaría completamente sería la actual dupla Larraín-Fontaine, al menos como dupla. Si se trata de un tema de empatía que tanto le hace falta a La Moneda, el mandatario se decantaría por cambiar a al menos a uno de sus ministros del área económica –Felipe Larraín o Juan Andrés Fontaine– que encendieron la mecha final con sus declaraciones de las flores y el llamado a levantarse temprano, respectivamente.

En junio, Piñera tenía en torno a un 30% de apoyo, que en apenas cuatro meses ha caído a la mitad. Desde la noche del martes, cuando en su discurso desde La Moneda anunció el paquete de medidas sociales, el presidente se esmera en ayudar a descomprimir el conflicto (no a solucionar, evidentemente, porque esa misión sería de largo aliento). Es el puzzle que tanto le ha costado terminar de cerrar en las últimas horas: necesita un gabinete que le dé nuevas esperanzas y aires –como explicaba el expresidente Ricardo Lagos–, que no esté excesivamente marcado en la génesis y desarrollo de esta crisis y que tenga una mínima legitimidad ante la ciudadanía que clama porque el mundo político ponga los bienes públicos al alcance de todos.

Piñera necesita dar con una fórmula que parece casi imposible: que técnicamente respondan a los cánones de un Gobierno de centro derecha, pero que al mismo tiempo conecten con las actuales demandas ciudadanas.

A estas alturas, el fenómeno no se ha estudiado suficientemente, pero la protesta no se habría originado porque la gente pida un cambio de modelo, como tampoco se trataría de un asunto de izquierda y derecha. Se desconfía del conjunto de la clase política y de las instituciones que nos rigen en un sistema democrático, como los partidos, el Congreso y el propio Ejecutivo. En este cuadro, el desafío de este cambio de gabinete es máximo. Tiene que ver, nada más y nada menos, con la viabilidad de este Gobierno.