El autor de esta columna es argentino, pero estudió en Gran Bretaña y ha escrito en los más importantes medios ingleses. Aquí entrega una mirada personal al conflicto por Las Malvinas y a las heridas que aún no cierran, junto a un reportaje fotográfico realizado en una reciente visita a Puerto Stanley.

  • 29 febrero, 2012

El autor de esta columna es argentino, pero estudió en Gran Bretaña y ha escrito en los más importantes medios ingleses. Aquí entrega una mirada personal al conflicto por Las Malvinas y a las heridas que aún no cierran, junto a un reportaje fotográfico realizado en una reciente visita a Puerto Stanley. Por Andrés Schipani; fotos, Gabriel Pérez.

Hoy me acordé de Malvinas. Y me acordé de Los pichiciegos del gran Rodolfo Fogwill, esa historia de un grupo de soldados argentinos que desertan durante la guerra en los 80 y viven en un refugio subterráneo donde sus preocupaciones son las básicas (no ser descubiertos, tener algo para comer, no morirse de frío) y para ello negocian tanto con su bando como con el de los ingleses. Fogwill parece negar la noción misma de estar de un lado o del otro de la trinchera.

Como a muchos, hay cosas que a mí no se me borran de la cabeza de aquellos setenta y cuatro días de conflicto durante el helado otoño del Atlántico sur, hace ya casi treinta años. Yo me acuerdo de Malvinas. Tenía cinco años, pero me acuerdo. Me acuerdo de levantarme la mañana del viernes 2 abril de 1982 y encontrar a mi familia pegada al televisor. Me acuerdo de la imagen borrosa de tres marines ingleses, con las manos y los rifles en alto, las boinas verdes inclinadas hacia el bajo de las frentes de sus caras pintadas de negro betún, rindiéndose ante un buzo táctico argentino, de menor estatura que ellos, vestido de negro, con gorro de lana y apuntándoles el camino con el índice izquierdo y con el rifle en su mano derecha, con una seriedad estoica y victoriosa. Me acuerdo de la foto de un flaco soldado argentino en la capital de la islas, Puerto Stanley –que por dos meses se llamó Puerto Argentino– cargando la Union flag británica bajo su brazo derecho, fusil FAL en mano, mientras un compañero suyo izaba la bandera celeste y blanca en el mástil de la casa del gobernador. Me acuerdo del único muerto argentino tras el desembarco sorpresa, el capitán de fragata Pedro Giachino, y de la idea de reemplazar con su rostro los sellos postales británicos que circulaban en el archipiélago con la cara de lady Diana. Y, desde entonces, todos esos recuerdos, todos los temas que conciernen a Malvinas, son omnipresentes en Argentina. Hay veces, eso sí, que resuenan con mayor fuerza, como ahora.

Una reciente decisión del bloque Mercosur de cerrar sus puertos a embarcaciones que ondean la bandera de las islas hizo que el primer ministro británico, David Cameron, acusara –algunos asumen que irónicamente– a la Argentina de “colonialismo”. Desde entonces, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha apuntado a Londres por “militarizar” las islas. Durante las recientes manifestaciones frente a la embajada británica en Buenos Aires, la Armada Real anunció el envío del destructor HMS Dauntless para una acción rutinaria, algo que no ayudó a aliviar las tensiones. La llegada hace poco días del príncipe Guillermo como parte de una misión de búsqueda y rescate de la Fuerza Aérea Real rebasó el vaso –incluso para algunos británicos que, consideran, deberían ser consultados sobre si quieren seguir pagando para mantener las islas bajo su control. Ahora el gobierno argentino convoca otra vez a la unidad nacional por las Malvinas –cabe aclarar que, esta vez, en son de paz–, al tiempo que acepta la mediación de la Asamblea General de Naciones Unidas en su reclamo de que el Reino Unido acepte abrirse a negociaciones.

Argentina ha estado exigiendo, sin éxito, la devolución del archipiélago desde 1833, año en que los británicos las ocuparon expulsando al gobernador, el mercader europeo Luis Vernet. Desde aquel tiempo, en la Argentina ha existido un consenso nacional sobre el principio de la soberanía sobre las islas, aunque nunca tuvo los medios para lograrla. Uno de mis maestros, el periodista e historiador británico Richard Gott, dice estar “entusiasmado con la idea de Fernández de negociar; eso es lo mejor para resolver el tema… los argentinos tienen excelentes argumentos y los ingleses tienen su punto de vista”. Algunos, como Gott, defienden la idea del lease-back (es decir, darle la soberanía a Buenos Aires, pero dejarle la isla a los ingleses “en arriendo”, algo parecido a lo que se hizo con Hong Kong); idea archivada desde 1940 y que podría ser desempolvada en 2015. Me acuerdo de una charla hace unos años en el estudio de su casa de Notting Hill, donde me contaba que “debido a que el reclamo de soberanía de Argentina es perfectamente válido, la disputa nunca va a desaparecer.” La Argentina tiene sobre Malvinas algunos derechos legítimos para intentar negociar con Gran Bretaña. Pero éstos no parecen ser del todo incuestionables. La carta de negociación de Buenos Aires es el argumento territorial que se basa en razones geográficas e históricas. Pero en las islas nunca hubo una población puramente argentina, vencida y después sometida. Y si bien Gott asegura que “a futuro los argentinos pueden garantizar la manera de vivir de los isleños, y así puede haber arreglos para asegurar la supervivencia de su identidad”, los kelpers, que han vivido allí desde hace casi dos siglos, parecen no tener intención de ser argentinos.

Días de guerra
En aquel frío otoño de hace treinta años, sin embargo, parecía que ya no había vuelta atrás. Me acuerdo, horas más tarde del anuncio de la invasión, de los miles y miles de personas en la Plaza de Mayo alzando pancartas que leían “¡Malvinas, por fin recuperadas!” y “¡Malvinas argentinas, carajo!” Me acuerdo del general Leopoldo Fortunato Galtieri, alzando las manos con su pelo blanco –y probablemente su aliento a scotch– y sus aires mussolinianos en el balcón de la Casa Rosada, advirtiendo a los potenciales invasores: “si quieren venir, que vengan; ¡les presentaremos batalla!” Me acuerdo de la euforia por una victoria que la mayoría creía indudable. Me acuerdo del espíritu patriótico que se vivía en la calle, en las revistas con anuncios que decían “¡Argentinos a Vencer!” Me acuerdo de un artículo de aquella época que señalaba: “es cierto, la guerra del Atlántico empezó, para una gran mayoría de argentinos, como un mundial del fútbol. A puro grito, a puro eslogan, a puro bocinazo. La adolescencia empezó el 2 de abril. La responsabilidad, el 1 de mayo a las 4:40, cuando la primera bala de una avión enemigo se clavó en la pista de Malvinas.”

Ahí es cuando también me acuerdo de la BBC transmitiendo la voz agria de la primera ministra, Margaret Thatcher, hablando delante del Parlamento, en Westminster, “condenando totalmente esta agresión no provocada.” Me acuerdo de la prohibición en las cadenas de radio de hacer sonar a los Beatles y a los Rolling Stones. Me acuerdo del hundimiento, deliberado y sin sentido, del crucero General Belgrano por un submarino británico y perdieron la vida más de trescientos argentinos. Me acuerdo del burdo titular del tabloide The Sun: “Gotcha!” (Me acuerdo también, años después, de la misma Thatcher justificando el torpedeo en una entrevista: “estaba protegiendo a nuestros chicos”). Y me acuerdo de la calculada represalia con el golpe del misil exocet al HMS Sheffield. Me acuerdo de los titulares chauvinistas de Gente, ahora una revista de farándula: “Vimos rendirse a los ingleses”; “Estamos ganando”. Y me acuerdo también de mi padre volviendo de un viaje de negocios en Estados Unidos con una copia del New York Times que decía lo contrario. Me acuerdo de un programa de la entonces televisión estatal, ATC, llamado 24 Horas por Malvinas, en el que ricos y famosos, como Susana Giménez y Ricardo Darín, donaban desde sus joyas hasta Mercedes Benz. Y me acuerdo de, pasado el tiempo, descubrir el fiasco porque los fondos recaudados nunca llegaron a los destinatarios: a los conscriptos que sin preparación militar fueron dejados a la deriva, sin otra estrategia más que resistir al frente de un conflicto por una tierra helada y de alguna manera distante que ellos sentían suya, frente a uno de los ejércitos mejor preparados del mundo. “Estoy orgulloso señor, quería venir”, le decía a un periodista un humilde conscripto de la provincia de Córdoba, un tal Norberto, de entonces dieciocho años, horas después del desembarco. “De acá solo nos sacan en cajones.”

Así pasó con setecientos como él que, me acuerdo, carecían de armas suficientes, municiones, alimentos, prendas de vestir y servicios básicos –como botas adecuadas para el clima gélido de Malvinas. Me acuerdo de que, con los británicos desembarcando, a fines de mayo la derrota fue rápida; la entrega, casi incondicional. Me acuerdo que para Argentina la guerra dejó más de 700 muertos o “desaparecidos en combate” y a unos 1.300 heridos (los ingleses, según cifras oficiales, sumaron alrededor de 250 muertos). Me acuerdo de cosas que entendí más tarde: que el amplio apoyo popular y la mentalidad mesiánica militar argentina se mezclaron con la ingenuidad de su estrategia y que esto se debió a que la posibilidad de una guerra nunca entró en sus cálculos (cabe aclarar que para algunos británicos tampoco), al tiempo que la Casa Rosada se convirtió en prisionera de la movilización patriótica que había provocado. Y así, al perseguir un objetivo, los argentinos se convirtieron en víctimas de sí mismos; incluso los prudentes se vieron obligados a ceder a las voces extremas. Y me acuerdo, por último, de la rendición, aquel gris 14 de junio, cuando, al día siguiente, el gobierno militar convocó a la población en la Plaza de Mayo sólo para reprimirla violentamente –reprimir a un pueblo que no podía entender ni aceptar la rendición, porque los medios de comunicación controlados por los mismos militares lo habían convencido de que la victoria estaba cerca.

Con los años, comprendí que el plan de Galtieri para ocupar las islas fue concebido como una solución a muchos de los problemas de su gobierno: una acción militar para recuperar el archipiélago también permitiría la unificación de las fuerzas armadas detrás de un objetivo y lograr la legitimidad de que en ese momento carecía –abusos de derechos humanos sumados a una crisis económica–, para de ese modo obtener una victoria completa dentro de una cultura nacionalista y anti-imperialista, que había desatado un chauvinismo crudo de la mano de un triunfalismo fácil.

Probablemente, esa mayoría gritando “¡Malvinas argentinas!” hubiese quedado satisfecha con un triunfo, pero no sé si con sus consecuencias. Para el historiador argentino Luis Alberto Romero, hoy día “el ánimo mayoritario no ha cambiado. La convicción de que la Argentina tiene derechos incuestionables sobre esa tierra irredenta está sólidamente arraigada en el sentido común y en los sentimientos. No es fácil animarse a cuestionarlos públicamente. Malvinas es una de las claves del nacionalismo, una tradición política y cultural.” Para Romero, la pregunta sigue siendo si las Malvinas son realmente argentinas, y anota que en el actual revival hay algo preocupante. “En 1982 hubo quienes reprocharon a los militares el haber ido a la guerra. Pero la mayoría solo les reprochó el haberla perdido”.

Muchos años después, cuando escribía para el periódico británico The Guardian, hice un reportaje desde Buenos Aires sobre cómo Argentina se había olvidado de los que volvieron, de los chicos de la guerra, como los llamó el periodista argentino Daniel Kon. Me acuerdo de seguirlos por los trenes, los metros y los autobuses y ellos vendían patriotismo (almanaques o figuritas que decían “Las Malvinas fueron, son y serán argentinas”) por unos pocos centavos para mejorar sus míseras pensiones. Me acuerdo de sus uniformes ya rasgados y desgastados, a veces con una manga doblada en dos y sostenida por un alfiler de gancho por la falta de un brazo, sus historias de estrés postraumático, de castración por congelamiento luego de estar sentados durante días en una helada trinchera, abandonados por sus superiores. Recuerdo que uno me contó: “muchos de nosotros morimos en la guerra, y no siempre a causa de balas inglesas.” Me acuerdo de los más de 450 suicidios entre esos veteranos. Sí, yo me acuerdo de Malvinas. Y tanto los kelpers que se sintieron invadidos como aquellos pichiciegos que fueron, lucharon, se rindieron y volvieron, se acuerdan, obviamente, más que yo. Quizás hoy habría que pensar en ellos antes de cantar eslogans.

 

El autor ha trabajado como corresponsal para BBC News, The Guardian y Financial Times. Su trabajo también ha sido publicado en The Independent, The New York Times y The Economist.