Si viene a las clases de cocina, tiene que estacionar afuera porque los de visitas están llenos”, dice el guardia del edificio. Son las 10 de la mañana de un martes y como todas las semanas a la misma hora, el living del departamento de Macarena Urruticoechea hierve. Con iPad en mano, 13 mujeres toman […]

  • 21 marzo, 2013
Thermomix

Thermomix

Si viene a las clases de cocina, tiene que estacionar afuera porque los de visitas están llenos”, dice el guardia del edificio. Son las 10 de la mañana de un martes y como todas las semanas a la misma hora, el living del departamento de Macarena Urruticoechea hierve. Con iPad en mano, 13 mujeres toman apuntes mientras miran cómo ella mete a una máquina un plátano, dos naranjas, un limón y 800 gramos de hielo. Acto seguido, aprieta varios botones mientras explica que lo que está haciendo es regular tiempo, temperatura y velocidad. A los cinco segundos suena un timbre y Macarena saca de su Thermomix un perfecto helado que pone en una copa y decora con ramas de menta. Las mujeres lo prueban y sonríen impactadas. Todas están maravilladas.

No hay nadie que no hable de la Thermomix, un robot de cocina que troza, pulveriza, bate, amasa, calienta, pesa, mezcla, hace jugos y, más encima, se lava sola. Macarena la conoció por casualidad. Al cumplir 40 años, su marido le regaló un viaje a España, donde había vivido. Fue a comer a la casa de una amiga y quedó maravillada con el pan. Ahí se enteró del secreto de su anfitriona, quien además era representante de Thermomix en el País Vasco.

De vuelta en Chile se contactó con el fabricante alemán Vorwerk para traer la representación. Sin haber convencido aún a su marido, volvió a España a una capacitación en la que tuvo que aprender incluso sobre el servicio técnico. Hoy ya cuenta con 30 vendedoras y casi mil máquinas vendidas, sin contar las que vende a través de Falabella. La pequeña maravilla cuesta 890 mil pesos.

“Somos de otra generación, nos da susto ocupar una máquina con tantos botones, sobre todo si es tan cara como ésta. Así que ofrezco un curso gratuito de cuatro clases para que se vayan soltando y después se atrevan a hacer sus propias recetas”, cuenta Macarena.

No tiene publicidad ni menos una tienda establecida, sino que su venta se genera a través del boca a boca. Igual como antiguamente se vendían los Tupperware, los tazones con cierre hermético. Para adquirirla hay que ponerse en contacto con una de las vendedoras, todas amigas o amigas de las amigas de Macarena, las que ganan una comisión por máquina vendida.

El robotito no sólo está en varias casas; casi todas las clínicas de Santiago han comprado una Thermomix para preparar la comida de sus pacientes. También el hotel Ritz y varios de los restaurantes mejor catalogados de la capital como el Tiramisú, Baco y Boragó, han decidido facilitar la actividad en la cocina con esta nueva adquisición.

Un aroma invade el living. Alguien saca de la Thermomix una salsa de tomates naturales deshidratados recién hecha. Entre varias arman una lasaña que luego reparten para que todas las mujeres la prueben. Con esto, la clase se da por terminada, pero antes de que se vayan, Macarena pregunta si alguna está interesada en ser vendedora de Thermomix. De las 13 asistentes, cinco levantan la mano. •••