El fenómeno no es exclusivo de Chile. En varias partes del mundo y por razones distintas, la calle (en realidad personas que han convertido a las calles en su canal de expresión) se ha transformado en protagonista de la agenda política. Países con instituciones democráticas consolidadas, con voto universal, libertad de prensa, están experimentando […]

  • 25 julio, 2013

 

El fenómeno no es exclusivo de Chile. En varias partes del mundo y por razones distintas, la calle (en realidad personas que han convertido a las calles en su canal de expresión) se ha transformado en protagonista de la agenda política. Países con instituciones democráticas consolidadas, con voto universal, libertad de prensa, están experimentando variaciones de un mismo proceso social, el cual tiene a los políticos bastante trastornados.

Sin entrar a analizar si la ocupación de las calles es la forma correcta y socialmente legítima de expresarse en una sociedad democrática (en especial si se usa o no la violencia en dichas ocupaciones), lo cierto es que el fenómeno está y, como reconocen en distintos sectores, el solo hecho de que ocurra ya señala que hay un problema o varios problemas de los cuales debe hacerse cargo el sistema político.

Hace unos días el ex presidente del Banco Central y hoy integrante del comando de Michelle Bachelet, José de Gregorio, al comentar este fenómeno dijo que “cuando la calle habló tembló el país”, pero a renglón seguido apuntó que “la calle nos dice cuáles son los problemas, pero las soluciones las tienen que dar las autoridades”.

En la presente edición de Capital, el ministro de Hacienda, Felipe Larraín, concuerda con esa visión y afirma que si bien la presión de la calle ha hecho más difícil gobernar (en Chile y el mundo), claramente “no corresponde gobernar para la calle”. En el caso del secretario de Estado ello no corresponde porque las sociedades son más amplias que la gente que sale a manifestarse, a lo que habría que añadir que no necesariamente quienes lo hacen tienen en todo lo que plantean toda la razón.

En general, se podría decir que en el abanico de opciones políticas hoy en Chile no está desoír a la calle, ni menos reprimirla, pero, habría que agregar, tampoco debería estar el santificarla. Cuando la ciudadanía tiene canales de expresión en el sistema democrático y, sobre todo, cuando están las urnas para premiar y/o sancionar a los representantes políticos, no parece prudente relacionarse con culpa o miedo con quienes creen que es en la calle donde se juega el destino de una sociedad.

¿Por qué? “Porque no corresponde gobernar para la calle, dice Felipe Larraín. Uno tiene que gobernar para el país, hay que escuchar las demandas de la gente, pero no todos se manifiestan en la calle, los grupos que lo hacen son bastante minoritarios. Por ejemplo, en educación, los que se manifiestan son los secundarios y los de educación superior, y qué pasa con los preescolares, ésos no están en la calle”.

Y claro, tampoco se trata de que si en el proceso de maduración política del país se crearon canales institucionales para encauzar la voluntad e inquietudes de los ciudadanos, que quienes se expresen al margen de esos canales logren mayor resonancia. De lo contrario, el mensaje será que es en la calle y no en las instituciones donde se deben zanjar los temas que preocupan a las personas.•••