Tan bien le fue a Felipe Kast en su postulación senatorial por La Araucanía que le alcanzó para arrastrar a su correligionaria de Evópoli y compañera de subpacto, la entonces desconocida Carmen Gloria Aravena. Mientras Kast fue primera mayoría en la circunscripción con un 18,8% de los votos, Aravena obtuvo apenas un 1,2% de las preferencias, menos que Germán Becker, Rojo Edwards, Gustavo Hasbún, Fuad Chahín, Eduardo Díaz o Aucán Huilcamán, por nombrar algunos que quedaron en carrera. En Evópoli, nadie apostaba por ella. Ni ella misma pensaba ser electa. Por lo mismo, no se chequearon muy celosamente sus posiciones políticas. Hubo cierta sorpresa cuando la flamante senadora confesó discrepar de la línea de su partido en algunas de las llamadas cuestiones “valóricas”. En simple, Aravena resultaba ser más conservadora que liberal. Hace algunas semanas, la senadora renunció a su partido. Se integrará, se ha dicho, al comité de senadores de RN. No sería raro que terminara fichando en esa tienda.

La renuncia de Carmen Gloria Aravena abre dos discusiones. La primera dice relación con el grado de consistencia ideológica interna que deben tener los partidos políticos. Obviamente, a ninguna directiva le gusta la idea de perder parlamentarios. Desde ese punto de vista, la noticia no es buena para Evópoli. Pero hay otra perspectiva: es mejor quedarse con aquellos que comparten el ideario colectivo. En este sentido, la senadora Aravena fue honesta en su proceso de reflexión: prefirió abandonar las filas de Evópoli antes que seguir produciendo ruido interno con cada discrepancia pública. La pregunta que debe contestar Evópoli es si acaso quiere ser un partido que represente ciertas convicciones liberales al interior de una coalición de derecha dominada por el pensamiento conservador, o bien quiere ser un partido donde todos quepan, independiente de sus perfiles doctrinarios. Lo primero le pone límite al crecimiento, pero transmite una identidad más nítida. Lo segundo permite un ensanchamiento, aunque diluye su ADN ideológico. Sea cual sea la decisión estratégica, ambas tienen costos. La tentación es dilatarla para evitar pagar esos costos. Pero es mejor que sea una decisión deliberada y consciente antes que seguir ruborizándose por los exabruptos de militantes tipo Gonzalo de la Carrera, cuyas lealtades políticas están evidentemente con el proyecto de extrema derecha que lidera José Antonio Kast. ¿Puede haber doble militancia entre Acción Republicana y Evópoli? ¿Caben libertarios minarquistas en un partido que dice interesarse por la filosofía política liberal-igualitaria de Amartya Sen y Elizabeth Anderson? ¿Será Evópoli el partido joven que atrapa todo el flujo de las nuevas generaciones, sin importar si son humanistas laicos, católicos ultramontanos o pinochetistas nostálgicos? ¿Sabrá decir que no?

La segunda discusión es de justicia electoral. El problema no es, como algunos han sostenido, que algunos lleguen al Congreso con bajas votaciones. En los sistemas proporcionales, se vota por listas cuyos integrantes representan un cuerpo de ideas políticas y aspiraciones programáticas similares. Es decir, votar por un integrante de una determinada lista es votar por esas ideas y programas. No se vota estrictamente por las personas, como podría eventualmente hacerse en elecciones mayoritarias uninominales como la presidencial o la edilicia. Piense en el caso de Evópoli en La Araucanía. Su subpacto obtuvo 20%. Le corresponden, de acuerdo con la cifra repartidora, dos escaños. Le habrían correspondido los mismos dos escaños si Felipe Kast hubiese obtenido 10% y Carmen Gloria Aravena el 10% restante. Lo importante es cuántos votos obtiene la lista. Quienes alegan contra la elección de congresistas que alcanzan por sí mismos una baja votación, no entienden la lógica del sistema o sencillamente se hacen. Si bastaba con un 10% de los votos para lograr un escaño, habría sido injusto, por así decirlo, que Evópoli perdiera el 10% remanente que obtuvo en La Araucanía. Piénselo así: Aravena no salió electa por su 1,2%, más bien, Evópoli se ganó dos escaños por el caudal de votación de su lista.

Precisamente por lo anterior, es injusto que Aravena se lleve la senaduría para la casa como si fuera nominal e intransferible. No es primera vez que un congresista renuncia al partido gracias al cual fue electo. El caso más bullado afectó justamente a RN, cuando una senadora y tres diputados abandonaron el barco para fundar una barcaza propia, Amplitud. A cualquiera le puede pasar. Por esto se hace imperativo legislar. Fórmulas hay varias. Una posibilidad es desincentivar la renuncia, al menos dentro de los primeros dos años desde la elección, creando una causal constitucional de cesación del cargo. En caso de verificarse la causal, a los partidos les gustaría poner en su reemplazo a una persona designada a dedo, tal como lo hizo RN y la UDI cada vez que Sebastián Piñera llamó a uno de sus senadores al gabinete en su primer gobierno. Pero hay formas más democráticas, como llenar la vacante con el candidato o candidata más votada del partido que no haya alcanzado a ser electa, por ejemplo.

Como fuere, lo que una “ley Aravena” tiene que evitar es que algunas personas usen a los partidos y sus listas como trampolín para después abandonarlos apenas iniciados sus períodos legislativos. Suena más grave cuando se trata de candidatos y candidatas que fueron arrastrados, pero, en principio, no cambia si renuncia un senador o diputado que lideró la votación de su lista. Si queremos fortalecer el sistema de partidos –vital para la salud de una democracia liberal–, entonces tenemos que insistir en la importancia de la política como un proyecto colectivo que se organiza en torno a ideas y no a personas individualmente consideradas.