El viejo sector de La Chimba, en la ribera norte del Mapocho junto a la Vega, lucha por sacarse de encima el estigma de barrio bravo y en esa batalla los floristas de San Francisco –con una tradición de 123 años- están jugando un papel clave. Un proyecto rescata el valor urbano y cultural de este histórico enclave capitalino. Por Jessica Atal

  • 2 diciembre, 2011

El viejo sector de La Chimba, en la ribera norte del Mapocho junto a la Vega, lucha por sacarse de encima el estigma de barrio bravo y en esa batalla los floristas de San Francisco –con una tradición de 123 años- están jugando un papel clave. Un proyecto rescata el valor urbano y cultural de este histórico enclave capitalino. Por Jessica Atal

Hay quienes cuentan que allí se trafica droga. Dicen que unos trabajan de día y otros de noche. Hay historias oscuras sobre una enemistad profunda entre los pergoleros de San Francisco y los pergoleros de Santa María. Los primeros pertenecen a la comuna de Independencia y los segundos a Recoleta, y sólo están separados por la calle La Paz, que divide las dos comunas.

Dicen que los de Santa María no tienen tradición porque los juntaron de la noche a la mañana para que ocuparan el espacio que los de San Francisco no querían; porque estos últimos, a su vez, se negaban a abandonar la pérgola original que estaba en la Alameda. Dicen que a los nuevos recintos, inaugurados hace menos de un mes, los bautizaron como Colina 1 y Colina 2. También, que los llaman las nuevas casas Copeva, porque los locatarios están metidos en unos sucuchos estrechísimos. Que en invierno se llueven. Y que no entienden por qué no se les construyó un mejor techo. Los que hablan así no quieren dar nombres.

Pero los que hablan con nombre y apellido cuentan una historia diferente. Dicen estar agradecidos con lo que tienen, con lo que les han dado –“aunque nada es perfecto”–, y niegan esa enemistad con sus colegas de enfrente: “yo trabajo aquí hace treinta años. Antes, cuando los de Santa María no tenían baño, venían aquí a usar lo nuestro. Uno los saluda, ubica los nombres”, dice Verónica Salas, que ocupa el local 43 de la pérgola de San Francisco.

Los que hablan tienen ganas de seguir avanzando para hacer de su espacio laboral y de su barrio un lugar atractivo, tanto social como culturalmente. Saben que toda iniciativa urbana en la comuna puede incidir directamente en los índices de violencia y pobreza que afectan a sus calles y que, por lo demás, están a la vista.

Una de las primeras cosas que me preguntan en mi primera visita a la Pérgola de San Francisco es dónde estacioné el auto. “En el primer lugar que encontré”, es mi respuesta. Ahora me doy cuenta de que tuve una extraña sensación y no me pareció un lugar seguro. Pero ya he caminado varias cuadras por Bellavista hacia abajo, y no voy a retroceder.

Es mucha la gente en la calle, y son demasiados los puestos que ofrecen infinidad de cosas: unas frutillas enormes y preciosas contrastan con la mala calidad de otros artículos a la venta, como ropa y confites. No me detengo a comprar nada. Sigo caminando en dirección al poniente hasta que diviso unas enormes fachadas de ladrillo. No se ven atractivas. Parecen estructuras implantadas a la fuerza. Sin identidad ni personalidad. Ahí están, en la vereda sur, la Pérgola de Santa María, el Mercado de Abastos Tirso de Molina y, cruzando la calle hacia el poniente, la pérgola San Francisco.

Hace casi un mes, con la presencia de varios ilustres, entre ellos el ministro de Economía Pablo Longueira, el alcalde de Independencia, Antonio Garrido, y Carmen Barros -la actriz que interpretó a la Carmela en la obra de teatro La pérgola de las flores por primera vez en 1960–, se inauguró el nuevo recinto que alberga a los pergoleros de San Francisco. Ese día, un viernes 28 de octubre, fue una fiesta, y una instancia de nuevas promesas y desafíos.

Longueira prometió que los locales de San Francisco –cuyos terrenos pertenecen a Bienes Nacionales- pasarían a manos de los floristas: “vamos a avanzar en el cumplimiento de un anhelo de muchos de los abuelos y abuelas de los aquí presentes”. El presidente de la Asociación Gremial de la Pérgola de San Francisco, Leo Zamora, tataranieto de floristas, expresó el sueño de este sector de volver a ser parte importante de la vida social y cultural de Santiago. Y dieron a conocer el proyecto Pérgola de San Francisco, intervención urbana, tres siglos, que los mismos vendedores de rosas y claveles le encomendaron al artista visual Rodrigo Solar Silva. A través de su oficina Creación visual, construcción y comunicación (CVCC), Solar pretende rescatar la tradición e historia –que tiene 123 años de antigüedad– de un oficio que ya es una postal de la ciudad.

El plan necesita 300 millones de pesos y no han aparecido interesados en financiarlo. Así las cosas, Rodrigo Solar tiene un camino arduo por delante, aunque no pierde la confianza: “tuvimos al principio muchos contactos con empresas, y nos fue bien. Luego dijeron que no. Las empresas que tienen un departamento de Responsabilidad Social deben decidir en qué invierten”.

El municipio de Independencia reconoció, a través de una carta, “el aporte que este proyecto significa para poner en valor el patrimonio histórico y cultural de nuestra ciudad y en especial de nuestra comuna”. Hoy, en el departamento de Comunicaciones de la comuna explican que “entre las mejoras señaladas para ese sector se contemplan el cambio de luminarias, nuevas veredas y una intervención sectorial, que permitirá una mejora sustancial de la accesibilidad y el entorno de la pérgola de San Francisco”.

El proyecto de Solar es ambicioso y tiene muchas aristas. Contempla varias intervenciones artísticas en muros y espacios públicos, y también monumentos. Entre ellas, un memorial con los nombres de quienes han sido homenajeados por los floristas a su paso por la avenida La Paz, con los tradicionales pétalos que dejan caer sobre los muertos; una réplica de la fuente de agua original que se ubicaba en la Alameda (actualmente desaparecida); murales cerámicos en los frontis exteriores que den cuenta de las cinco generaciones que han vivido y trabajado allí; la recuperación de la plaza adjunta –que se pierde entre escombros y tubos al aire–, para convertirla en un homenaje al arquitecto Luciano Kulczevski, cuya obra se aprecia en el sector; y un libro y un documental que registren la historia de los pergoleros.

María de la Gracia Cox, artista y socia de Solar, agrega: “también se sumó la piscina de la Universidad de Chile (obra precisamente de Kulczevski y que colinda con el nuevo edificio de los floristas), que está absolutamente abandonada hace mucho tiempo. La idea es agregarle valor a toda la manzana”.

Además de la intervención artística y del registro escrito y visual, el proyecto busca eliminar el estigma de marginalidad que carga el barrio. Conocido antiguamente como La Chimba, y emplazado en la ribera norte del río Mapocho, “es aún uno de los barrios más marginales de Chile. Históricamente ha sido así”, explica Solar. Sin duda, éste es uno de los objetivos más importantes, ya que a pesar de las nuevas instalaciones de las pérgolas de San Francisco, y de Santa María y el Mercado Tirso de Molina realizadas como parte del rescate patrimonial del barrio Mapocho, el sector sigue, en varios aspectos, abandonado y tan marginal como siempre.

“El barrio siempre ha sido complicado –confirma Zamora, un hombre grueso de 47 años, dueño del local Jardín Raquel–. En 1948, acá no había ni siquiera luz. La gente se vino de la Alameda, donde tenía todo. A ellos les prometieron que sería una solución temporal, pero nuestros abuelos murieron esperando. Cuando estaban en la Alameda, los domingos después de misa paseaba hasta el presidente de la República por la Pérgola. En cambio, en el Mapocho se tenían que ir temprano, porque les podían robar. Los primeros cinco años la gente perdió todo lo que había logrado juntar en décadas de trabajo en la Alameda”.

Los descendientes ya no tienen la rabia ni la frustración de sus abuelos, pero sí quieren volver a recuperar su dignidad: su reconocido espacio en la vida santiaguina: “hasta el día de hoy, la gente va a la estación Mapocho, al Mercado, pero no cruza del puente para acá”. Mientras escucho a Leo, la seguridad de mi auto vuelve a revolverme la cabeza (adelantando el final de la historia, lo encontraré sano y salvo).

“Si tú quieres lo que haces, dignificas tu trabajo. Uno no puede sentirse menos por ser florista. En mi familia todos son profesionales. Mis hijos están en la universidad. Yo a lo único que tengo que agradecerle es a las flores, porque gracias a ellas mi abuela nos educó, mi mamá nos educó y yo educo a mis hijos. Hemos vivido de esto siempre y uno no puede ser malagradecido”.

La gestión de Bitar

Los pergoleros de San Francisco estaban cansados. Llevaban esperando años una solución permanente al conflicto que suscitó la concesión de la Costanera Norte. “Históricamente hemos tenido promesas de cambios que no se han cumplido”, cuenta Zamora. “Nuestros abuelos se vinieron para acá porque era algo provisional, y se murieron esperando el cambio, y la renovación no ocurrió sino hasta ahora. El año pasado recién se concretó. Antes se presentaban proyectos sin contemplar nuestra opinión”.

Cuando se incorporó Sergio Bitar al ministerio de Obras Públicas, durante el gobierno de Michelle Bachelet, empezó a revisar todos los proyectos que estaban pendientes. Así lo explica: “uno era la mitigación de la Costanera Norte, la reorganización de la zona que históricamente se llamaba La Chimba. Había que transformarla en algo más hermoso, donde la gente pudiera tener más comodidad para trabajar, y donde se pudiera atraer más público. El problema era que no se había podido establecer un acuerdo con la empresa concesionaria (Costanera Norte) para el costo. Cuando llegué al ministerio, me propuse terminarlo. Fui a visitar a la gente y me dijeron que llevaban años esperando que les dieran una solución. Entonces, a la dirección de Arquitectura le pedí que avanzara: ahí jugaron un papel muy importante la propia directora, Verónica Serrano, y Eliseo Huencho, jefe de la región metropolitana. Les encomendé que trabajaran con los floristas”.

En su escritorio del segundo piso de su casa, en una pequeña y tranquila calle en Vitacura, Bitar confiesa: “tanto en esta como en otras experiencias me di cuenta de que las personas eran muy maltratadas. El MOP se metía en la ciudad sin tener conocimiento de las relaciones sociales, como tampoco había tradición en la consideración del aspecto ecológico. Eso nos obligó a cambiar. Era un ministerio prácticamente de ingenieros, con poca capacidad de tejer redes con la comunidad. Había que escuchar a la ciudadanía y puse como norma que toda obra de cierta importancia y de impacto urbano tenía que hacerse con la gente. Aprendimos que los vecinos normalmente proponen hacer cambios de diseño que no tienen mayor costo pero que son más inteligentes, porque ellos viven ahí”.

Antes de terminar su periodo como ministro, Bitar alcanzó a poner la primera piedra de la obra. Pero no fue invitado a la inauguración oficial de este año: “ha habido una política muy clara en la actual administración de no vincular las obras con el gobierno anterior”.

Ante el proyecto que los floristas le han encomendado a Solar, Bitar se muestra optimista: “me parece que está produciéndose lo que yo esperaba: el efecto dominó se va extendiendo. Cuando tú aumentas la calidad de vida en un lugar y la gente puede transitar, y no hay basura y hay un lugar bonito y la gente está contenta, naturalmente el del lado se pregunta por qué yo vivo así y el otro está mejor. Entonces empiezan las presiones para el cambio, y eso es positivo. Es una energía positiva que va a tener que ir extendiéndose gradualmente”.

¿Y los recursos?. “Aquí entramos a otra discusión muy importante. La de las mitigaciones, es decir, los aportes adicionales que deben encargárseles a las obras de infraestructura urbana para que mejoren el entorno. Normalmente, con la lógica de ingeniería y del MOP, tú construyes obras que sirvan al usuario, pero no se contempla para nada cómo sirven al vecino. Tú estás pensando cuánto se demora una persona en cruzar de este punto al otro en una gran autopista, pero a la persona que vive al lado de la autopista no la tomas en cuenta. El edificio de la pérgola es precioso, pero cruzas la calle y estás en el siglo XIX. Ese barrio hay que terminar de arreglarlo”.

Es verdad. Una vez fuera de la pérgola, aún nos encontramos de cara frente a la miseria, la pobreza, la basura, los malos olores. Por eso, el gremio de floristas quiere seguir avanzando y Zamora se ha propuesto como objetivo personal cambiarles la mentalidad a sus colegas: “nosotros queremos que esto no sólo sirva como un impulso para nosotros, sino para todo el barrio. La gente tiene apreensiones para venir acá y muchas veces son justificadas, porque aquí pasan cosas”, explica Zamora.

“No sacamos nada con tener una isla. Hasta donde termina la pérgola la calle está pavimentada, muy bonita, pero pasando la pérgola para allá, te caes a un hoyo. Es así. Las veredas y las calles están malas. Nosotros estamos bien pero, ¿qué pasa con la Vega, que está al lado? A mí no me sirve mi pérgola sin la Vega, sin la Tirso. Nos necesitamos unos a otros para que la gente venga al barrio. Pero para eso se necesita de nuevo una fuerte inversión del gobierno y de los privados”.

El edificio y las críticas

Con Rodrigo Solar y María de la Gracia Cox nos tomamos un café en el Starbucks de Alonso de Córdova. Es mitad de mañana y las reuniones de trabajo entre laptops y iPhones van y vienen. Hace tres años Solar dio un giro. Durante el funeral de un amigo en común conoció a Verónica Salas, florista de San Francisco, y gracias a ella supo de los pergoleros y de su travesía. “Estas personas necesitan una solución a su historia, a su problemática”, explica el artista visual.

Las nuevas instalaciones no han estado exentas de críticas. Las flores ya no se ven de la calle. Por fuera, el edificio puede ser cualquier cosa, porque no existe un sello que lo identifique con el negocio ni con el barrio ni con quienes allí trabajan. Es necesario entrar al edificio para ver los puestos, para ver y oler las flores.

“En el proyecto nuevo, nadie pasea a través de la pérgola. Este lugar quedó cerrado. Las personas que entran lo hacen con la intención de comprar flores. Ya no existe eso de que estén a la pasada de mi recorrido. Quedaron encerrados, entonces hay que provocar algo para que haya más afluencia de público”, explica Solar. En general, las críticas a las instalaciones recién inauguradas provienen de otros arquitectos, porque los pergoleros, afirma el socio de CVCC, igual están contentos. “Esta es una promesa cumplida”.

Jorge Iglesis, arquitecto y socio de Iglesis Prat Arquitectos, a quienes se les encargó el desarrollo de ambas pérgolas, además del mercado, responde a los que afirman que los locatarios quedaron desprotegidos de las inclemencias climáticas: “el espacio cubierto en el proyecto Pérgolas de las flores y Mercado Tirso Molina es el máximo que permite la normativa municipal. Según las ordenanzas vigentes en las comunas de Recoleta e Independencia, no se puede techar más. No fue voluntad de los arquitectos ni del MOP construir menos cubierta; se construyó lo máximo posible en cuanto a techos y metros cuadrados de superficie”.

A Iglesis le sorprende que se diga que los días de lluvia no pueden trabajar: “todas las zonas de trabajo y permanencia están totalmente techadas. Los patios se diseñaron para tener sombras, luz natural y ventilación cruzada, están abiertos a la ciudad y al paso de la gente. Nunca se pensó el proyecto como un mall hermético o cerrado a la dinámica urbana del lugar”.

María de la Gracia Cox explica que se ideó un sistema de techumbre de modo que pasara más luz y se controlara la temperatura. “Creo que siempre hay cuatro grados de temperatura menos adentro, para que se conserven mejor las flores. Es una estructura más organizada, que tiene sus cosas a favor y sus cosas en contra”, concluye, reconociendo que aún falta camino por recorrer.