Luego de 12 años, el principal museo de Valparaíso sigue cerrado, y su valiosa colección de pintura permanece sin un lugar definitivo donde exponerse. Una historia interminable de despilfarro de fondos públicos, esfuerzos privados desperdiciados y una errática dirección cultural por parte de las autoridades.

  • 27 mayo, 2009


Luego de 12 años, el principal museo de Valparaíso sigue cerrado, y su valiosa colección de pintura permanece sin un lugar definitivo donde exponerse. Una historia interminable de despilfarro de fondos públicos, esfuerzos privados desperdiciados y una errática dirección cultural por parte de las autoridades.

 

Luego de 12 años, el principal museo de Valparaíso sigue cerrado, y su valiosa colección de pintura permanece sin un lugar definitivo donde exponerse. Una historia interminable de despilfarro de fondos públicos, esfuerzos privados desperdiciados y una errática dirección cultural por parte de las autoridades. Por Marcelo Soto.

En Valparaíso la suerte del palacio Baburizza es ya un mito urbano. Emplazada en un lugar privilegiado, en el Cerro Alegre, la mansión de 2.100 metros cuadrados mira hacia el Pacífico, junto al Paseo Yugoslavo y da la bienvenida a los turistas que llegan tras subir el ascensor El Peral. La vista es magnífica y el edificio, de caprichosas formas art noveau, se ha transformado en un icono de la ciudad. En pocas palabras, un auténtico tesoro patrimonial.

Sin embargo, desde hace 12 años la construcción permanece cerrada. Adquirida por el municipio de Valparaíso en 1971, sería la sede del Museo de Bellas Artes porteño, incluyendo entre otras donaciones y acervos, la colección que el empresario croata Pascual Baburizza legó a la ciudad al morir en 1941. En 1979 el edificio fue declarado monumento nacional y por esa época recibía visitas de conocedores asombrados que encontraban joyas pictóricas en un inmueble muy a mal traer.

Finalmente, en 1997, el museo debió cerrar sus puertas ante el peligro inminente de venirse abajo, debido a las termitas, las filtraciones y la falta de mantenimiento. “Era un crimen tener las obras en ese estado. En cualquier momento podía haber un incendio o una inundación”, recuerda Carlos Lastarria, en ese entonces administrador del museo, quien tomó la única decisión sensata: había que bajar el telón hasta que fuera refaccionado. “Fue una decisión dura, pero seguir abierto habría sido peor”.
Doce años después, y tras millonarias inversiones, el edificio sigue en estado calamitoso. Capital pudo recorrer las instalaciones y el veredicto no deja lugar al optimismo. Sólo algunos salones del primer y segundo pisos están presentables, no más del 10% del conjunto. El resto es un cúmulo de polvo, desorden, pisos con grietas, murallas destrozadas por la humedad, techos agujereados, escaleras que apenas resisten el peso humano… En medio del caos, un viejo piano de cola que habría pertenecido a la familia de Joaquín Edwards Bello.

Lo sorprendente del caso es que en la última década se han destinado fondos públicos, esfuerzos privados, se ha hablado de ambiciosos proyectos que poco menos que convertirían al museo Baburizza en el Guggenheim del puerto, y luego del derroche de recursos todo parece quedar en nada. Cada cierto tiempo, se vuelve a fojas cero. Una historia de nunca acabar. “Pareciera que hay un maleficio”, comenta Jacobo Ahumada, director de Desarrollo Cultural y Patrimonio de la municipalidad.

Ahumada, quien durante la administración de Aldo Cornejo (DC) fue destinado a Laguna Verde y volvió a la división cultural porteña tras la elección de Jorge Castro (UDI), explica, sin embargo, que la nueva autoridad edilicia está empeñada en romper este círculo vicioso. “Queremos dar un impulso definitivo a la recuperación del palacio y volver a exhibir su valiosa colección. Se está trabajando con la mayor cautela a fin de no cometer las equivocaciones del pasado, evitando así que luego de la ejecución de una etapa se tenga que volver atrás”.

Con “equivocaciones del pasado”, el funcionario se refiere al sorprendente giro que hubo en la administración anterior, cuando un proyecto que ya estaba aprobado, y con fondos asegurados por mil millones de pesos, con importantes avales en el mundo privado y una empresa restauradora italiana de alto nivel involucrada, se vio repentinamente desautorizado por el entonces alcalde Aldo Cornejo. Capital intentó obtener la versión del ex edil, pero tras una primera y evasiva respuesta fue imposible volver a contactarlo.

“El asunto es complejo y cuesta entenderlo”, dice Walter Bee, de la Compagnia Italiana di Conservazione, organización sin fines de lucro con sede en Turín que firmó en 2005 un convenio con la municipalidad –“aún vigente”, aclara– para restaurar y gestionar el futuro museo. El proyecto era desarrollado junto la Fundación Luksic y el Centro de Conservación, Restauración y Estudios Artísticos (CREA). La primera aportaba 600 millones de pesos, mientras que la segunda había realizado la restauración de 243 pinturas de la colección, gastando de su bolsillo unos 480 millones. El municipio, por su parte, sumaba 400 millones de pesos provenientes de un crédito BID. Plata y ganas no faltaban, pero el plan naufragó a mediados de 2006.

Bee, que entre otras cosas trabajó en la apertura de las termas suburbanas de Pompeya, es enfático: “la colección del Baburizza es muy valiosa. Posee obras al nivel de un museo europeo, como la Playa de Boudin. Nuestro proyecto establecía una fundación mixta, manejada por criterios de calidad y no políticos, una visión empresarial a largo plazo y que fuera auto sustentable. Pero el alcalde Cornejo tuvo una actitud improvisada y repentina. Nosotros nos enteramos por la prensa de que estaba trabajando paralelamente con otro equipo, ligado a Cecilia García Huidobro, de la Corporación de Amigos del Patrimonio Cultural, en una propuesta alternativa”.

 

 

Carmen, la desolada. Julio Romero de Torres. Oleo y temple sobre tela. 76.5 x 94 cm. Nogales. Juan Francisco González. Oleo sobre tela. 31,9 x 36 cm.
Antiguo muelle de Valparaíso. Thomas Jacques Somerscales.
Oleo sobre tela. 1882. 74 x 126,2 cm.
En la playa de Trouville.
Eugène Louis Boudin. Óleo sobre tela. 17,5 x 30 cm

La explicación que en su momento dio Eduardo Dockendorff, quien representaba al alcalde Cornejo en este tema, fue que la viabilidad económica del proyecto no les parecía real, pues partía sobre la base de 60 mil visitas anuales (sin embargo, la nueva propuesta entregada por la Corporación Amigos del Patrimonio Cultural establece un supuesto de casi 70 mil visitas al año). Del mismo modo, la municipalidad, tomando en cuenta que tanto el edificio como la colección eran de su propiedad, deseaba tener una injerencia mayor en la Fundación, tras la que veía una supuesta intención de “privatizar” el Baburizza.

“De un momento a otro, el alcalde Cornejo dejó de contestar mis llamadas y en las reuniones se le veía muy molesto y desconfiado”, recuerda Macarena Carroza, de CREA, que supervisó la restauración de las pinturas. “Y comenzaron a surgir rumores contra el trabajo que habíamos realizado. Cosas ridículas, como que habíamos falsificado cuadros para vender los originales en Europa. Pero todo nuestro proceso cumplió un riguroso protocolo”.

Esta opinión es refrendada por Carlos Lastarria. “Todas las críticas sobre la restauración son muy mal intencionadas. Yo soy la persona que mejor conoce la colección y nunca había visto un trabajo tan cuidadoso y exigente. Y le salió gratis a la municipalidad. Hubo una fiscalización sumamente profesional. Cada vez que las obras salían y volvían se hacía un informe que no conocía CREA y se entregaba al municipio. Nunca hubo objeciones de nadie”.

Por otro lado, antes de que el convenio con la Fundación Luksic y CREA fracasara, hubo problemas con el arquitecto Mario Pérez de Arce. “Su trabajo no nos dejó satisfechos y debimos despedirlo”, explica Bee. El proyecto arquitectónico del museo quedó a cargo de Cristián Undurraga, el mismo que trabajó en el Centro Cultural Moneda.

“Cornejo al principio estaba muy entusiasmado, incluso viajó a Italia a conocer cómo trabajaba la Compagnia Italiana de Conservazione”, cuenta Bee, quien afirma que la empresa gastó unos 80 millones de pesos en levantar la propuesta. “La verdad es que quedamos perplejos con el estilo del alcalde”.

La sorpresa no hizo sino crecer cuando se dio a conocer el nuevo proyecto que echaba por tierra al antiguo equipo. Elaborado en el marco del Programa de Recuperación y Desarrollo Urbano de Valparaíso (PRDUV), contempla fondos estimados en 1.500 millones de pesos provenientes de un préstamo BID (25%) y recursos del fisco (75%), canalizados a través de la subsecretaría de Desarrollo Regional. Proyectado para culminar en 2011, tendría una apertura por etapas, la primera de ellas con tres salas: una con parte de la pinacoteca europea de Baburizza (8 cuadros); otra, dedicada a la temática de Valparaíso (9 pinturas), y la tercera, un taller de restauración.

María José Larrondo, arquitecta de la municipalidad de Valparaíso, explica que se han llevado cabo las siguientes consultorías: 1. Asesoría técnica, que aporta antecedentes y analiza los modelos óptimos de gestión, de 36 millones de pesos pagados a la Corporación de Amigos del Patrimonio Cultural; 2. Diseño Palacio Baburizza, que aborda detalles arquitectónicos, de ingeniería y museología, por 106 millones de pesos a Pérez de Arce y Arquitectos Asociados (el mismo que fue despedido por los italianos); 3. Informe diagnóstico de la colección, a cargo de Alejandro Rogazzy, a quien se le pagaron 11 millones de pesos.

“Llama la atención que se derroche tanto dinero, habiendo ya un proyecto anterior. He revisado algunas de las conclusiones de la asesoría técnica y son parecidas a las nuestras. Es como tirar la plata”, afirma Carroza.

En todo caso, hay una diferencia sustancial: la propuesta de la Corporación de Amigos del Patrimonio no es auto sustentable y establece un déficit de 220 millones al año. Más carne a la parrilla.

 

 

 
Nieble en la midi. Henri Eugéne Agustín Le Sidaner. Óleo sobre tela. 73 x 92 cm. Paseo Atkinson.
Alfredo Helsby. Oleo sobre tela. 1896. 11 x 131 cm.
La pescadora. Francisco Miralles. Oleo sobre tela. 1880. 98 x 68 cm.

Palacio en penumbras

Es triste lo que pasa con el Baburizza. Recorrer sus amplios salones, algunos con vestigios de una antigua gloria, repasar algunos de sus cuartos, donde abundan ratones y arañas, no es nada alentador. Carlos Lastarria, que hoy asesora al municipio, conoce como la palma de su mano al museo y la colección. Ha visto levantarse y caer varios proyectos. Ha visto cómo se gastan centenares de millones de pesos, y todo sigue más o menos igual.

En 2001, por ejemplo, se destinaron 300 millones de pesos a la restauración del edificio, provenientes el Plan Nacional de Infraestructura Cultural. Una primera etapa consistía en la obra gruesa, consolidación estructural, reposición de la cubierta, habilitación del piso zócalo, la instalación de servicios básicos y eliminación de la plaga de termitas. La segunda etapa se efectuaría en 2002 y ella incluía arreglar los interiores y exteriores, los revestimientos y la habilitación de un pequeño café y una sala de proyección audiovisual.

Promesas que quedaron en nada. “No hubo fiscalización de los trabajos”, acusa Lastarria. Quizá una de las mayores evidencias de calidad de los arreglos sea el vistoso techo de cobre que se instaló para evitar las filtraciones. “La verdad es que se ve bonito, y es bien novedoso, pero cuando llueve torrencialmente en Valparaíso el agua corre por las paredes. Los que lo diseñaron no conocen los temporales porteños”, cuenta Lastarria, quien agrega: “Ah! Y las termitas no se han ido”.