• 11 marzo, 2008

 

La empresa está llamada a ser una comunidad de personas al servicio de la sociedad y fuente de crecimiento de todos los estamentos. En ella no ayuda en nada la violencia como forma de resolver los conflictos que se puedan presentar.

 

La actividad empresarial es buena. Es una verdadera vocación. Tener una idea –detectar una necesidad– llevarla a cabo, verla crecer y cosechar sus frutos, son momentos muy satisfactorios en la vida de un ser humano. A quienes asumen tareas empresariales los debe animar la convicción de que están contribuyendo al bienestar de muchas personas y al crecimiento del país. Es muy interesante que en las primeras páginas de la Biblia se invite al hombre y a la mujer a ser continuadores y colaboradores de la obra de Dios.

La labor empresarial tiene, además de la dimensión personal, social y económica, una dimensión teológica, adquiriendo un valor trascendente. En los países que se proponen seriamente que todo hombre y todos los hombres progresen en todos los ámbitos inscritos en la riqueza de la vida humana, el desarrollo económico es fundamental en cuanto es condición de posibilidad del desarrollo integral al que aspira el hombre a la luz de su condición corporal y espiritual, personal y social. Urge que la sociedad reconozca el valor de la labor empresarial, dada la función social inherente a ella. La empresa, además, es la instancia privilegiada para acceder al mundo del trabajo y una forma eximia de procurar los bienes y servicios que requerimos para vivir.

Dejando claramente establecido el valor de la empresa y del empresario que asume esta tarea, es menester dejar claro que no cualquier forma de llevarla adelante es aceptable desde el punto de vista moral. La empresa forma parte de la vida social y tiene un impacto profundo en las personas, tanto dentro como fuera de ella, por lo que lleva explícita e implícitamente una dimensión ética, que será en último término aquella que la va a cualificar como buena o mala. Es aquí donde ha de hacerse un análisis muy profundo del sentido de la empresa; la que siempre, como toda actividad humana, ha de tener en el hombre al centro de su atención, tanto a quienes en ella trabajan como a quienes adquieren sus servicios y productos y a todos quienes se vinculan con ella.

Sería muy contradictorio que de la empresa salgan productos o servicios que no colaboran para que las personas crezcan en humanidad y que no vean reforzada su dignidad, dejando la sociedad de crecer en desarrollo humano, o bien atente directamente en contra de ella. La empresa, no cabe duda, tiene una dimensión educativa a través de los mensajes que envía con sus productos y de su forma de promoverlos. Las empresas de publicidad tienen una gran responsabilidad la cual, en mi opinión, muchas no han asumido adecuadamente al promover conductas que atentan en contra de la dignidad de las personas; especialmente, de las mujeres y la familia.

Muchas personas critican las utilidades de algunas empresas. La utilidad obtenida como fruto del trabajo, del esfuerzo y del hacer las cosas bien se ha de mirar positivamente. Más aún, puede ser considerada un premio de la sociedad, que la prefiere por sus cualidades. Por otro lado, en la actualidad, para que una empresa se mantenga en el tiempo y pueda crecer, necesita solidez desde el punto de vista económico y generar utilidades.

Claro está que aquello no puede hacerse a costa de un tratamiento injusto hacia los trabajadores o del no cumplimiento de las obligaciones, por ejemplo, tributarias. La empresa y la labor empresarial no son un apéndice de la sociedad, sino que un modo privilegiado de hacernos cargo los unos de los otros, por lo que grava sobre quienes tienen ingerencia en ella, gobierno, empresarios, trabajadores, sindicatos, asociaciones de empresarios y la sociedad en general, una gran responsabilidad, tanto social como ética. En ese sentido, no ayuda en nada la violencia al interior de ella para resolver los conflictos que se pudiesen presentar. Sólo la transparencia en el actuar de todas las partes y el reconocimiento de que la empresa está llamada a ser una comunidad de personas al servicio de la sociedad y fuente de crecimiento de las personas en todos los estamentos de ella, condicionan la posibilidad de una sana convivencia. Ello sólo será posible en la medida en que al interior de la empresa se cultiven las virtudes personales como la veracidad, la lealtad, la perseverancia, el diálogo sincero y la justicia en las relaciones, a todo nivel.