• 11 marzo, 2008

 

Sorprende que la mutación descomunal de la izquierda en América latina en todos estos años no sea destacada por su propia significación y contrastada con la idea revolucionaria que Castro promovió.

 

La renuncia de Fidel Castro a la Presidencia de Cuba ha acaparado titulares y provocado una gran cantidad de análisis y especulaciones. No hay duda que la magnitud del personaje y su omnipresencia en los últimos cincuenta años de historia, justifican el interés, independientemente del prisma desde el que se le mire.

Creo, sin embargo, que más allá de las pasiones que despierta el comandante, este largo período histórico ha visto una mutación descomunal de la izquierda en América latina y es evidente que su vigencia hoy en el continente es de gran relevancia. Sorprende que esta dinámica no sea destacada por su propia significación y contrastada con la idea revolucionaria que Castro promovió, particularmente en los años 60.

La revolución cubana configuró un cuadro de acciones y de influencias políticas, ideológicas y también intelectuales de gran magnitud en todos los países al sur del Río Grande. Es cierto que la experiencia cubana está absolutamente influida por los dramas de la guerra fría y por la vecindad demasiado activa y negativa de Estados Unidos, pero el influjo de la revolución cubana en América latina fue simplemente tremendo y marcó profundamente naciones y generaciones. Pero no se trata de hablar ni de Cuba ni de Castro, de eso ya se ha escrito suficiente.

Hoy la realidad es que fuerzas de izquierda gobiernan en solitario o en alianzas la mayoría de los países de la región y esta nueva conducción empieza a mostrar claramente resultados positivos, tanto políticos como económicos, los que poco a poco rescatan la región de la postergación provocada en la denominada década perdida (de los años 80 y parcialmente los 90 del siglo pasado) y del debilitamiento institucional resultante de la generalización de las dictaduras de derecha.

El balance es contundente. En el año 2007 la región ha enfrentado sin grandes sobresaltos la volatilidad provocada por la crisis hipotecaria norteamericana y ha aprovechado con inteligencia las oportunidades derivadas del ciclo económico mundial.

Y los datos económicos son categóricos: seis años consecutivos de crecimiento económico (5,6% para 2007), reducción del desempleo (8,0% en 2007 versus 8,6% en 2006) con un incremento sólido de los empleos formales y un alza moderada de los salarios reales, que entregan como resultado un incremento de la masa salarial que sigue provocando una clara disminución de la pobreza. A su vez, la balanza comercial y el balance fiscal primario son positivos y casi 100.000 millones de dólares de inversión extranjera en 2007 le dan sustentabilidad de largo plazo al crecimiento regional. La inflación de 6% de promedio, algo por sobre lo esperado, está bajo control y es preocupación central de las autoridades.

El valor de estas cifras no radica sólo en que se elevan sobre los mediocres desempeños históricos de nuestras economías, sino que se construyen desde puntos de partida muy difíciles, como los que tuvieron que enfrentar por ejemplo, Kirchner, Tavaré y Lula. Economías destruidas, tasas de interés infernales, dependencia extrema del endeudamiento externo, sistemas políticos ilegítimos e incapaces de aplicar políticas de recaudación fiscal y construir presupuestos equilibrados. Contra la opinión de todos los analistas, no sólo fueron capaces de sacar sus tareas adelante, sino que además lo hicieron con niveles de apoyo ciudadano espectaculares, sobre 60% en los tres casos.

Pero lo principal de este camino de la izquierda latinoamérica de este siglo es su aporte para reponer la debilitada democracia, la subordinación de las Fuerzas Armadas al poder civil, el respeto a los derechos humanos y el fin de la violencia como práctica política, tanto al interior de los países como en la convivencia entre naciones.

Nada ha sido fácil y nada es perfecto, pero un período largo de estabilidad democrática ya se cierne sobre el continente, y aunque en algunos países los procesos de creación institucional sean complejos, como son los casos de Bolivia y Ecuador, ellos están recorriendo un camino que inevitablemente debían recorrer i aspiraban a construir instituciones sólidas, perdurables y legitimas. Hoy no hay espacio para dictaduras de ningún signo y los límites al poder omnímodo, en nombre de cualquier interés o doctrina, forman parte de los valores de esta izquierda que señala el rumbo continental en este inicio de siglo.

Por eso, por contraste y sin rupturas dramáticas, la izquierda en América latina moldea hoy una sociedad distinta de la que resultó de la revolución cubana; claro que en un contexto distinto y, desafortunadamente, luego de tan duras experiencias.