Vi una escena de amor a plena luz del día, en la calle. Un hombre y una mujer se decían te quiero, te necesito, te adoro, mientras cientos de personas pasaban por su lado. Estaban a la intemperie, en un pasaje transcurrido, en un recodo cerca de un mall. Nadie los escuchaba por el ruido ambiental. Era la hora de almuerzo. No se tocaban. Sus gestos revelaban sus deseos. Refugiados en el tránsito humano, sin otra posibilidad para estar solos, encontraron una zona ruidosa donde las palabras y los gestos pasan desapercibidos por la urgencia de los que caminan. Ahí se podían decir lo que tenían prohibido. Protegidos por la ceguera de los transeúntes y los bocinazos, parecían sacados de una película. Los vi reunirse y buscar el sitio preciso. Se miraban a los ojos. Daban vueltas sobre sí mismos. Sin exclamar nunca, se lanzaban frases tiernas, dramáticas y calientes. Sin duda era un amor prófugo. Los vi irse uno al lado del otro. Marcaban la separación entre ellos para que nada se notara. Él fumaba nervioso.

La situación me hizo pensar que estos amantes eran víctimas de sus pasiones y también de la eventualidad de ser descubiertos. Los miedos y las razones para huir eran evidentes, como la afinidad que lo unía. Vivimos tiempos donde somos observados, donde la libertad es vigilada por cámaras, hackers y siniestros espías de celulares. El afán por controlarnos está en su cúspide. Y sin darnos cuenta detallamos cuestiones personales, desde dónde nos ubicamos hasta qué nos atrae, incluso las fobias y filias que tratamos con el psiquiatra. La intimidad la hemos reducido a su mínimo término. El nivel de exposición al que hemos llegado es máximo. Lo confidencial es una ficción, lo mismo que el pudor. Lo oculto que nos queda, es exiguo, minúsculo. El exhibicionismo es ejercido con fervor en las redes sociales. La delación es otra constante.

En otras palabras, hemos sacrificado lo misterioso y las historias reservadas, por el placer por figurar y hacer alarde. El tiempo para digerir y asimilar la existencia escasea. Lo que vale es estar presente y sentirse protagonista. Walter Benjamin advierte en su ensayo Experiencia y pobreza sobre esta nueva barbarie, hija de la técnica. Explica: “Pobreza de la experiencia: no hay que entenderla como si los hombres añorasen una experiencia nueva. No; añoran liberarse de las experiencias, desean un entorno en el que puedan hacer que su pobreza, la externa y por último también la interna, cobre vigencia tan clara, tan limpiamente que salga de ella algo decoroso”. A cambio de esto: “Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeño por cien veces menos de su valor para que nos adelanten la pequeña moneda de lo actual”.

¿Qué nos queda aún misterioso? ¿Hay algo nuestro que solo sepamos nosotros o todo está sujeto a escrutinio? ¿Qué se salva de la policía de la transparencia? ¿Qué espacios son posibles habitar sin evaluaciones y culpas? ¿Existen los cómplices?

Es inútil responder estas preguntas con rapidez. Aunque sí las creo pertinentes. Existen los que se creen a salvo de estas inquietudes. Desconocen la necesidad de sentir la soledad; incluyendo la soledad placentera de estar con otro sin que nadie más lo sepa. Ellos están demasiado adaptados al sistema paranoico que nos envuelve como para criticarlo, pedir reserva o distancia. Creen en sí mismos y sostienen que jamás han sido manipulados. La seguridad en los principios que ostentan es tajante y desangelada. Prefiero a los que padecen incomodidad ante las circunstancias vitales, los que se detienen si ven la grieta. La conciencia de la precariedad que nos rodea es lo que nos distingue. La falta de silencio y secretos nos condena a perder cada vez más sensaciones y perspectivas de la realidad.