Gobiernos de izquierda con políticas económicas liberales. Países que crecen y empresas privadas que ganan lo que pocos imaginaron. Es la ecuación inesperada, la misma que construyó su principal amenaza: los candidatos populistas.

  • 5 octubre, 2007

Gobiernos de izquierda con políticas económicas liberales. Países que crecen y empresas privadas que ganan lo que pocos imaginaron. Es la ecuación inesperada, la misma que construyó su principal amenaza: los candidatos populistas.

 

América latina pasa por un período excepcional en términos económicos, con un crecimiento sostenido en casi todos los países desde 2003. Según cifras de Cepal, la expansión regional fue de 5,6% en 2006 y se proyectan tasas de 5% este año y 4,6% en 2008. Si estos pronósticos se confirman, al final del sexto año consecutivo la región habrá acumulado un aumento del 20,6%, equivalente a algo más de 3% anual, en lo que se ha convertido en el período de mayor crecimiento (y más prolongado) desde 1980.

 

¿Cómo llegamos a este punto? Mucho tiene que ver con el auge en los precios de los commodities, incluyendo no solo petróleo, gas y carbón, sino también metales, minerales y productos agrícolas. La demanda asiática, en particular de China e India, ha mejorado los términos de intercambio de muchos países latinoamericanos, y no se espera que esto termine en el corto plazo.

En anteriores etapas de bonanza, lo tradicional era que el gasto se disparara y que los ingresos extraordinarios terminaran desperdiciados en extravagantes proyectos de obras públicas. Hasta ahora, salvo en Venezuela, esto no ha ocurrido. En los principales países de la región (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú), los gobiernos, pese al sesgo socialista de algunos de ellos, parecen estar aprovechando la bonanza para pagar su deuda externa e incrementar sus reservas extranjeras.

 

 

 

Ejes definidos

 

 

Allí radica la curiosidad. Porque la política macroeconómica responsable de este auge ha seguido a una serie de victorias electorales de la centro-izquierda en años recientes. De hecho, como porcentaje del total, los gobiernos de izquierda son mayoría.

 

Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría de Argentina, explica que las elecciones presidenciales que tuvieron lugar en América latina entre fines de 2005 y 2006, definieron tres ejes políticos diferentes: el de centro-derecha, en el cual están México, Colombia y Perú (considerando el giro en las políticas de Alan García, aunque su partido –el Apra– es tradicionalmente de izquierda), el socialdemócrata, donde se ubican Chile, Brasil y Uruguay, y el populista, donde están Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua y donde hoy queda Cuba.

 

Mirada así, América latina es bastante diversa y plural en términos político- ideológicos. Pero, explica Fraga, en términos económicos, tanto la línea de centro-derecha como la social-demócrata, aplican hoy las reglas del capitalismo globalizado. Aquí es donde la línea populista marca la diferencia y, por cierto, el factor de riesgo.

 

Más allá de esta diferencia, toda la región está creciendo (incluso Haití, que es el estado fallido de América latina) y, gracias a los altos precios de los commodities, todos tienen superávit fiscal, aun países que están en la línea populista como Bolivia y Ecuador.

 

Incluso, cada gobierno –con su propio estilo y discurso político– busca asociarse con los beneficios de la globalización que en los últimos años ha sido generosa. El resultado es curiosamente ortodoxo: la deuda pública y privada latinoamericana cayó de modo notable, de 44% a 21% del PIB entre 2003 y 2007 (en parte, por la apreciación cambiaria generada por la bonanza).

 

Aunque las dudas se incrementan en la medida que nuevas tendencias populistas surjan en la región (como el caso de Lugo en Paraguay), los gobiernos del vecindario parecen haber descubierto que la estabilidad fiscal y la reducción de la deuda son clave para la autonomía política y la independencia económica. Y entienden que los desequilibrios macroeconómicos, en especial la inflación, son peligrosos. Además, han mantenido el corazón de las reformas emprendidas por gobiernos anteriores. Entre estos cambios, han sido fundamentales la adopción, en la mayoría de los países, de regímenes cambiarios flexibles y la reducción de la deuda gubernamental. Todo esto ha dejado a la región en una posición más sólida, reduciendo su vulnerabilidad a los choques externos.

 

También el sector privado muestra avances insospechados. La mayoría de las empresas suma cuatro años de auge sostenido. El alza en el precio de los commodities, una vez más, sostiene a las empresas mineras y petroleras, cuya presencia en América latina no es menor. La estabilidad de precios y la globalización, que permite el ingreso de productos más baratos, junto con un aumento en los salarios medios, ha servido de plataforma a las empresas de retail y a las de telecomunicaciones. Y la abundancia de liquidez y las bajas tasas de interés permitieron ampliar el alcance del crédito a grupos socioeconómicos hasta ahora desatendidos por la banca y otras empresas de servicios financieros.

 

 

 

 

 

Los riesgos

 

 

Pero la mayor estabilidad macroeconómica no significa que esté todo bien. La actual bonanza en las materias primas hace a la región vulnerable a la “enfermedad holandesa”, con mayores sueldos y precios extendiéndose por la economía y mermando la competitividad, en especial la industrial. Y esto sería una desventaja seria en la competencia con los manufactureros asiáticos.

 

Por otra parte, Rosendo Fraga resalta que el promedio de crecimiento de América latina en lo que va de la década, “es casi la mitad que el de Asia e incluso está por debajo del alcanzado por África. Es decir, es la región del mundo emergente que menos está creciendo”.

 

Otro dato: en los 90, América latina recibía siete veces la inversión extranjera directa que recibía África y ahora recibe solo el doble. La región está recibiendo inversión extranjera, pero a la vez está disminuyendo su participación en ella, señala Fraga.

 

La percepción de mayor riqueza está generando demandas sociales y un escenario propicio para la proliferación de propuestas populistas.