• 8 marzo, 2011


El don del sacerdocio nos lleva a decir una y otra vez: no hay espacio para los que dañan. No hay espacio, y quien lo haga tendrá que responder ante Dios y la justicia. Por eso duele cuando se gozan de nuestra herida.


La herida que sufre la Iglesia es inmensa. Frente a los hechos que hemos ido conociendo, algunos católicos se manifiestan muy decepcionados. No pocos experimentan verdaderas crisis de fe. Otros han ido perdiendo la esperanza. Y no es para menos. Es grave, gravísimo, que un sacerdote abuse de un menor.

Preguntas que tal vez nunca nos hicimos aparecen ahora con fuerza y corroen el alma. ¿En quién podremos confiar? ¿Será cierto que la Iglesia es la Iglesia de Jesucristo? ¿Será cierta su enseñanza? ¿Hemos de creer en la palabra de nuestros pastores? ¿Tuvo sentido haber creído en la Iglesia, haberse educado en su interior y dársela a las futuras generaciones?

Son preguntas que están en el corazón y en la mente de varias personas. Es esta la hora en que debemos responderlas, pero con inteligencia y sabiduría para tener claridad en nuestro pensamiento y no dejarnos llevar por la rabia, el reproche, la descalificación fácil ni el pesimismo estéril. Además, necesitamos humildad para reconocer nuestros errores en el modo de tratar casos de esta gravedad. Y decisión para evitar que esto vuelva a ocurrir, tratando de reparar la dignidad ofendida de hermanos nuestros. También necesitamos desde nuestra herida realizar una reflexión como creyentes que fortalezca nuestra fe y nos impulse hacia la esperanza, aquella esperanza en aquel en quien hemos puesto toda nuestra esperanza: Jesucristo.

Cómo quisiera que todos los católicos fuéramos verdaderos discípulos de Jesucristo y lo siguiéramos en pobreza, castidad perfecta como la del Señor y, de modo especial, los consagrados y consagradas, sacerdotes, obispos y religiosas.

Cómo quisiera que ninguno de los abusos se hubiese cometido, y menos de parte de quienes tienen la misión de dar a conocer a Cristo, quien enseñó que quien recibe a un pequeño en su nombre a El lo recibe, y advirtió severamente que al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar (Mt. 18,5). Cómo quisiera que estos hechos fueran sólo una pesadilla y pudiéramos seguir gozando de nuestra pertenencia a la Iglesia como un gran regalo y no tuviésemos que dar explicaciones respecto de ella.

Pero la realidad es otra y ello nos golpea profundamente. La primera pregunta que me surge es la siguiente: ¿ha de extrañarnos que en medio de mil doscientos millones de católicos, cinco mil obispos, cuatrocientos mil sacerdotes, seiscientas cincuenta mil religiosas y ciento veinte mil seminaristas haya algunos que no estén a la altura del don recibido en razón de su humana debilidad, condición de pecador o de alguna patología severa? Basta mirar el grupo de los primeros doce apóstoles para darse cuenta de que no nos debe extrañar. ¿Acaso no fue la traición al Señor el pecado más grave, que además se hizo a cambio de algunas monedas, lo que paradójicamente nos valió la manifestación plena del amor de Dios en la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo? ¿Acaso nuestra Iglesia no quedó cimentada en Pedro, quien lo negó tres veces? ¡Y la iglesia ya lleva dos mil años!

Cada vez que hay un abuso al interior de la Iglesia, la cruz de Cristo aparece en todo su dramatismo, como si fuera ayer. Pero de igual manera, y con la misma fuerza, se manifiesta día a día, minuto a minuto, la resurrección del Señor cada vez que un matrimonio se declara amor, cada vez que despunta una nueva vida, cada vez que alguien visita a un preso o a un enfermo, cada vez que en el silencio rezamos por nuestros amigos y enemigos; en definitiva, cada vez que florece la vida y aparece una sonrisa; cada vez que un gesto solidario saca a un joven de la pobreza, cada vez que un joven ingresa al seminario o a la vida religiosa.

Sí, hoy, cada vez que despunta el día, Dios nos sigue asombrando con su presencia y su amor.

¿No será que la desazón que experimentamos se debe también a que olvidamos de la grandeza de Dios y la fuimos sustituyendo por la pequeñez de hombres de carne y hueso a quienes endiosamos? Endiosar a los sacerdotes siempre termina haciendo un daño inmenso a ellos y a la comunidad.

La presencia de hechos tan graves y tristes nos piden volver la mirada sólo a Dios, porque de lo contrario es fácil desilusionarse. ¿Acaso no nos recuerda San Pablo, como se lo planteó a la comunidad de Corinto, que llevamos un tesoro en vasijas de barro? Y que ese tesoro, Jesucristo, actúa, incluso hace milagros, con esas vasijas de barro que somos cada uno de nosotros. ¿No es acaso un milagro todo lo que ha hecho en estos 2000 años de historia? Incluso, a pesar nuestro. ¿No es acaso un verdadero milagro que, a pesar de nuestra pequeñez, flaqueza y debilidades, siga operando? Ese es el milagro. La Iglesia la construye Jesús no sólo a pesar del barro, sino que con el barro, para que así nadie se gloríe de su propia obra sino sólo de la de El, el Salvador. Por eso resuenan hoy, en medio de este drama que nos parte el alma, con más fuerza las palabras de Pedro: Señor, ¿dónde iremos si sólo tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Hijo de Dios? (Jn. 6,68).

Sin Jesús nada podemos hacer. Es hora de poner la confianza en El, de mirarlo a El, porque si los hombres nos decepcionan, no nos va a decepcionar Dios. Dios no nos va abandonar aunque la barca de Pedro se mueva por los pecados de los hombres y tengamos la sensación de que está dormido en la proa, o de que no pescamos cuando navegamos mar adentro y echamos las redes. Si nuestra Iglesia está edificada sobre roca dura, aunque vengan los vientos huracanados, las tormentas y los torrentes, el edificio se mantiene firme porque no es obra humana, no es fruto de estrategias políticas ni de marketing, sino que es obra de Dios mismo.

Hoy, con San Pablo (Rom. 8,35) repetimos que nada, absolutamente nada, ni siquiera la muerte y el pecado, nos va a separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Ahí radican nuestra esperanza, nuestra fortaleza, nuestra alegría y nuestro futuro. Ahí radican el interés irrenunciable a la verdad, a la justicia respecto de quienes fueron dañados y, sobre todo, la voluntad de pedir perdón con humildad por el mal causado, así como de darlo y recomenzar de nuevo.

Permítanme ir más lejos en estos días aciagos. Miremos la cruz. ¿Qué vemos? Vemos al justo, al santo, al inocente, al que pasó haciendo el bien crucificado. El fue traicionado y su vida, mirando la cruz, es un fracaso. Da la impresión que ganaron el pecado y la injusticia, pero ese fracaso era sólo en apariencia, puesto que terminó siendo la manifestación más grande de su amor al decirnos que los muertos resucitan.

Esperemos la acción de Dios, que es capaz de sacar bien del mal. ¿Acaso no nos dice San Pablo que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia?

Al interior de mi Iglesia herida –como nos lo recordara Benedicto XVI– por el pecado de algunos de sus ministros, he recibido manifestaciones de aprecio sincero por ser sacerdote. Esa experiencia la hemos vivido muchos. Las personas intuyen el valor del sacerdocio y nos conocen en la vida real. Creo que esa muestra de cariño es, al mismo tiempo, la búsqueda de respuestas a preguntas muy profundas. Sí, he visto a muchos que con su mirada y apoyo nos están diciendo: perseveren, ¿quién rezará por nosotros?

Perseveren, ¿quién nos consolará en el momento de la aflicción?

Perseveren, ¿quién nos perdonará en nombre del mismo Dios?

Perseveren, ¿quién nos recordará que cada hijo es una bendición en medio de 50 millones de abortos al año considerados como signo de desarrollo?

Perseveren, ¿quién nos bendecirá?

Perseveren, ¿quién nos hablará del amor de Dios?

Perseveren, ¿quién le dará sepultura a nuestros difuntos y nos dirá que resucitarán?

Perseveren, ¿quién nos ayudará a encontrarle sentido a la vida a la luz de Cristo, que es el camino, la verdad y la vida?

Perseveren, ¿quién nos ayudará a educar a nuestros hijos?

Perseveren, ¿qué haríamos los domingos sin la misa?

Perseveren. En medio de tanto egoísmo, individualismo e indiferencia, ¿quién nos recordará que los pobres no pueden esperar y quién nos animará a ser justos y solidarios?

Perseveren, ¿quién nos recordará que hay presos, enfermos y afligidos por visitar y consolar?

Perseveren, ¿quién nos dirá en medio de tanta ostentación que la sencillez de vida es un valor?

El don del sacerdocio nos lleva a decir una y otra vez: no hay espacio en el sacerdocio para los que dañan a los jóvenes. No hay espacio, y quien lo haga tendrá que responder ante Dios y la justicia. Es un crimen horrendo a los ojos de Dios y el daño que produce es inmenso.

Por eso duele cuando se gozan de nuestra herida. En un programa radial se comentaba que el caso de las acusaciones en contra del presbítero Fernando Karadima estaba “entretenido”. Es una crueldad encontrar “entretenido” el drama de quienes fueron objeto de abusos y de sus familias y que merecen todo nuestro respeto y apoyo, así como el drama de una persona denunciada y que ha sido declarado culpable y sancionado por la Congregación para la Doctrina de la Fe. Con las heridas de una comunidad no se juega, y no son motivo de entretención, sino que de oración y de preguntarse qué hemos de hacer para que nada de aquello vuelva a ocurrir. Nunca más. Con el dolor no se juega, con el drama de una comunidad no se juega. Es fundamental conocer la verdad. Es importante, a partir de ella, hacer justicia y reparar a las víctimas, pero con caridad. La justicia sí, pero en la verdad. Y nunca perder la esperanza de la posibilidad de perdón, de misericordia y de reconciliación. No es lícito convertir en leña el árbol caído.

San Pablo dice que la gracia de Dios nos basta. Pongamos en El nuestra confianza y pidámosle que no nos deje caer en el desánimo y la desesperanza, sino que nos ayude a fortalecer con mayor intensidad nuestra fe en El.

Es la hora de trabajar con más intensidad para que la viña del Señor sea el lugar donde resplandezcan el amor de Cristo y su santidad. Este tiempo de purificación, en que pedimos perdón por el daño que algunos han causado; es también el tiempo de valorar y agradecer todo cuanto nos ha dado Dios a través de su Iglesia; la que, a pesar de frágiles hombres y mujeres que se consagraron a El, ha hecho una obra maestra que brilla con su luz don de hay oscuridad, con su esperanza donde hay desesperanza, con la verdad donde hay mentira, con la caridad donde hay odio. Ello se vive en nuestros colegios y parroquias y no me equivoco cuando afirmo que no hay lugares más seguros que éstos para los jóvenes. No los hay.