• 1 diciembre, 2011

Las ideas mueven la historia, aunque no sabemos bien qué son. Las ideas permiten construir países, pero también fundamentalismos. En una sociedad que ha perdido su escala humana, ¿podrá formarse una visión común, un sueño compartido?
Siempre ha sido un gran misterio para el ser humano tratar de entender ¿cómo se conectan las ideas y la materia? ¿Cómo se relaciona la mente con el cuerpo? Detrás de estas fenomenales preguntas –sin respuestas únicas–, están las claves de la civilización humana, prodigiosa en resultados materiales e intelectuales.
Ocurre que en forma paralela a la evolución física del universo hay también una evolución de la humanidad que genera teorías, tecnología, leyes, cultura, arte y organizaciones. Pero, ¿son en realidad historias paralelas o es una sola historia? Hay argumentos en ambos sentidos, no sólo desde la metafísica, la fe o la espiritualidad, sino desde también desde la biología. Es el debate del principio antrópico del universo.
La idea de un país-nación es en realidad un concepto muy interesante, que se amplió a partir de otro más pequeño: la familia, el clan, o la tribu, y lo hizo finalmente a una escala notable. Hoy se construye de manera colectiva la idea de un mundo global, que es una idea más grande y compleja que las anteriores.
Un verdadero país-nación es algo así como el resultado de un sueño colectivo, finalmente hecho realidad. Es un proyecto que engendra una asociación para lograr ese sueño. Sin ese sueño colectivo no hay realmente una nación de verdad. Hay por cierto un estado formal, hay leyes, y sobre todo hay geografía con fronteras, pero no hay proyecto real. Ese gran sueño no es necesariamente una visión física del país, sino muchas veces es el ideal de ciertos principios, valores, dogmas, incluso de misión. Por ejemplo, el sueño puede ser la idea de libertad, quizás la igualdad, o el servicio de un dios. Muchas veces es un sueño de poder.
Luther King dejó su tan famosa frase “yo tengo un sueño”. Ese sueño del que hablaba era, realmente, el de un nuevo país-nación para los afroamericanos. Lo entendía como una mínima compensación por la oprobiosa esclavitud humana a la que fueron sometidos por tanto tiempo, y que fuera tan productiva para el desarrollo de ese país. El sueño de Luther King era, al final del día, un poderoso movimiento separatista como tantos otros. Eventualmente se lograría un estado propio para los afroamericanos. Sin duda era un sueño poderoso, y cientos de miles lo empezaban a soñar también. Pero significaba literalmente dividir geográficamente a EEUU, de alguna manera.

El peligro fundamentalista
El vínculo afectivo que es necesario en un país o “sociedad” lamentablemente no se logra por decreto, ni por la fuerza, ni menos por la mediación de una votación. No se puede obligar a querer, sino sólo a respetar la ley, y sólo si hay fuerza para obligarlo. Esa es una de las características complejas de la sociedad democrática moderna. Por ello hemos visto una y otra vez caer a muchas democracias.
Las sociedades fundamentalistas, por su lado, simplemente no admiten las disidencias. Los fundamentalismos no sólo son los religiosos, también lo son algunos de los movimientos políticos. Los nacionalismos y los comunismos son expresiones típicas de esas formas de fundamentalismo. Hasta pueden llegar a ser fundamentalistas algunos científicos enamorados de sus propias teorías.
En la política, por ejemplo, el comunismo como doctrina es tan fundamentalista como la religión: el Estado para a ser el dios principal. El nacional-socialismo de derecha es igual o peor. Los antiguos reinados vinculados a la divinidad son similares. También se conocen algunos fundamentalistas del mercado. En fin, la tendencia es propiamente humana y es muy difícil luchar contra ella. Quizás venimos armados de esa manera arquetípica. Lo que quizás debemos hacer es tratar de integrar en vez de polarizar. Reconocer la diferencia y no tratar de eliminarla.
Como la tolerancia no es el atributo más difundido de nuestra especie, es muy probable que la enorme y creciente complejidad de la civilización termine generando una enorme dictadura global. ¡Sálvese quien pueda!

La escala tecnológica
El lenguaje está compuesto de ideas; el idioma, de palabras. Una idea se explica con otras ideas, lo cual es paradójico. Por eso algunas ideas especiales adquieren el carácter de dogma. Una sola idea requiere de muchas palabras para expresarse. Las relaciones entre las ideas, muchas más. En el lenguaje, las relaciones se llaman modelos; en el idioma, gramática.
La verdadera “cultura” es el espejo exterior del lenguaje, y el arte es sólo una de las maneras de expresar la cultura. Un país no puede superar la altura de lo que sus habitantes son capaces de pensar, idear e implementar. Un país “acota” en su altura, con su sistema educativo. Un gran país genera su propio lenguaje común (mapas de la realidad) y agrega en esos mapas nuevas ideas que provienen de sus mentes.
Todo esto parece tener sentido a la “escala humana” tradicional. Una sociedad de 7.000 millones de personas simplemente ya no es a “escala humana”, sino tecnológica. Es una realidad donde el ser humano se transforma en estadística. ¿Qué puede ser realmente la verdad en esas fenomenales dimensiones? ¿Podrá este mundo integrado y global engendrar un sueño colectivo?