Por Ximena Abogabir, socia Travesia100.
Año: 2050

  • 19 agosto, 2019

Celebré mis 103 años, rodeada de hijos, nietos, bisnietos y tres tataranietos en camino. Gracias a los avances en la medicina, la expectativa de vida en Chile supera los 100 años. Actualmente los mayores de 60 somos 1/3 de la población.

La novedad es que me mantengo activa, actualizada y me siento valorada por quienes me rodean, no solo “cuidada”. Ello ocurrió porque hace ya unas décadas, en todo el planeta las personas mayores salimos a las calles a exigir una longevidad digna y formamos partidos políticos para defender nuestros derechos. Producto de que nuestra generación se levanta a votar, elegimos representantes que modificaron el panorama institucional, social y cultural. El sistema educativo desarrolló una oferta para actualizar nuestros conocimientos; las viviendas compartidas surgieron para todos los gustos y capacidades de pago; las ciudades se adecuaron para que las veredas y parques nos invitaran a pasear: y los sistemas de transporte colectivo se adaptaron a nuestra movilidad. Y, lo más importante, en el trabajo se promovió la intergeneracionalidad, de modo que personas de distintas edades pusieran en valor sus talentos, conocimientos y experiencias, mediante jornadas flexibles que compatibilizan la necesidad de sentirse útiles y autofinanciarse, con otros intereses. Me siento orgullosa de que Travesia100 fuera parte de ello.

Cuarenta años atrás la única invitación que recibíamos era a “descansar”, para así dejarles espacio a los más jóvenes. Pero el cálculo financiero con que se había diseñado nuestro sistema de pensiones no coincidió con lo que finalmente recibimos. Las personas mayores querían y necesitaban seguir trabajando, por lo que se resistieron a que se les cerraran las puertas y nos condenaran a la irrelevancia y dependencia, cuando todavía teníamos por delante tanto que aportar.

Afortunadamente, la ciencia derribó los mitos sobre la longevidad: comprobándose que solo el 8% de la población de mayores presentaba algún tipo de demencia; que el 88% éramos autovalentes; y que el 84% no teníamos dificultad para aprender.

Así como aumentaron las personas mayores, también descendió la natalidad, por lo cual la tradicional pirámide demográfica se fue transformando en una esbelta vasija. Ello implicó que el mundo laboral vio reducirse la cantidad de jóvenes; ello constituyó una oportunidad para nosotros: recursos entonces destinados al reclutamiento e inducción de los menores, más los fondos disponibles para incentivar el retiro temprano, fueron destinados a actualizar nuestros conocimientos y adaptar las metodologías para favorecer nuestro aprendizaje.

Por supuesto la Revolución Digital nos pegó fuerte, especialmente a las mujeres de mi edad, no tan aficionadas a la tecnología. Para colmo, la escolaridad promedio de las personas mayores entonces llegaba a 6,6 años. Sin embargo, el trabajo a distancia y el acceso a la información nos facilitaron el aprendizaje.

Nuestro mayor logro fue haber acercado a las diferentes generaciones. Nadie quedó atrás y logramos instalar la idea de que, en tiempos de tan profundos cambios civilizatorios, nuestra experiencia y sincero interés por seguir aportando a la sociedad eran parte de la solución.

Nosotros, los baby boomers, fuimos reinventado todo a nuestro paso. Desde el inolvidable mayo del 68, adquirimos la experiencia que la sociedad podía ser cambiada. Entonces fue la política, la familia, la religión, el sexo. Luego la democracia, la equidad de género y el cuidado ambiental. Finalmente, nos correspondió resignificar la longevidad, como una bendición que requería ser cultivada desde las etapas iniciales, ya que de ellas dependería la cosecha final.

La amenaza del cambio climático fue el escenario perfecto para “ponernos en valor” ante los demás. En el planeta Tierra, nadie podía arreglar unilateralmente nuestro destino común. Todavía recuerdo la COP25 en Santiago, el año 2019. Las calles repletas de niños, jóvenes y nosotros los mayores. Paramos la ciudad para dejarles claro a los gobernantes de todos los países que debían revertir el deterioro del equilibrio natural.

Llegó esta niña de Suecia, Greta creo que se llamaba, y desató un movimiento imparable para detener la extinción de tantas formas de vida en la Tierra, incluida la especie humana. Los migrantes haitianos de principios de siglo ya nos habían advertido que al deterioro ambiental le seguía la pobreza, la ingobernabilidad y la violencia. Para entonces en Chile las crecientes marejadas estaban comenzando a destruir la infraestructura costera, inutilizando los sistemas de agua potable y salinizando las tierras fértiles. Las sequías de la zona central de Chile desertificaron los ecosistemas, generando una irrecuperable pérdida de biodiversidad. Todo ello obligó a ocho millones de chilenos a relocalizarse desde la Séptima Región al sur. Ello generó una pugna entre los habitantes del país, que implicó innumerables muertes de personas que intentaban rehacer sus vidas en territorios también tensionados por los incendios forestales, la disminución de los cauces naturales, la destrucción de los hábitat marinos y terrestres para la fauna y la flora.

De ese dolor, surgió la esperanza y nos pusimos en marcha. Nuestra generación se sumó con decisión, convencida de que podíamos escribir un nuevo final para la historia. Ello nos permitió avanzar hacia la verdadera civilización global, en la cual todos quienes sobrevivimos al desastre habíamos comprobado que compartíamos el mismo destino, por lo que no teníamos mejor opción que remar juntos hacia alguna playa. Incluso las familias de grandes fortunas entendieron a golpes la necesidad de renunciar a muchas de sus aspiraciones y privilegios, incluyendo la ilusión de trasladarse a otro planeta, o prolongar infinitamente sus vidas.

A partir de entonces, las personas mayores recuperamos el sitial en la sociedad que nunca debimos perder.