La hermana, la última novela de Sándor Márai publicada en español, es una reflexión sombría sobre la enfermedad y las vanas ilusiones de la droga. 

  • 10 agosto, 2007

La hermana, la última novela de Sándor Márai publicada en español, es una reflexión sombría sobre la enfermedad y las vanas ilusiones de la droga. Por Marcelo Soto.

 

Es raro lo que pasa con Sándor Márai en Chile. Sus libros son best sellers y se arman pequeñas disputas literarias en su nombre. Gonzalo Contreras lo defiende, Camilo Marks dice que lo descubrió, Alberto Fuguet lo tilda de kitsch. Cuando un autor llega tan cargado es difícil que la lectura no se contamine, pero haremos el intento.

 

La hermana, su último libro publicado en español –y que lleva varias semanas entre los más vendidos–, tiene una seductora, por momentos ingrata y ambigua tonalidad de fi n de mundo. Europa está en guerra. Miles de personas mueren, son torturadas, enviadas a campos, perseguidas como ratas, cada día, cada segundo. El protagonista, un escritor que puede ser el propio Márai, intenta escapar del infierno y se va a pasar la semana de Navidad a un refugio en la montaña en un lugar perdido del continente. Pero el clima es terrible y lo que prometía ser un descanso se convierte en pesadilla, insomnio, ansiedad. Allí conoce a Z. Y entonces termina la tempestad y comienza la novela.

 

Libro de destrucción, de males terminales, de parálisis, tanto física como emocional, su lectura, si no fuera por la prodigiosa capacidad de Márai de hacer una sinfonía de la desgracia, resultaría insoportable. Es la hora cero europea, cuando el alma o Dios han muerto.

 

Z. le dice al narrador: “Lo que sucede en el mundo no es más que sacrificio. ¿Cree que los pueblos, toda la humanidad asumen terribles sufrimientos, vierten ríos de sangre, destruyen las instituciones y los edificios más bellos sin motivo alguno? ¿De verdad cree que todo esto lo causa la voluntad de un puñado de personas perversas y malvadas?”. Z. es un músico de fama mundial, quien hace años dejó los escenarios sin razón conocida. “¿Qué le pasó?”, pregunta el autor. “Una enfermedad”, responde Z. “Tiene un nombre, un nombre que suena muy bien. Pero ese nombre no es más que un cubo de basura: echan en él toda clase de cosas. La realidad es la enfermedad, nada más”.

 

Y luego lo que viene es el diario de un enfermo, las memorias de Z., quien tras dar un concierto en Florencia sufre una crisis. Un extraño virus lo afecta, lo deja paralítico, sin habla, presa de terribles dolores que solo la morfina puede acallar. Pasa meses en un hospital, al borde de la muerte, en el limbo, esperando solamente que llegue le enfermera con la droga poderosa.

 

“Al cabo de un rato se oía por el pasillo el sonido apagado de pasos recatados, pasos de mujer que se dirigían hacia mi habitación, pasos sigilosos y cómplices, propios de las mujeres que a altas horas de la noche se precipitan al lecho de un hombre para llevarle felicidad, olvido, reconciliación, consuelo o amor… Y en esos instantes me daba igual en qué forma esos pasos me trajeran la felicidad: como amante que acude a una cita clandestina o como sustancia química”.

 

Si Lou Reed dijo que la heroína era su esposa, Z. afirma que la morfina es su amante, una amante insaciable, sucia, pecaminosa. En estos pasajes la novela de Márai alcanza una terrible densidad: las páginas se vuelven viscosas. El sudor, el tedio, los olores corporales y la falta de pudor del enfermo se traspasan a quien lee como un mal del que no queremos contagiarnos. Pocos libros han llegado tan hondo al describir la enfermedad, un estado casi feliz, porque ya hemos perdido toda esperanza y toda responsabilidad. Igual que Europa en llamas.

 

Al mismo tiempo, casi como un reflejo de la mala salud y la guerra, La hermana reflexiona sobre la inutilidad del amor. Una frase de Z. resume el tono sombrío que surca esta novela, escrita en 1947: “La razón no es nada. La pasión es todo”. Márai se quitó la vida 42 años después de publicar esa frase. Hay convalecencias que duran décadas.