Director Revista Capital

Casi como si se tratara de un viaje a toda velocidad en que los numerosos giros y baches del camino obligan a poner toda la atención del momento en la topografía de modo de evitar un accidente, en forma inadvertida y con rapidez insospechada comienzan a asomar en el campo visual “eventos” a los que ameritaría poner algo más de atención, antes de que adquieran la forma de turbulencias desestabilizadoras.

Hablamos de los procesos electorales de los años 2016 y 2017, a los que la clase política llegará inmersa en un proceso de desacreditación y desprestigio que esta vez sí parece avalar las históricamente bajas cifras de confianza y adhesión que han mostrado las encuestas.

En efecto, si bien el termómetro de las encuestas hace mucho tiempo ha puesto a los partidos políticos y a los parlamentarios en los peldaños más bajos de confianza y aprecio ciudadano, en los últimos meses la exhibición casi obscena de irregularidades en la política y la prepotencia que insinúa la falta de arrepentimiento de quienes han sido sorprendidos, anticipan que los niveles de desapego podrían coronar niveles superlativos. Eso sin contar los recurrentes escandalillos que golpean al plexo solar de las confianzas, como cuando algunos parlamentarios parten a viajes de placer en momentos difíciles para su electorado… y todo con la explícita complicidad y apoyo de sus colegas.

En la presente edición, aunque con alcance distinto, el escritor y ex ministro Roberto Ampuero habla de la profunda desconexión que se aprecia en Chile entre la elite política y la sociedad. Alude a que tanto “la izquierda caviar como la elite de derecha son asombrosamente autorreferentes”, al punto de no ser capaces de identificar las necesidades del país. Un problema al que nuestro entrevistado le asigna una gravedad mayúscula de consecuencias insospechadas.

Y ciertamente las tiene, claro que pocos han reparado en ello o, si lo han hecho, han comenzado a actuar en consecuencia. Tal vez malacostumbrados porque por años nunca se les pasó la factura, esta vez quizás deberían prestar más atención a las consecuencias. En especial luego de que la última elección presidencial se anotara entre las top mundial de baja participación ciudadana, cuestión que si bien algunos políticos complacientes asocian a que las cosas van bien (la gente no siente que sea importante ir a votar), en realidad tiene otra connotación si se cruza con lo que muestran las encuestas.

Los plazos se estrechan y no se aprecia mayor preocupación por el asunto. Es decir, no se ve una preocupación distinta a la típica que antecede a las elecciones y que toma la forma de una hoguera de vanidades, en donde candidatos oportunistas se empujan entre sí para salir a pelearse unos cada vez más escasos votos. Una imagen escalofriantemente parecida a la de la lucha carroñera en la vida silvestre. •••