• 17 junio, 2011



La economía entre 1950 y 2000 se expandió unas 50 veces, mientras la población se duplicó. El mundo es 25 veces más rico. Esta afluencia plantea la paradoja de que es imposible dejar de seguir creciendo, aunque la naturaleza no alcance para proveer las necesidades futuras de la población.

Lo que hemos apreciado en el siglo XX e inicios del siglo XXI es la masificación de la opulencia. No es que haya mejorado la distribución del ingreso, quizás es justo al revés. De hecho, el 1% es dueño del 40% de la riqueza total. Más de un tercio de los más ricos del mundo vive en Estados Unidos; un 27% en Japón; 8% en Alemania; 6% en Gran Bretaña, 5% en Francia y un 4% en China. Ahí está lo que podemos llamar la hiper-opulencia y la mayor extravagancia.


Por ejemplo, hay relojes de pulsera que pueden costar hasta 1,5 millones de dólares, zapatos con diamantes de 2 millones de dólares. La villa La Leopolda en Niza, de Roman Abramovich, cuesta unos 400 millones de dólares y cuenta con 50 jardineros. La casa de Donald Trump está avaluada en 125 millones de dólares. Motocicletas de producción normal, que andan a más de 300 kilómetros por hora, y muchos modelos de autos que superan los 500 mil dólares… Hay muchas joyas de más de 10 millones de dólares. Carteras de mujer de 250 mil dólares y más. Montblanc y Van Cleef & Arpels se asociaron para vender una pluma de más de 700 mil dólares, que demora más de un año en producirse por artesanos sofisticados. Pero hay varias que están en el rango de 40 a 50 mil dólares y hay una que supera los 1,5 millones de dólares: la Aurora Diamante, con 30 kilates en ella. Hay mascotas exóticas de hasta 60 mil dólares en el caso de chimpancés, o serpientes de 20 mil dólares. Todo esto, alguien lo compra.


Eso es extravagante, por decir lo menos; es el hiperconsumo.


El producto por persona en el mundo es alrededor de los 9 mil dólares. Luxemburgo es el país con mayor nivel, con un ingreso de 90 mil dólares por persona. Estados Unidos está más o menos en la mitad; Chile, en unos 15 mil dólares y los más pobres, como Etiopía y Burundi, con menos de 200 dólares por persona. Si lo miramos en el tiempo, en 1960 el país de mayor ingreso por persona era Estados Unidos y no llegaba a los 3 mil dólares. Luxemburgo era el 4°, con unos 2.300 dólares. Chile tenía 550 dólares por persona y los más pobres eran Malawi, Ruanda y Lesoto, que no llegaban a los 50 dólares por persona.


Lo que está ocurriendo en el siglo XXI es que muchas de las cosas que antes eran un lujo hoy son de acceso casi universal, o está en camino de serlo, porque sus precios han caído de manera francamente increíble. Entre 1960 y hoy, Chile y Angola doblaron su consumo de carne por persona; Brasil, incluso más, al igual que Belice y Ecuador. El hecho es que aumentó en casi todos los países del mundo. El consumo medio mundial de carne supera los 40 kilos al año –en los países desarrollados bordea los 80–. En Australia es de unos 110 kilos, mientras Luxemburgo y Nueva Zelandia andan alrededor de los 150 kilos de carne por persona al año.


Entre 1975 y el 2007, el consumo de café aumentó en un 20%, llegando a 1,3 kg/persona al año. Finlandia es el mayor consumidor de café del mundo y supera los 12 kg/ persona al año. Chile toma un poco menos de 1 kg promedio al año (0,8).


La economía entre 1950 y 2000 se expandió unas 50 veces, mientras la población se duplicó. El mundo es muchísimo más rico –de hecho, 25 veces más rico–, descontando la población. Esa es la base de la afluencia mundial, al margen de la distribución que, como hemos señalado, es muy desigual. Pero los ricos son cada vez más sofisticados, y buscan una nueva extravagancia, dejando de lado lo que antes lo fue. Esa “economía” que van abandonando se va –necesariamente– masificando.


Esta es una civilización claramente materialista o consumista; digamos, por oposición a una de carácter más espiritual o mágica. El mundo tiene hoy un automóvil cada 10 personas, un computador cada tres, un celular cada dos. Ni hablar de lavadoras, televisores, radios, relojes, microondas, DVD, y tantas otras tecnologías. Hace algunos años, muchas de esas tecnologías eran elitistas. Sólo piense por un instante lo que ha pasado con las industrias de cosméticos, perfumes, desodorantes, alimentos de mascotas, helados y refrescos, relojes, vestuario, entretención, deportes, cigarrillos, bebidas alcohólicas, viajes y turismo masivo. Todas, industrias que son obviamente “accesorias” para la vida humana y que se propagan como plagas por el mundo. Cerca de un 17% de la población mundial tiene sobrepeso; es decir, unos 1.200 millones de personas, ¿De qué otra manera podríamos interpretar todo esto, sino como formas de afluencia y consumismo? Para que exista consumismo debe haber demanda.


Esas cifras, en la tendencia actual, sólo van a aumentar, y de manera cada vez más veloz. Hay países, como Chile, que ya tienen más de un celular promedio por persona. Más allá de lo anecdótico, lo importante es entender la enorme maquinaria tecnológica que hay detrás, y que es muy difícil de parar.

El costo de detener la afluencia es quizás desastroso en vidas humanas, ya que la población es demasiada y requiere de esa infraestructura tecnológica global. La naturaleza no alcanza para proveer a esas cantidades de población, ni tampoco para darles empleo.


La sola incorporación de China a la carrera del consumo ha mantenido los precios de los commodities altos y eso seguirá de manera creciente si China sigue creciendo. Si a ello le sumamos la India y otros países asiáticos, la presión es simplemente enorme. China es hoy uno de los principales productores del mundo en muchos temas. Genera ciencia y tecnología propia de calidad. De hecho, es ya la segunda economía del mundo tras Estados Unidos. Y ello, con los niveles mundiales más grandes de pobreza e inequidad. ¿Qué pasaría si se detiene su crecimiento? ¿Qué pasará si sigue creciendo como en la última década? El mundo genera hoy unos 100 millones de toneladas de productos del mar (a consumo directo), de los cuales Japón consume el 10%. Si China quisiera ser como Japón (que ciertamente lo quiere), el problema pasa a ser grave. China usa unos 35 kilos de papel por persona promedio. Estados Unidos, 350 kilos. Si China va hacia los estándares de EEUU, no hay producción mundial posible: los bosques se acaban de inmediato.


Todo esto configura el síndrome de la bicicleta. Lo único que se no se puede hacer es dejar de pedalear. Hay que seguir pedaleando para no caerse. Dicho de otro modo: mientras más rápido se mueve la sociedad, más errores comete y más expectativas genera, y por ello la única posibilidad de sobrevivir es aumentar aún más la velocidad para tapar dichos errores. Parte de esto tiene que ver con la manera en que se ha expandido el conocimiento. Cuando pasamos de una lógica puramente deductiva, en que se avanza muy lento porque todo debe ser absolutamente coherente, a una inductiva basada en probabilidades, es como sacar el freno de mano en la cuesta. Cuando aceptamos verdades probabilísticas, estamos aceptando mucho error, y la respuesta natural es la velocidad para cubrirlos.


Pero la aceleración no puede continuar de manera indefinida. En algún momento explota, revienta. Esa es una de las grandes dudas del siglo XXI. La literatura reporta ampliamente el riesgo de extinciones masivas que enfrenta la civilización actual y que deriva de esta afluencia creciente y su impacto en la Tierra. A la tasa actual de uso del medio ambiente, sólo nos queda “naturaleza” productiva para 50 o 100 años, a lo más. Todo entonces será tecnológico.


Esta situación afecta al mundo como un todo. No hay soluciones locales relevantes. La globalización es inevitable, necesaria y, residualmente entonces, Matrix está ya a la vista.