De “Boogie nights” a “Petróleo sangriento”, la trayectoria de P.T. Anderson es la de un salto mortal.

  • 4 abril, 2008

 

De “Boogie nights” a “Petróleo sangriento”, la trayectoria de P.T. Anderson es la de un salto mortal. Por Christián Ramírez.

Entre las muchas culpas que se le cargan a Stanley Kubrick está la de haber concebido sus películas como obras de arte y no de entretención, de haber sido incapaz de unir lo mejor de los dos mundos, a lo Hitchcock. Basta mirar la reciente reedición de sus películas en DVD para comprobar que no es así, que el público –por propia elección– ha hecho de La naranja mecánica y El resplandor verdaderos clásicos populares, de esos que la gente tiende a repetirse una y otra vez, hasta que penetran en lo profundo de sus recuerdos.

Puede que en su perpetua resistencia a sentirse un simple entretenedor, Kubrick haya estado huyendo de la plaga que todavía afecta a tanto realizador estadounidense: la relativa incapacidad para madurar artísticamente y deshacerse de los tics, de lo que la gente ha llegado a considerar como marca de fábrica; los hombres de negro de Tarantino, los excéntricos de Wes Anderson, los misterios de Shyamalan, los mafi osos y los rockeros de Scorsese, la crueldad enmascarada en ternura de Spielberg y, hasta ahora, la pasión desaforada de Paul Thomas Anderson. Ello porque, después de fidelizar a buena cantidad de cinéfilos con Boogie nights y Magnolia, el director optó finalmente por efectuar un salto mortal.

Más allá de la tremenda actuación protagónica de Daniel Day-Lewis, de la notable puesta en escena, del gran nivel del todo y también de sus partes, la verdadera sorpresa de Petróleo sangriento (el cuarto largo de Anderson y el mejor estreno en lo que va de 2008) es lo ambicioso y despojado de los propósitos de su realizador quien, en lugar de construir un gran cuadro social con la historia de Daniel Plainview –un buscador de petróleo que se hace millonario tras comprar y explotar los terrenos de decenas de familias granjeras–, se zambulle hasta el fondo examinando su vocación por el trabajo, ansias de control, paranoia familiar, fe en el progreso y monstruosa competitividad: para el filme son menos importantes los millones que Plainview genera que la demoníaca energía que lo mueve, que lo ayuda a emprender pero también a aniquilar.

Basta ver la cinta para sentir que, en ocasiones, a Anderson el tema le queda grande, pero incluso sus dudas y vacilaciones se sienten más contundentes que todo el conjunto de vagas certezas conseguidas por algunos de sus compañeros de generación, que todavía no se resignan a salir del jardín de su casa y dejar, por fin, de jugar.