Ha pasado cerca de medio siglo desde que en plenos procesos de chilenización del cobre y, luego, de nacionalización del mineral, se acuñaran dos frases que aún se repiten insistentemente. La primera de ellas, “el cobre, la viga maestra de la economía” fue forjada por el presidente Eduardo Frei Montalva y la otra, que definió al cobre como “el sueldo de Chile”, lo fue por Salvador Allende.

Cincuenta años más tarde, los datos 2012 hablan de envíos de cobre al exterior que sumaron más de 42.000 millones de dólares, es decir un aún impresionante 57% del total de exportaciones de Chile. Si bien se trata de cifras que para algunos podrían tener una lectura preocupante, en cuanto revelan dependencia económica de un sector de actividad, lo cierto es que son la confirmación de que ambos ex mandatarios no estaban equivocados en su valoración de la importancia económica del cobre. Un recurso que por un período histórico relevante, y que promete prolongarse por décadas, de la mano de capitales privados y de la estatal Codelco, ha permitido a Chile contar con una actividad que ha tenido un impacto superlativo en el perfil de ingresos de la nación.

Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas cuando se desmenuza este descomunal negocio. En la industria hay preocupación, en particular con los costos energéticos y laborales, los cuales han estrangulado los márgenes operacionales y, de no contenerse, podrían terminar estrangulando a más de alguna faena, en caso de una baja de precios.

Los máximos ejecutivos de dos de las empresas mineras más emblemáticas del país entrevistados por Capital en el reportaje de portada comparten el diagnóstico. Es cierto, conceden, que la fiesta de los buenos precios puede haber producido alguna falta de disciplina en materia de control de costos, no obstante lo cual tanto Thomas Keller de Codelco como Diego Hernández de Antofagasta Minerals creen que la política energética registrada en los últimos gobiernos no ha sido funcional, no ha permitido una adecuada competencia y que ello los podría forzar a tener que incursionar en generación como forma de atenuar la amenaza. “Vemos que no hay nuevos proyectos eléctricos y eso nos afecta porque no tenemos precios razonables para firmar contratos y perdemos márgenes que son nuestros”, señala Hernández, quien en más de una oportunidad ha advertido que la minería no debe desechar integrarse hacia la energía.

De sus palabras se infiere claramente que nadie teme que las industrias o actividades económicas afectadas se vayan a quedar sin energía. El temor es que ésta se transe tan cara, que seguir operando deje de ser negocio, ya que los márgenes se los llevarán otros.

Se podría contraargumentar que esas son las reglas del juego, pero la verdad es que este fenómeno es privativo de Chile, lo que diluye la hipótesis y lleva a poner la mirada sobre quienes definen las reglas del juego y las políticas públicas. •••