• 1 marzo, 2018

Doctor en Ciencia Política, académico de la Universidad de Chile

Hace casi medio siglo una serie en la televisión norteamericana, All in the Family, retrataba la brecha generacional entre una pareja de clase media neoyorquina, un señor cincuentón de derecha, que apoyaba a Richard Nixon, y su hija y yerno, más progresistas. En un capítulo, el protagonista, Archie Bunker, aparece dando su opinión sobre las armas de fuego. Dice que la solución a los secuestros de aviones es que se les entreguen pistolas a todos los pasajeros, y así nadie se atrevería a secuestrar un avión. El público se muere de la risa.

Hoy parece que Archie ocupa la Oficina Ovalada. Desde allí, se propone que la solución a los tiroteos en los colegios de Estados Unidos es que se arme a los profesores. Lo que antes causaba burlas, hoy causa preocupación; lo que fuera comedia hoy es una propuesta presidencial.

Según CNN, de los 30 tiroteos masivos desde 1949, 19 han ocurrido en los últimos diez años. Los estudios demuestran, sin embargo, que no es que estos eventos estén ocurriendo con más frecuencia, sino que están matando a más gente. Esto, por la clara relación que existe entre la disponibilidad de armas de fuego (especialmente armas de asalto de gran potencia y rapidez) y las tasas de mortalidad de los ataques, la que comenzó a subir poco después de que caducara una prohibición de este tipo de rifles que estuvo vigente desde 1994 hasta el 2004.

El tipo de arma es un detalle importante, pero un detalle. El problema, por supuesto, tiene sus orígenes en algo mucho más profundo: la muy arraigada actitud hacia la segunda enmienda de la constitución estadounidense, la que declara que se garantiza “el derecho del pueblo a poseer y portar armas”. Desde luego, pocas veces se menciona la otra mitad del texto, la que explica que dicho derecho tiene que ver con “la necesidad de una milicia bien regulada”, en una época en que el país aún no contaba con unas fuerzas armadas profesionales. Para muchas generaciones, la segunda enmienda se asociaba a la imagen del cowboy, donde un arma de fuego garantizaba libertad e independencia.

La segunda enmienda fue agregada a la constitución en 1791, época en que las mujeres no votaban, los afroamericanos eran esclavos, y un soldado muy bien entrenado podría disparar su mosquete tres veces por minuto (el rifle usado en Florida dispara diez veces por segundo). Los tiempos cambian.

Es posible que los tiempos hayan cambiado lo suficiente para que esta vez sea diferente. La presencia en la Casa Blanca de un presidente incapaz de cualquier muestra de empatía, la reacción de los medios, y, más que nada, la capacidad comunicacional y organizacional de los sobrevivientes del tiroteo, hacen pensar que esta vez, quizás, algo podría cambiar.

La reacción de los alumnos del liceo Marjorie Stoneman Douglas nos recuerda el movimiento estudiantil chileno. Han tomado un tema con el que una gran parte de la población se siente identificada, cuenta con líderes carismáticos y articulados, utilizan con destreza tanto los medios sociales como tradicionales, y no solamente no les temen a las autoridades políticas, sino que los desprecian. Un buen ejemplo es el tweet de la estudiante Sarah Chadwick, que dijo que “deberíamos cambiarle el nombre a los AR-15 a “Marco Rubio”, porque son tan fáciles de comprar”. Marco Rubio es el senador de Florida que asistió a un debate televisado en que defendió su apoyo de la Asociación Nacional de Rifles (NRA, que donó 9.900 dólares a su última campaña electoral).

Los estudiantes han logrado algo parecido a sus contrapartes chilenos porque parten de un supuesto parecido: el de la superioridad moral. Están convencidos, correctamente o no, de que ellos vienen a arreglar lo que la generación anterior no quiso o no pudo. Existe, por ende, una fuerte identidad generacional, que a la vez transciende las divisiones partidarias y se suma a otros marcadores identidarios como el cosmopolitanismo, el nivel de educación y el urbanismo (en EEUU, por ejemplo, el 46% de los residentes en áreas rurales dicen poseer armas de fuego, en comparación con un 19% en áreas urbanas).

La brecha identidaria, en cuanto a generación, educación, inserción global, y geografía marca tanto la política como la desigualdad, que tal vez ha recibido más atención. Para la generación anterior la posesión de armas de fuego significaba libertad; según la encuestadora Pew, un 89% de los dueños dicen que tener armas de fuego es parte de su identidad.

Pero en los pocos días que han transcurrido desde el tiroteo en su colegio, los alumnos de Stoneman Douglas han logrado un cambio importante: instalar la idea de que poseer armas de fuego es, a lo menos, cuestionable, y que defender la segunda enmienda de la forma que lo hace la NRA, incluyendo armas de potencia militar, es derechamente nefasto. Con esto sube el costo político de ser apoyado y financiado por el NRA. Más de una decena de empresas han cancelado convenios con el NRA, conscientes de los costos de estar asociados con ese lobby.

En menos de dos semanas la fuerza de la juventud se ha hecho sentir. Como ocurrió con sus pares chilenos, aún queda por ver si su movimiento es sostenible en el tiempo, y si la clase política realmente llegará a comprender que sus demandas son parte de la brecha generacional que ha llegado para quedarse.