Es la obsesión de muchos nuevos movimientos y partidos en formación: venderse como castos, puros y virginales, alejados de las malas prácticas y de los vicios mañosos de sus exponentes más tradicionales. La promesa es una nueva forma de hacer política, éticamente impoluta, horizontal y participativa, de puertas abiertas y fraterna camaradería. Sin cocina. Sin macuqueros. Sin lucha de egos. Sin traiciones. Sin agendas personales. A veces, incluso, sin ideología. 

Pero asaltan varias preguntas. Primero, si acaso existe tal novel forma, tomando en cuenta las particularidades de la actividad política. Segundo, si es conveniente anunciar a los cuatro vientos que eres distinto a los demás, cuando aún no le has tomado el peso a las inercias del ejercicio del poder. Me inclino a responder negativamente a ambas. No existe una nueva forma de hacer política y cuando se dice, no es más que un eslogan. Acá no hay salvadores ni mesías. Nadie ha descubierto la piedra filosofal. La política es la política y siempre estará cruzada por las imperecederas debilidades humanas. La ambición por el poder no es un defecto de los políticos, sino su condición inherente y necesaria. Nos gusta pensar que somos moralmente mejores que nuestros rivales, pero sometidos a prueba reaccionamos en forma más o menos parecida. Por lo mismo, abusar del discurso de las manos limpias es un error estratégico. A la primera que te sorprenden haciendo lo que hacen todos los demás, el reproche es doble: no solo eres corrupto, también eres farsante. En cambio, los partidos viejos, curtidos en el arte de gobernar, son prudentes a la hora de escupir al cielo. Entienden que la lucha por el poder es como jugar en el Parque Schott en pleno invierno: todos salen embarrados. 

Este ha sido uno de los problemas que ha debido enfrentar el Frente Amplio. Dijeron que eran distintos. Ahora, los medios de comunicación y sus adversarios políticos festinan con sus episodios de crisis. Nada del otro mundo, pero terminan siendo amplificados por la propia hipersensibilidad de sus dirigentes y militantes. Recientemente, el alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp, se quejó porque su bloque estaba “en el peligroso camino de parecerse a una fuerza más en el escenario político”. ¿Y qué se supone que son? ¿Los elfos de Lothlórien? ¿Monjes tibetanos? ¡Son justamente una fuerza más en el escenario político! La gracia del Frente Amplio es que se trata de una tercera alternativa que viene a oxigenar el petrificado paisaje coalicional chileno, que tiene una vocación declaradamente autoflagelante respecto de los años de la Concertación y que se conecta naturalmente mejor con la experiencia histórica de la generación post-Pinochet. Es decir, un marco ideológico claro –a la izquierda del espectro–, un mito originario –las movilizaciones estudiantiles del 2011– y una estética atractiva –rostros frescos como de sitcom de Netflix–. Con eso basta. No hay necesidad de agregarle fanfarrias de virtuosismo moral. Ese camino conduce derechito a la frustración. Es cosa de ver lo que le ocurrió al propio movimiento social porteño que levantó la candidatura de Sharp: son los principales desencantados porque pensaron que gozarían de una alcaldía ciudadana y horizontal. Acusaron traición –échele un vistazo al libro de Rocío Venegas– cuando el Autonomismo se llevó la pelota para la casa. Pero quizás los ingenuos hayan sido ellos y sencillamente no haya forma de ejercer el poder que no tenga cierta verticalidad, hermetismo y horizonte electoral. 

Para qué hablar de Ciudadanos. Andrés Velasco irrumpió en política promoviendo las buenas prácticas. Si la encerrona del almuerzo millonario ya le hizo mella, el espectáculo tragicómico que está dando su partido en la elección interna es para cerrar por fuera. Aunque las sospechas de fraude recaen sobre los rivales del velasquismo –que habrían violentado las reglas electorales–, el desenlace no será feliz para ninguno. Los únicos que se ríen son Guido Girardi y Francisco Vidal, íconos de las malas prácticas en el relato original. Lo que ocurrió en Ciudadanos sería grave en cualquier partido –lo fue para la DC en el llamado Carmengate que selló la candidatura presidencial de Aylwin sobre Gabriel Valdés en 1988–, pero no todos los partidos nacen con un eje discursivo tan centrado en hacer una nueva política, limpia y honesta. Evópoli, por ejemplo, se concentró en un par de ideas de fondo –los niños primero, la meritocracia y la posibilidad de una derecha medianamente liberal en las llamadas materias “valóricas”– antes que jactarse de sus formas éticamente superiores a la hora de hacer política. Saben que en una de esas les toca participar de alguna cocina en el futuro. Porque cocina habrá siempre; la pregunta es cuán legitimados están los actores que participan en ella y cuánto recambio es necesario para que las elites no se estanquen. El Partido Liberal del diputado Mirosevic también ha tocado las teclas correctas, conectándose con la tradición del liberalismo decimonónico chileno, peleando por la autonomía personal en la arena legislativa y marcando el contraste con sus socios frenteamplistas respecto de la universalidad de los DDHH. No construyó su discurso sobre la base de una pretendida inmunidad frente a las tentaciones del lado oscuro de la política, que –sabemos– es un error subestimar. 

En resumen, el consejo estratégico parece ir por el lado de fortalecer la identidad ideológica antes que vestirse con ropajes santurrones. Principalmente porque la política no es para santos y tarde o temprano nuestros pecadillos quedarán expuestos frente a todos aquellos que alguna vez mandamos al confesionario.