• 3 junio, 2011



El desafío de las políticas públicas es incluir a todas las familias. Es respetar todas las opciones y evitar las exclusiones. Si se quiere proteger a la sociedad en su conjunto hay que cuidar a la familia, protegerla, ayudarla y, sobre todo, reconocerla, más allá de una tipificación formal.


Me parece que como sociedad gastamos demasiadas energías, recursos y discursos en “la familia” sin tener muy claro a qué nos referimos. ¿Qué entendemos por familia? Debería ser una pregunta resuelta antes de ponernos a pontificar sobre su importancia. Es evidente que lo que cada uno entiende por familia puede diferir de manera significativa. También acerca de sus necesidades y, por cierto, de la forma de resolverlas.

La familia, según la declaración universal de los derechos humanos, es el elemento natural y fundamental de la sociedad y es acreedora a la protección de la sociedad y del Estado. La familia puede surgir del establecimiento de un vínculo reconocido socialmente, como el matrimonio, la cohabitación u otras formas de unión, o a través de vínculos de consanguinidad.

Cuando el gobierno plantea la creación de un ministerio de Familia y Mujer, implícitamente adopta cierta definición de familia. De otro modo, hubiese bastado con ministerio de la Familia, a secas. De hecho, hay familias sin mujeres, familias sin hombres, familias compuestas por abuelos al cuidado de sus nietos (hijos de padres adolescentes), tías a cargo de sobrinos, etc. La diversidad es evidente. Al menos, para mí.

Es complejo cuando un gobierno diseña un conjunto de iniciativas para fortalecer la familia, y no es claro de qué familia se habla. Para tener una correcta discusión de política pública sobre familia, se requiere responder dos preguntas básicas. Primero, qué vamos a entender por familia. ¿Cuál es la definición funcional al diseño de políticas públicas que nos dará el punto de partida? Segundo, por qué se requieren políticas orientadas a la familia. ¿Cuál es la contribución de ésta a la sociedad que amerita una intervención a través de políticas pública? Sólo con una clara respuesta a estas dos preguntas podremos definir las políticas públicas adecuadas para fortalecer y apoyar a las familias.

Me incomoda y me parece incorrecto que la discusión sobre la familia en este país esté ligada a visiones conservadoras y que, por ello, muchos liberales o progresistas eviten usar el término. Por sobre todo, una familia es una unidad afectiva con distintos arreglos legales o sociales de unión. Los miembros que la componen son secundarios a su constitución. Una familia “tradicional” se puede descomponer y generar, por ejemplo, un padre que cuida y cría a sus hijos, madres solteras o abuelas jefas de hogar. Hay que respetar la diversidad y la libertad de los individuos para definir sus opciones de vida.

Todas estas familias desarrollan lazos afectivos, independientemente de su composición. Son miembros de una estructura ligada por el compromiso con el bienestar mutuo y eso basta para que sea interesante diseñar instrumentos que los apoyen en su cometido. Que potencien los esfuerzos que realizan.

El desafío de las políticas públicas es incluir a todas las familias. Es respetar todas las opciones y evitar las exclusiones. Si se quiere proteger a la sociedad en su conjunto hay que cuidar a la familia, protegerla, ayudarla sobre todo, reconocerla, más allá de una tipificación formal.

En educación, la evidencia muestra que más de la mitad de la variación en los rendimientos educacionales de los alumnos se explican por sus características familiares y su entorno. Lo que sucede al interior de la familia, sus recursos monetarios, físicos, de asignación de tiempo al trabajo, al esparcimiento, etcétera, tiene efectos significativos sobre los rendimientos y conductas de los niños.

En efecto, una familia en la que un adulto se involucra en el crecimiento y educación de los hijos reduce el consumo de drogas, alcohol y tabaco. Apoderados atentos al desarrollo y a los aprendizajes de los niños de los que son responsables generan mayor rendimiento escolar. La evidencia también da cuenta de una relación inversa entre tiempo destinado a los hijos y violencia.

Adicionalmente, cuando en un hogar se destinan más recursos hacia los niños, mayor es el rendimiento observado. Es decir, las mejoras en el desarrollo de los niños se observan tanto a nivel cognitivo como social.

El retorno a la inversión en fortalecer la familia es evidente y en eso, las políticas públicas juegan un rol fundamental si son capaces de focalizarse donde corresponde. Pero también es responsabilidad de la sociedad –en su conjunto– cambiar los discursos. Los más conservadores, siendo más inclusivos; y los progresistas, dejando atrás las etiquetas añejas de familias unidimensionales que los han hecho tomar distancia de las batallas que se libran en nombre de éstas.

La familia es un concepto amplio, lleno de colores, de historias, de soluciones diferentes. Es desde donde soñamos el tipo de sociedad que queremos para nuestros hijos, pero también para nuestro país. Las energías que cada familia canaliza en la búsqueda de bienestar va a dar finalmente a un mismo lugar: el desarrollo de la sociedad que compartimos.