Aunque muchos esperaban una obra de madurez, el nuevo disco de la cantante cae irremediablemente en la banalidad. Por Juan Venegas

  • 26 agosto, 2011

Aunque muchos esperaban una obra de madurez, el nuevo disco de la cantante cae irremediablemente en la banalidad. Por Juan Venegas

Si hay una palabra que define a Beyoncé es perfeccionismo. Esa idea inspira cada movimiento de su cuerpo, cada expresión facial y cada uno de sus malabarismos vocales. Pero esta no es una búsqueda nacida de la mera espontaneidad, sino que es producto de la dura disciplina a la que se acostumbró desde sus primeros pasos en los escenarios.

Beyoncé representa la clásica crónica de la niña prodigio, una historia en que se combina un talento brutalmente genuino con la influencia a menudo asfixiante de quienes la manejan. Fue Mathew Knowles, su padre, quien se encargó de controlar la carrera de la cantante desde su debut con Destiny’s child, a fines de los 90. Esa relación de padre-manager llegó a su fin a principios de este año.

Por lo mismo, cuando Beyoncé anunció el lanzamiento de su cuarto disco solista 4, lo hizo poniendo especial énfasis en su condición de joven “emancipada”, señalando que la grabación sería una demostración de libertad artística, de experimentación y reflejo de la madurez adquirida en la última década.

El plan era construir un álbum clásico, un trabajo que fuera capaz de desafiar el paso del tiempo. Un proyecto ambicioso para una artista que ha desarrollado su carrera musical basada en el éxito de canciones de pop liviano y pasajero. Pero una obra mayor, obviamente, no surge del simple ánimo de producirla. Más bien, es el resultado de una mezcla de elementos, que parten con el talento, pero al que debemos sumar cohesión ideológica, genio creativo y un porcentaje importante de sensibilidad.

Desde esa perspectiva, 4 se presenta como un acto fallido. Especialmente en la falta de lucidez a la hora de forjar su estructura final. El disco podría compararse con una escultura iniciada con el espíritu correcto, con las herramientas y materiales adecuados, pero que hacia el final de su ejecución, producto quizás de presiones comerciales o consejos inadecuados, termina por traicionar la idea original de su autora.

El álbum abre de forma mágnifica, con una refrescante e inusual secuencia de baladas, que se inicia con la intensa 1+1, en que Beyoncé demuestra toda la pasión y expresividad de su voz. En una misma línea le siguen I care y I miss you, dos canciones románticas, en las que Beyoncé bosqueja con reveladora inocencia sus propios horizontes melódicos. En Best thing I never had se adentra en el terreno de las grandes arenas, invocando desde Bruce Hornsby hasta Freddy Mercury. De ahí en adelante, el disco comienza a desmoronarse, perdiendo la congruencia lograda en su primera mitad. Vendrán Rather die young, un lite soul de los 90s, repetitivo y excesivamente nostálgico; Love on top, un liviano tema old school con reminiscencias de Michael Jackson; y Countdown y End of time, que revelan las fuertes influencias del nigeriano Fela Kuti, pionero del afrobeat de los 70. Son demasiadas las citas y también excesiva la mezcla de géneros, lo que hace que el disco pierda identidad. La última canción, Run the world (Girls), elegida como single promocional, sin duda es la peor composición de todo el álbum.

Beyoncé, armada sólo con su grandiosa voz y su fiereza interpretativa, aún no es capaz de llenar cada uno de los surcos con la honestidad, el peso y la emoción que se requieren para convertir a un disco en algo perdurable. Así 4, a pesar de sus buenas intenciones, termina por caer en la intrascendencia del pop sintético. Una caricatura que en vano pretendió eludir con este fallido intento por emanciparse.