Los moralistas que los años 60 y 70 anunciaban que Hollywood avanzaba sin vueltas al libertinaje se equivocaron medio a medio.

  • 24 agosto, 2007

 

Los moralistas que los años 60 y 70 anunciaban que Hollywood avanzaba sin vueltas al libertinaje se equivocaron medio a medio.Por Héctor Soto.

 

Como Hollywood –al margen de todo sentimiento de nostalgia, dicho sea de paso– se ha vuelto preadolescente y regresivo, y como los jóvenes de hoy se fascinan con La ciencia del sueño, una película que en otro tiempo ni siquiera hubiera sido aceptada en un club de señoras de punto correteado, es impresionante la velocidad con que las películas están perdiendo combustión erótica. Quien entre hoy a una multisala puede exponerse a muchas emociones e incluso a unas cuantas ideas. Pero es muy difícil que saque en limpio de ahí nociones poderosas sobre la experiencia de la seducción, en los términos que lo hicieron, no sé, Valerio Zurlini en La muchacha de la valija, Elia Kazan en Esplendor en la hierba, Fred Zinemamm en De aquí a la eternidad o Lawrence Kasdan en ese magnífico policial de los años 80 que fue Cuerpos ardientes, por citar cuatro películas que progresan en direcciones muy distintas. Lo concreto es que el de ahora es básicamente un cine casto. Peor que eso: hay que ver los grandes taquillazos de este año (Harry Potter, la enésima Piratas del Caribe, el enésimo Shrek, Los transformers) para comprobar que gran parte de la producción contemporánea simplemente amputó el deseo. Parecieran haber transcurrido siglos desde que cineastas como Brian de Palma (Vestida para matar, Estallido mortal, Doble de cuerpo) apelaron a un imaginario más adulto, perturbador y humedecido.

Curioso, desde luego. Ni los más estrictos moralistas hubieran imaginado tanta maravilla, sobre todo cuando en los años 60 y 70 anunciaban que Hollywood avanzaba sin vueltas al libertinaje y la disipación. En rigor no fue así. La guerra de las galaxias no solo reivindicó el formato de las superproducciones. Reactualizó también la patente de Hollywood como usina proveedora de espectáculos carísimos, familiares, un poco bobos y resueltamente evasivos. Es lo que se ha visto en los últimos 30 años y de esa línea de flotación –metros más arriba o metros más abajo– la industria no se ha movido.

No es que el hecho importe demasiado o tenga contornos particularmente traumáticos. Pero el fenómeno salta a la vista cuando el espectador se contamina un poco –solo un poco– con lo que se filma en otras latitudes. Cualquiera que se haya dado una vuelta por el Sanfic podría haber comprobado que aun en las películas asiáticas más abstractas y minimalistas las miradas, las proximidades, la dimensión física del cuerpo es un dato que está presente en la interrelación con los demás y en la temperatura ambiente. Pareciera que hay que ver cine de esas latitudes y también realizaciones latinoamericanas para recordar que la sexualidad, no siendo el único eje de la conducta humana –como lo sospechaba el softcore y lo creía a pies juntillas el hardcore– es una pulsión que no se puede pasar por alto así como así. El viejo Freud tampoco fue un mentecato o un riflero que el mundo de hoy pueda ningunear a su gusto.

El tema, en realidad, es fundamentalmente de atmósferas, es un punto en el cual Hollywood era la tierra prometida y en el que ahora apenas tiene densidad. Piénsese no más en lo enrarecidos que fueron los ambientes del cine negro. Recuérdese –oh, Barbara Stanwyck– la cantidad de mujeres fatales, irresistibles seductoras y malísimas que lo poblaron. Rescátense las distorsiones que puede anudar una pasión tan descontrolada como la de Duelo al sol, donde Jennifer Jones y Gregory Peck literalmente ardían de deseo, de odio y de balazos mortales en los desiertos californianos. Hasta en Casablanca, la mítica realización de Michael Curtiz con Ingrid Bergman, Humphrey Bogart y Claude Rains, hay una tensión sexual no resuelta que ruborizaría a los productores gringos de hoy. Mucha gente inteligente da por hecho que las películas de entonces eran de una ingenuidad beatífica. Dios los guarde. Los únicos ingenuos son ellos.