Desde por lo menos la década de los 80, las actitudes de Donald Trump hacia las minorías raciales han sido conocidas. Fue en 1989 que el actual presidente de Estados Unidos publicó un aviso de página completa en el New York Times, pidiendo la pena de muerte por cinco jóvenes afroamericanos que habían sido acusados de violar a una mujer que trotaba en Central Park de Nueva York. Los jóvenes fueron condenados y enviados a la cárcel. Pero unos diez años más tarde, un violador conocido confesó que fue él el que había cometido el crimen. Los jóvenes –a los cuales Donald Trump llamó a ejecutar– fueron liberados.

Desde entonces el patrón se ha repetido e intensificado. Durante la presidencia de Barack Obama, Trump fue uno de los personajes públicos que más insistió en que el otrora presidente diera pruebas de que había nacido en los EE.UU., haciendo eco de teorías de conspiración que circulaban en medios sociales. En 2015, lanzando su campaña presidencial, Trump anunció su intención de construir un muro entre México y EE.UU. porque el país vecino, según el candidato Trump, “no estaba enviando su mejor gente”, y los que llegan “traen drogas. Traen crimen. Son violadores”.

La reacción fue inmediata y fuerte. Nunca antes se había lanzado una campaña presidencial insultando no solamente a un país vecino sino que a millones de ciudadanos y residentes estadounidenses.Pero para Trump fue un triunfo; había establecido su marca, y se había ganado la aprobación y admiración de un sector minoritario pero importante del electorado.

Con el tiempo Trump aprendió que podría llegar a la presidencia en la medida que mantuviera el apoyo duro de esta minoría, un 25%-30% del electorado. Los Demócratas estaban divididos entre Clinton y Sanders, entre una centro-izquierda y una izquierda más dura (para estándares estadounidenses). Y también aprendió que si, de vez en cuando le tiraba algo de carne la jauría,  ésta seguiría apoyándolo.

Entonces cada cierto tiempo tuitea o dice o intenta hacer cosas que causan furor. Una de sus primeras medidas al llegar a la Casa Blanca fue tratar de imponer una prohibición de ingreso para personas algunos países musulmanes (esta fue derrocada en los tribunales, pero no antes de que docenas de personas fueron deportadas al llegar a aeropuertos estadounidenses). Después de que marcharan neo-nazis en Charlottesville, Trump dijo que le parecía que había “gente buena por ambos lados”. Trataba a Elizabeth Warren, que había dicho que tenía ascendencia indígena, de “Pocahontas”. Más recientemente, el gobierno ha implementado una política de separación de niños de inmigrantes ilegales, resultando en miles de infantes encerrados en centros de detención, sin los más mínimos cuidados necesarios.

La polémica más fuerte de los últimos meses surgió cuando Donald Trump sugirió que cuatro congresistas – todas mujeres y miembros de alguna minoría étnica– “vienen de países cuyos gobiernos son una completa y total catástrofe” y que deberían “regresar y ayudar a arreglar los lugares totalmente destrozaos e infestados por crimen, de dónde vinieron”. Tres de ellas ‘vienen’ de los Estados Unidos, y todas son ciudadanas y congresistas, pero el punto estaba hecho: si no eres de color o religión o orientación sexual o incluso del mismo género que el presidente de los Estados Unidos, no eres considerado por esta administración 100% estadounidense, y estás sujeto a que te soliciten que te vayas.

Al observar lo que ocurre, los periodistas y analistas políticos buscan algún gran diseño político o electoral. Tal vez, al atacar a las cuatro congresistas que comparten posturas bastante izquierdistas dentro del Partido Demócrata, Trump desea empujar a los Demócratas, que se ven obligados a defenderlas, hacia la izquierda.

La verdad es más sencilla y está a plena vista. La estrategia es el racismo. Los ‘violadores’ eran inocentes, Obama nació en EE.UU., y las cuatro congresistas no vienen de otro lugar. La supuesta ‘invasión’ que significaría una caravana de migrantes que se aproximaba hacia la frontera entre EE.UU. y México apareció unas pocas semanas antes de las elecciones del Congreso de 2018. Después de las elecciones, no más caravana.

Numerosos estudios académicos han demostrado que el factor más influyente para predecir el apoyo electoral para Donald Trump no fue ni situación económica ni ideología. Fue el tema de raza.

En este sentido, Estados Unidos no es un caso único. En España se escuchan discursos anti-musulmán, los judíos franceses emigran a Israel por el antisemitismo que han enfrentado, y en Chile las voces anti-migratorias aparecen cada vez más dentro y fuera del gobierno.

Pero EE.UU. tiene una historia particular, y el tema de raza es uno de los clivajes fundacionales de su cultura nacional. Ha sido causa de una guerra civil y de fuertes conflictos en el siglo pasado. Al explotar las divisiones raciales –porque en realidad no ofrece mucho más– Trump está jugando con un fuego que podría durar mucho más que su período como residente de la Casa Blanca.