Don DeLillo recrea en su última novela el momento en que los aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas y lo que vino después. Un viaje pavoroso. POR MARCELO SOTO Hay quienes leen para evadirse, para sentir un placer ligero como la sed saciada por una gaseosa. Ese tipo de lectores, que son tan respetables […]

  • 30 noviembre, 2007

Don DeLillo recrea en su última novela el momento en que los aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas y lo que vino después. Un viaje pavoroso.
POR MARCELO SOTO

Hay quienes leen para evadirse, para sentir un placer ligero como la sed saciada por una gaseosa. Ese tipo de lectores, que son tan respetables como cualquiera, debería abstenerse de revisar las páginas de El hombre del salto, la última novela de Don DeLillo, con seguridad uno de los mejores escritores estadounidenses de hoy.

Este es un relato duro, fatigoso, dominado por una sensación de perplejidad y negro pesimismo, sobre un tema que nadie, hasta ahora, había tratado de una forma tan frontal, sin ambages. La acción comienza el 11 de septiembre de 2001, inmediatamente después de la caída de las Torres Gemelas. “El estrépito permanecía en el aire, el fragor del derrumbe. Esto era el mundo ahora”.

El protagonista, Keith, que se encontraba muy cerca del lugar donde impactó el primer avión, milagrosamente salva con vida. Cubierto de polvo y sangre y cristales, llega hasta la casa de su mujer, Lianne, sin saber mucho por qué. Hace tiempo que están separados. Juntos van al hospital, donde revisan el cuerpo de él en busca de restos de “metralla orgánica”, las minúsculas partes humanas de los atacantes suicidas que salen disparadas como proyectiles.

Keith está bien, salvo unos rasguños, pero algo ha cambiado, algo que lo deja a la deriva. Se enreda con una chica que también estuvo en las Torres, mientras Lianne, histérica, entre la rabia y el dolor, camina hacia un pozo sin fondo de resentimiento y mala conciencia.

DeLillo tiene una inigualable capacidad de descolocarnos, su realismo es tan severo y detallista que llega a ser irreal. Sabe captar la locura y las contradicciones del ambiente como pocos, siempre con el sexo y la muerte acechando, como únicas verdades en un mundo que cae.

El hombre del salto está lejos de ser perfecta, pero contiene momentos certeros, chispazos imborrables, sobre todo cuando conecta el horror con los hechos cotidianos. En un capítulo vemos a Hammad, uno de los terroristas suicidas, a bordo del avión justo antes de impactar. No piensa en odio ni en religión. Sólo observa una botella que se mueve en el pasillo, entre gritos y humo: “Se quedó mirando cómo rodaba de aquí para allá, una botella de agua, vacía, trazando un arco en una dirección y luego volviendo en la dirección opuesta, y vio que rodaba con más rapidez y que luego brincaba en el suelo una fracción de segundo antes de que la aeronave chocara con la torre, calor, luego carburante, luego fuego”.