Kura biotec descubrió una innovadora enzima que detecta la presencia de drogas a partir del abalón rojo, un molusco chileno. Con importantes clientes alrededor del mundo, entre los que se cuentan el FBI y la Agencia Mundial Antidopaje, hoy, tienen la mirada puesta en la genética: la idea es desarrollar soluciones para la detección precoz de enfermedades como el cáncer.

  • 20 septiembre, 2019

Manuel Rozas, gerente científico de KURA Biotec –empresa biotecnológica especializada en procedimientos analíticos mediante la producción de enzimas–, siempre le llamó la atención lo que pasaba con la infinidad de desechos que la industria acuícola liberaba en sus procesos productivos.

El biólogo, con mención en bioprocesos de la Universidad Católica, sabía que las cabezas y tripas de los pescados se reutilizaban para hacer subproductos como harinas y aceites. Lo supo desde niño: su padre, Martín Rozas, fue pionero en la industria del salmón en la Región de Los Lagos. Creó junto a un grupo de socios la salmonera Pacific Star (hoy Salmón Austral) y, más tarde, el holding Fiordo Austral, uno de los mayores fabricantes de subproductos acuícolas.

Pero Manuel (36) quiso ir más allá. Su espíritu emprendedor –es miembro de Endeavor, organización que congrega a los mayores emprendedores del mundo– y el genuino interés por revalorizar estos residuos y disminuir su impacto ambiental lo llevaron a idear nuevas soluciones con un valor agregado, incorporando la biotecnología en los procesos. 

Puntualmente, se focalizó en trabajar con las vísceras del abalón rojo, un molusco similar al loco que se cultiva en Chile y que tras un tratamiento biotecnológico arroja una enzima. Es esta enzima la que se utiliza en varios de los test de sangre y orina para detectar la presencia de drogas. Actualmente, son empleados por laboratorios y empresas de análisis internacionales. Entre sus clientes se encuentra el FBI.

El secreto del abalón rojo

Inmediatamente después de titularse, en 2009, Rozas creó GOMA Biotec, su primera start-up, con un fondo Corfo de 6 millones de pesos. Se trataba de un laboratorio artesanal ubicado en el piso 14 de un edificio en pleno barrio El Golf de Santiago. Allí, entre otras cosas, analizaban las vísceras del salmón: con ansias buscaban alguna enzima que pudiera ser utilizada en algún proceso biológico novedoso.

Pero fue una visita a ACSA, la fábrica que tiene su padre en Coquimbo dedicada al cultivo y engorda del abalón rojo, la que le dio la clave que tanto buscaba. Mientras recorría las instalaciones, le llamó la atención un grupo de científicos norteamericanos que se paseaba al igual que él por la industria y que mostraba un especial interés por comprar las vísceras frescas de este invertebrado marino. Sin saber qué propiedades tan especiales podría tener la concha y los restos del molusco, decidió investigarlo.

Lo hicieron aplicando el mismo tratamiento que habían usado con los salmones. “Hasta ese minuto estábamos enfocados solo en las vísceras del salmón, pero en el emprendimiento se habla mucho de ‘pivotear’, que es la capacidad de ajustar la idea inicial y darle un nuevo foco al encontrar valor en otro aspecto o proceso”, comenta el biólogo. Tras sesiones de ensayo y error lograron develar lo que el abalón rojo escondía: se trataba de una enzima de altísima pureza que podía ser usada en el rubro toxicológico y que bautizaron como BG100.

En 2011, Rozas decidió radicarse en Puerto Varas junto a su señora Nicole Harvey –fundadora de la heladería a base de leche de ovejas 8 Reinas– y sus cuatro hijas. Allí estaba más cerca de sus proveedores y del nuevo producto que investigaba. Trasladó el laboratorio que tenía en Santiago y lo instaló en la pieza de servicio de su nueva casa.

En septiembre de ese año, Rozas partió con una maleta llena de muestras de su enzima envasadas en pequeños frascos de vidrio, a participar como expositor en una feria de toxicología forense organizada por la SOFT (Society of Forensic Toxicologists, Inc.) en San Francisco (Estados Unidos). Fue ahí donde dimensionó que su enzima era de altísima calidad y pureza y que podía ser utilizada para la detección de drogas.

También atisbó que su descubrimiento podría transformarse en un negocio sumamente rentable, debido al gran interés mostrado por los participantes de la feria y porque se enteró de que el mayor proveedor de esta enzima en Estados Unidos estaba con problemas de stock. Poco tardó en recibir las primeras órdenes de compra por parte de laboratorios norteamericanos, los que solicitaban muestras de la enzima para poder utilizarlas con sus clientes.

Enzimas superpoderosas

A fines de 2012 el biólogo decidió independizarse y en marzo de 2013, con un capital inicial de 30 millones de pesos a partir de ahorros y préstamos, fundó KURA Biotec, su segunda start-up, haciendo alusión al significado de la palabra “piedra” en mapudungún. “KURA, porque quise desde el primer minuto que fuera una base sólida, mi piedra angular, en un mundo de emprendimiento donde todo es cambio continuo”, dice Rozas.

La pureza y rapidez de la BG100 son notables. Capaz de detectar la sustancia prohibida en una hora, cuatro veces más rápido de lo que se demora la enzima del caracol usada por los laboratorios hasta ese momento, le significó a KURA Biotec batir un récord en la industria y a partir de ese momento el crecimiento de la empresa fue exponencial: un 55% anual.

Luego de este hito, se enfocaron en crear un catálogo de aplicaciones o formas de usar esta enzima para detectar sustancias ilícitas con los más variados objetivos, como antidoping, perfiles hormonales y detección de prácticamente todas las drogas en la más mínima cantidad.

Ninguna se libra. Detecta marihuana; opioides, que incluyen la heroína; opiáceos presentes en drogas legales sobremedicadas para calmar el dolor y que generan más de 70.000 muertes al año; la codeína de los remedios para la tos, entre muchas otras. Todas ellas pueden ser detectadas en animales, personas e, incluso, en cadáveres con enzimas producidas en Puerto Varas.

En cinco años, la cartera de clientes aumentó exponencialmente. Hoy cuentan con compradores de las más diversas industrias, como el FBI, la Fuerza Aérea estadounidense, la Agencia Mundial Antidopaje (WADA) que fiscaliza las Olimpiadas, el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA) y muchos laboratorios privados que aplican el testeo a sus clientes en Canadá, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, Japón, Corea y Singapur. Recién este año cerraron el primer negocio con un cliente chileno. Se trata de una empresa que diagnostica hormonas en carne animal.

En términos de cifras, el éxito es evidente: a nivel mundial, la industria del diagnóstico toxicológico mueve entre 40 y 50 millones de dólares anuales y KURA Biotec se ubica en el podio, disputando el primer o segundo lugar. Además, solo en términos de aplicación de test, el año pasado se realizaron aproximadamente 20 millones de muestras avaluadas en más de un millón de dólares.

Un nuevo récord

No obstante el evidente éxito, Rozas no se quedó tranquilo con el hecho de haber producido la enzima más rápida y pura de la industria. En paralelo, comenzó a desarrollar otra de creación propia, a la que bautizó como BGTurbo. Elaborada a través de modificaciones genéticas por medio de un modelo computacional, esta volvió a batir el récord mundial de rapidez. Si la BG100 había disminuido de cuatro a una hora el tiempo que se demoraban en detectar un narcótico, la BGTurbo revolucionó la industria al reducir el tiempo a escasos diez minutos.

Para Eduardo Wallach, director ejecutivo de la compañía y socio desde 2018, lo que diferencia a KURA Biotec de su competencia –dos laboratorios estadounidenses, uno de ellos Merck Millipore– está en la propuesta de valor de la empresa: “Ofrecemos más de cien aplicaciones distintas para el uso de la enzima y, según las necesidades de los clientes, ideamos nuevos usos”.

Y agrega: “KURA constantemente se autosupera, tanto en los productos como en la formación de su equipo. Nuestro sueño es transformar a Puerto Varas en un polo de biotecnología”. Para conseguir esto, en noviembre de 2018 inauguraron sus nuevos laboratorios, en un edificio en pleno Puerto Varas con vista al lago Llanquihue y al volcán Osorno, construido especialmente para la instalación de los nuevos equipos de última tecnología y con más espacio para recibir a futuras contrataciones.

“Estamos ubicados en un lugar privilegiado porque creo que el entorno en el que trabajemos tiene un impacto inmediato en el desarrollo de nuestra empresa”, comenta Manuel Rozas. Y añade: “En 2013, partí solo en mi casa, luego fuimos tres y en los últimos dos años nos pegamos una aceleración importante, que coincide con la llegada de Eduardo a la gerencia”. De 11 personas que integraban el equipo en 2018, pasaron a ser 30, formando un grupo culturalmente diverso con colaboradores de Puerto Varas, Rancagua, Santiago, Sudáfrica y Estados Unidos.

El éxito del emprendimiento ha llevado a Rozas y a KURA Biotec a recibir importantes reconocimientos, como el Emprendedor Endeavor en el ISP (International Selection Panel) de Palo Alto, Estados Unidos; el premio MIT Innovators Under 35-Chile, publicación norteamericana que ha reconocido a jóvenes como Mark Zuckerberg, creador de Facebook; y en los 100 Jóvenes Líderes por El Mercurio en 2016. Además de los premios Avonni Innovación 2014, Ají Challenge 2013 y Jóvenes Influyentes del Diario Financiero en 2017.

De Puerto Varas al mundo

El éxito de la compañía se ha traducido en el gran interés que hay en la comunidad de negocios por participar como socios o inversionistas en esta empresa. Sin embargo, por el momento no hay lugar ni posibilidades para entablar ese tipo de conversación. Tampoco hay espacio para mover la empresa de Puerto Varas, a pesar de que sus clientes estén a más de 9.000 kilómetros de distancia, como es el caso del FBI. Por esto, en mayo de 2017 abrieron una sucursal en Los Ángeles, Estados Unidos, donde tienen un equipo a cargo de las ventas muy especializado.

“La única forma de mantenerte vigente en el tiempo es la cercanía con el cliente y construyendo marca. De hecho, la manera de competir en este mercado es que, siendo una empresa chilena, de cara a nuestros clientes operamos como una compañía gringa. Actuamos como un player del mundo, al margen de que desarrollemos y produzcamos en Puerto Varas”, enfatiza Wallach. 

Y agrega, “una de las cosas que queremos lograr es mostrar que uno puede hacer una empresa de calidad mundial sin la necesidad de estar en la capital, porque para nuestros clientes Santiago y Puerto Varas están igualmente lejos, y pese a la distancia tenemos un impacto global importante”. 

Para ellos sería posible producir en Estados Unidos, dicen, pero no está en sus planes, porque KURA Biotec se fundó buscando impactar en su ciudad de origen y manteniendo la calidad de vida que Puerto Varas les proporciona. Es más, parte de su inspiración es atraer talentos que formen otros nuevos para convertir a esa ciudad sureña en un polo biotecnológico mundial.

Si bien su foco es el rubro toxicológico, todos los esfuerzos están en cómo usar esta posición para hacerse un espacio en el área de la genética, desarrollando soluciones para optimizar los test de ADN o  para la detección precoz de potenciales enfermedades como el cáncer, por ejemplo.

También tienen en la mira el mundo de la proteómica, que estudia la presencia de proteínas en distintas muestras. La idea podría ser el desarrollo de aplicaciones que faciliten la detección de las proteínas en alimentos para el combate contra las alergias alimentarias, tan comunes hoy en día.