Si a algo se parece lo nuevo de David Lynch es a una pintura de dimensiones gigantescas. Con razón cuesta tanto absorberla de una sola vez.

  • 16 noviembre, 2007

Si a algo se parece lo nuevo de David Lynch es a una pintura de dimensiones gigantescas. Con razón cuesta tanto absorberla de una sola vez. Por Christián Ramírez.

¿Han estado en un museo, frente un cuadro de gran tamaño? Seguro que sí. ¿Y cómo lo abordaron? ¿Alejándose, acercándose mucho?, ¿observando porciones, tratando de seguir la acción? No hay una manera definida, pero está claro que ese tipo de obras no se pueden abarcar de golpe.

Así pasa con Imperio, alias Inland Empire, lo nuevo de David Lynch. El símil que más rápido se me viene a la mente es el de una tela enorme y repleta de pequeños detalles, con la que el público debe convivir mucho rato antes de encontrarse cómodo en su presencia, antes de encontrarle sentido.

Tal vez por eso es que dura tres horas; por eso, también, es que su director no la confeccionó de una sola vez, sino que filmó a su propio ritmo en un fragmentado rodaje que se extendió por más de dos años; y por eso mismo que Lynch insistió en producir, dirigir, operar la cámara, componer la música, montar imagen y sonido. Hacerlo todo. Realizar la película como con pincel, como si estuviese pintando un cuadro.

Pocos cineastas se han tomado tal nivel de molestia –Chaplin, Welles en los 60, Godard en los 70–, y de hecho el propio Lynch había intentado algo parecido en Eraserhead, su primer largo, pero nunca con el grado de control y concentración que obtiene al contar la saga de Nikki Grace (Laura Dern), una actriz que se deja manipular por lo que parece el papel de su vida en el remake hollywoodense de un maldito filme alemán. Claro que esa es la anécdota: son los estados de ánimo, las conductas de decenas de personajes, la sexualidad, las historias dentro de las historias y la energía contenida plano tras plano los que se sitúan al centro de este artefacto que a ratos parece un cuento fantástico, un largo sueño o una persistente maldición.

Con Imperio ocurre lo mismo que con ciertas obras maestras: más que disfrutarla, uno sobrevive a ella. Y tal vez sea eso lo que la convierte en una experiencia impagable.