Director Revista Capital

En una reciente entrevista a Diario Financiero, el presidente de Empresas Copec, Roberto Angelini, tuvo la valentía de pronunciar una frase que a todas luces iba a desatar el bullying de las hordas que, emboscadas en el anonimato digital, no hacen sino intoxicar la atmósfera social y oxidar los engranajes que le permiten avanzar con cierta armonía.
Angelini dijo que “hoy es duro ser empresario en Chile”. Sí, eso dijo. Una frase provocativa para quienes, con la imperdonable complicidad de malos empresarios, han hecho un trabajo de joyería para hacer que esa palabra, empresario, sea sinónimo en el imaginario colectivo de privilegios y abuso.

Una asociación que busca asimilar la noción de empresa y el hacer negocios (que etimológicamente no es otra cosa que negar el ocio) con lacras que violentan a la sociedad y las leyes, pero que en el fondo emanan de la naturaleza humana, dado que se expresan con similar esplendor en los más variados tipos de organizaciones que se han dado las personas para vivir en sociedad. Y es que una mínima honestidad obliga a asumir que los escándalos y abusos afloran con idéntica frecuencia en gobiernos, poderes legislativos, iglesias y hasta altruistas organizaciones no gubernamentales, todas las cuales tienen como común denominador a seres que han traicionado los principios que inspiraban su operación.

Pero no se trata de resignarse a la condición humana. Dado que el fatalismo es una doctrina que en el fondo niega la libertad de las personas y como el mal de muchos es por definición el consuelo de los tontos, quienes creen que la empresa es un tipo de organización virtuosa y en evolución hacia estadios más avanzados no deberían conformarse con el 15% de confianza que los chilenos tienen en ellas, según mostró la última encuesta CEP.

Nada de eso. Quienes de verdad creen que el progreso y bienestar pasa por tener más y mejores empresas, frente a esta realidad lo que tienen que hacer es acometer con mayor vehemencia e inspiración el esfuerzo que hace falta para conectar emocionalmente a la iniciativa privada, al emprendimiento, a la innovación sistemática y la creación colectiva de bienes y servicios que la sociedad requiere (que en el fondo es hacer empresa), con los afectos de las personas, las mismas que dicen no quererlas en general, pero que a la hora de valorar la empresa en que trabajan tienen una mucho mejor opinión.

Lo que hace falta es un trabajo introspectivo y serio de los líderes y ejecutivos de las empresas. Una intervención a fondo y esencial en su manera de hacer las cosas. No creer que es un tema de cosmética, de dos o tres ideas al voleo de un asesor comunicacional. Es mucho más que eso, porque de lo contrario el resultado será vano y quizás para peor. En el fondo, como lo sostiene el libro de Godoy y Opazo sobre estrategia corporativa y comunicación, lo que se debe asumir es que “La empresa es el mensaje”.