Por Vivian Berdicheski S. Fotos: Marco Gatica, El Mercurio A los 15 años, Carolina Edwards se fue, con su familia, a vivir a Estados Unidos. De todo el clan, fue la única que no volvió por un buen tiempo: 33 años en total. Hizo una vida en torno al arte, se casó, tuvo tres hijos, […]

  • 2 mayo, 2014

Por Vivian Berdicheski S.
Fotos: Marco Gatica, El Mercurio

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A los 15 años, Carolina Edwards se fue, con su familia, a vivir a Estados Unidos. De todo el clan, fue la única que no volvió por un buen tiempo: 33 años en total. Hizo una vida en torno al arte, se casó, tuvo tres hijos, se separó. Primero estudió fotografía en Denison University, después grabado en Cranbrook Academy of Art.

Vino a Chile hace 10 años a exponer cuando su padre, Agustín Edwards -presidente del diario El Mercurio-, le pidió que se quedara un tiempo para ver el funcionamiento de la empresa. No lo pensó dos veces; desde el primer día quedó prendada de la energía que se vive en las salas de redacción.
“Es un mundo, la gente es fascinante, el ritmo increíble, la curiosidad que existe por saber la noticia antes que otros… Una adrenalina total a la cual te acostumbras”, explica. Tanto así que nunca más se fue. Solo se sube a un avión -le tiene terror a volar-  cuando va a ver a sus hijos ya mayores que residen en California. Durante el mes de julio arrienda una casa en Santa Mónica por tres semanas, las que dedica exclusivamente a estar con sus retoños, andar en bicicleta, ir a la playa y disfrutar en familia.

Pero su nueva casa es Chile y lo vive intensamente. Le fascina Santiago y según cuenta le faltan horas al día para hacer todo lo que le gusta. Entre las labores en el diario como asesor consejo presidencia, la pintura y los encuentros con los amigos no le queda mucho tiempo.
Carolina Edwards es de sonrisa fácil, de ojos grandes que brillan según el entusiasmo del tema, y de severa expresión cuando siente invadido su metro cuadrado. En ese caso, es mejor cambiar de tópico. Se emociona casi hasta las lágrimas cuando habla de sus padres y de su tío Roberto Edwards, por quien siente gran admiración y cariño.

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No fue fácil dar con ella, es reacia a las entrevistas, pero finalmente cedió advirtiendo que “de política, no hablo”. Su trabajo puede ser descrito como abstracción expresiva; concibe la superficie de la obra colmada de distintos materiales -fotografías, papeles, pintura, etc.– que dialogan entre sí para dar vida a un mundo abstracto que puede aludir al evangelio según St. James, una serie de cuadros inspirados en las letras del abecedario o bien el planeta visto desde el cielo. Trabaja con la música muy fuerte y la televisión prendida, en el caos, porque de esa manera alcanza un estado en el que todo se conjuga para que la obra tome cuerpo. Es así desde siempre, incluso cuando sus hijos eran pequeños y revoloteaban a su alrededor mientras pintaba.
Al regresar a Chile se asombró al descubrir que las casas ubicadas en Américo Vespucio se convirtieron en edificios. Y se sorprendió aún más cuando vislumbró que en el país no existía un libro de arte que planteara una perspectiva nacional sobre la materia. Por eso, decidió realizar una labor que comenzó en la sección de cultura en el diario El Mercurio y que años después se convirtió en el libro Aprendiendo a Mirar (primera edición 2007). Un trabajo que recogió las 150 publicaciones de esta columna y que se repartió en todas las bibliotecas y colegios subvencionados, varios de los cuales Carolina visitó personalmente. Su búsqueda es que la gente viva y entienda el arte, partiendo por profesores motivados y empoderados en la cultura. Tal como ella.

-Hiciste un libro sobre cómo ver el arte. A tu juicio, ¿cómo se educa la mirada?
-Quizás abriendo la mente para poder ver cosas. Una persona puede ser muy viajada y de mente cerrada, puede tener oportunidades increíbles y aun así tener prejuicios a todo. Entrenar tu mente la hace libre y eso quizás demore tiempo, ya que es una acumulación de experiencias vividas que te hacen aprender cosas. Yo he sido súper afortunada con la educación que tuve, con los padres que tuve y los lugares que he visitado y creo que uno llega a una edad, yo tengo 59 años, en que dice sabes qué… déjame mostrarte lo que yo sé; quizás te puedo ayudar a entender porqué el blanco se utiliza de esta manera o yo lo utilizo de esta manera. Lo que he aprendido a costalazos y con paciencia, son cosas que ojalá alguien las pesque.

-¿Piensas hacer otro libro?
-Aprendiendo a Mirar los hemos publicado tres veces en diferentes ediciones, creo que este libro es un primer paso al que se le puede ir aportando información.En todo caso, hace un tiempo atrás hablé con la gente del ministerio (de Educación) sobre publicar un segundo libro de arte y estaban interesados. El proyecto está en mente y espero que algún día resulte.

-¿Cómo encuentras las publicaciones que existen acerca de la plástica chilena?
-Son complicados, con palabras grandes. Si uno entiende algo es simple de explicar, no es rebuscado. Y eso quise hacer con el libro porque en este minuto en mi vida me interesa sembrar. Uno no vive para siempre.

-¿Crees que el circuito artístico es muy pequeño o falta una política cultural?
-Es una mezcla, depende como se mire, hay ciertos sectores que son elitistas, otros que están muy politizados y lamentablemente en algunos es inexistente. Creo que lo que está haciendo Artequín es valioso y que por ahí va el cuento… La ayuda que nos dio el ministerio con la distribución de los libros fue tremenda. Creo que cualquier institución que divulgue las artes es siempre un aporte.

-¿Harías una fundación?
-Me veo más viviendo en un pueblo chico en la costa de Chile enseñando en un colegio. Una vida tranquila rodeada de plantas, siempre enseñando, mostrando, haciendo talleres y ayudando localmente.

-¿Cómo ves al Museo Nacional de Bellas Artes como institución?
-Compleja la pregunta. No aporta decir algo negativo. Encuentro importante que cada ciudad tenga un centro donde la gente se pueda sentir identificada con la cultura y se sienta parte de. No hago la conexión cuando me dicen: Arte-Chile-Museo Nacional de Bellas Artes. Creo que la gente lo ve como un lugar al que se llega a exponer los trabajos de toda una vida al final de un camino. El MNBA necesita más vida. Me acuerdo que hace años hice una exposición con jazz, con challas y grafiteros pintando en vivo. En la galería había alegría, la gente se paseaba riendo. No entiendo por qué en las exposiciones no ponen música, por qué tiene que ser algo formal que hemos visto desde siempre. Usemos nuestra imaginación para acercar a la gente.

-Hace tiempo que no expones…
-Muchos años que no lo hago (desde 2008). Exponer no es mi objetivo. Es lo último que pienso cuando estoy haciendo un dibujo. Trabajo porque me gusta y lo necesito desde adentro, pero exponer lo encuentro un poco de más. Lo hago y lo haría igual, pero no es mi prioridad. La verdad es que lo que hago es más para mí y mi crecimiento personal.

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ATERRIZAJE EN SANTIAGO
-Cuando llegaste hace 10 años ¿cómo te trató el circuito de la plástica?
-Lo divertido es que llegué haciendo una exposición, en la Corporación Cultural de Las Condes junto a Tito Barreda. En esa oportunidad se me ocurrió colocar un cuaderno para que la gente hiciera sus comentarios. Fue bien fuerte, decían que mis cuadros los podía hacer un niño de 5 años y otros me trataron en forma muy cariñosa.

-En el último tiempo, ¿viste a alguna exposición que te haya llamado la atención?
-Me cuesta opinar de los artistas chilenos. Me gustaría más sentarme con ellos y hacer una crítica constructiva que decirlo aquí. Encuentro que ha habido cosas bastante buenas últimamente, pero también he observado falta de originalidad. Los artistas hacen muchas cosas ya vistas. Eso es una pérdida de tiempo, además de que no aportan.

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-¿Te sientes segura de tu trabajo como artista?
-Si te refieres a que no tengo miedo a experimentar, estás en lo cierto. En el colegio formé un taller para desarrollar fotografía en blanco y negro, y en la universidad uno de color. Después saqué un grado de fotografía ahí y master en grabados. Me encanta y lo paso muy bien con lo que hago.

 -Cuando llegaste a Chile, por ser Carolina Edwards ¿te costó validarte por ti misma?
-Ser Carolina Edwards, como casi todo en la vida, tiene cosas buenas y malas. Creo que caí más en la mira de todos, pero ya estoy vieja para preocuparme de esas cosas. Uno hace lo que mejor puede, no estoy para demostrar nada, solo mostrar lo que yo hago y si alguien le sirve, bien. Hay demasiadas cosas por hacer como para andar preocupada de la cosa pequeña.

-¿En qué estás trabajando?
-Son mapas de dos metros por un metro una mezcla de pintura, dibujo, papel. Van a ser 10 mapas y ya tengo listos 4. Me demoro, porque es un trabajo demasiado entretenido.

-¿Algo parecido a lo que hiciste con el papel en la galería A.M.S. Marlborough?
-Cuando empecé con los papeles hace hartos años eran súper mal vistos; la gente en Chile me decía que no compraba obras en papel porque no se las podía llevar a su casa en la playa porque se iban a humedecer y que creía que no valían tanto como un óleo. Hay todo un prejuicio. El chileno es bueno para el óleo. Eso es pura ignorancia.

LOS PESOS Y LOS GENES
-¿Cómo ves la relación entre el arte y el dinero?
-Déjame contarte primero mi relación con el dinero. Encuentro que el dinero para lo que más sirve es para comprar tiempo, te permite dedicarte a cosas que quizás no podrías hacer porque no son básicas para la existencia. Soy de la tesis que cuando las cosas básicas están resueltas la vida se te hace más fácil. De eso no hay duda. El dinero es un mal necesario.

-¿Te da lo mismo si vendes o no?
-Es mejor para el ego y para el bolsillo si vendes más. Ahora, para la valorización de mi trabajo dependo de la sugerencia que me haga la galería y del país en el que esté exponiendo. Si estás mostrando en Japón, Nueva York o Chile uno trata de tener un monto base, pero son distintos los precios.

-Esas es tu relación con la valorización ¿cómo ves las motivaciones de otros artistas?
-Cada uno sabe dónde le aprieta el zapato. Hay que vender para comer, pero si alguien está siendo artista para enriquecerse lo encuentro poco inteligente. Creo que el artista tiene que ser de verdad, si no, no le va a resultar. Cuando se crea por las lucas se nota, porque es más repetitivo. Lo choro es cuando puedes ver una fotografía, una maqueta de arquitectura o el diseño de una ópera y lo ligas al artista. No importa el método ni de qué está hecho, siempre va a estar lo tuyo en la obra. Yo podría hacer una copia muy buena de alguien, pero ¿por cuánto rato? ¿me interesa hacerlo? Cuando la gente hace eso rápidamente muestra la hilacha. Me sorprende la mezquindad del artista en Chile para explicar su desarrollo, la técnica, el cómo lo hace. Piensan que se lo van a copiar. Es insólito.

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-¿Siempre pensaste en ser artista?
-Es algo con lo que uno nace, una actitud y necesidad. Una actitud hacia la vida que tienen ciertas personas y una definición de prioridades. Se lleva en el día a día.

-¿Va en los genes?
-Puede ser, pero quizás influye más la forma en que una fue criada y la experiencia de vida que traen los años. Yo me siento muy afortunada de tener los padres que tengo. Mi padre, un hombre con un sinfín de intereses y de una cultura extraordinaria y mi madre, una mujer muy centrada y gran amante de las artes. Ambos obviamente han contribuido a mi formación como artista y como ser humano. Además, influyen enormemente las vivencias acumuladas con el tiempo. Tanto los costalazos como los triunfos enseñan y son esos aprendizajes de vida los que se pueden apreciar en el trabajo de un artista de verdad.

-Eres una mujer muy activa. ¿Cómo lo haces para desconectarte de tu trabajo en el diario y enfocarte en la creación?
-Esto es una forma de meditación, de concentrarse y de salirse del día a día que te lleva a un mundo fascinante. Todos necesitamos algo y yo gracias a Dios encontré el arte.

LA FAMILIA
-Cuándo decidiste ser fotógrafa, ¿tu tío Roberto te dio algunos trucos?
-Con él hice Cuerpos Pintados tiempo atrás. Roberto  –se emociona tanto que se le humedecen los ojos- es un tipo fascinante. Yo lo admiro profundamente por las elecciones que ha hecho, los resultados que ha tenido y la forma de quererme a mí. Es un pionero de la fotografía en Chile.

-¿Y la familia es unida?
-Sí, es la única manera de que todo vaya bien. El Mercurio es un tremendo proyecto y es parte de la familia.

-¿Cómo ven el tema de la sucesión?
-Me va a dar ene pena cuando mis padres no estén, pero lo que deja mi padre, su legado, es enorme. Hay que dejar al tiempo que haga lo que tiene que hacer. Soy lo que soy gracias a mis padres y las experiencias acumuladas de vida.

-¿Alguna vez pensaste que ibas a estar en el diario?
-Nunca me negué, pero no era mi norte. Yo soy artista y creo que puedo aportar de cierta forma en las artes. Me interesa mucho el arte público y hacer un aporte en materia educacional. Me interesa sembrar para que las generaciones futuras comprendan y quieran el arte como yo. Y El Mercurio es un medio bien potente que me puede ayudar a hacerlo. Y por eso estoy aquí. •••