El momento más peligroso durante la Guerra Fría llegó en 1962, cuando se enfrentaron Estados Unidos y la Unión Soviética a unos kilómetros de la costa norteamericana. La Crisis de los Misiles en Cuba se resolvió porque ambos países entendían que la alternativa implicaba el fin del mundo. En los 45 años que duró la Guerra Fría, el concepto de la destrucción mutua asegurada –que las armas nucleares eran tan peligrosas que era necesario tenerlas, pero no usarlas– suponía que ambos lados funcionaban con cierta racionalidad.

El asesinato del general Qasem Suleimani evidencia una de las características más peligrosas del orden internacional. El país más poderoso, bajo su liderazgo actual, no actúa racionalmente. Por suerte, Irán sí.

Irán sigue siendo un actor negativo en la esfera internacional, y Suleimani fue uno de los principales arquitectos de su nefasta influencia. La república islámica maneja grupos extremistas en Líbano, Gaza, Yemen, Irak y Siria, entre otros. Su objetivo es ampliar el imperio shiita en el Medio Oriente, por lo que entrena y financia grupos insurgentes en lugares dominados por musulmanes sunitas (el más importante es Arabia Saudita). Conocida es la participación de Irán en el atentado de la AMIA en Buenos Aires. Grupos como Hezbolá, vinculados a Irán, utilizan el narcotráfico latinoamericano para financiarse.

Pero Irán es un actor racional. A pesar de décadas de retórica antiamericana, no desea enfrentar directamente a Estados Unidos. Sabe que perderían. Después de la revolución iraní, ambos países llegaron a un entendimiento tácito de que el conflicto se limitaría a “representantes” como Hezbolá. Es por eso que fue recién después del asesinato de Suleimani que Irán reconoció su involucramiento en el bombardeo de las bases de marinos estadounidenses en Beirut en 1983.

Algunos analistas vieron esto como un triunfo para Trump. Estiman que luego de que Irán llevara meses atacando blancos americanos en Irak, barcos petroleros y sitios sauditas, por fin demostró que se le acabó la paciencia. Como la respuesta iraní a la muerte de Suleimani ha sido bastante limitada, estos observadores, del cual un tal Ian Bremner es el más conocido, concluyeron que Trump delineó una línea roja.

El argumento es cortoplacista e ignora el patrón de la política exterior trumpista. Cualquiera con un conocimiento sumario del Medio Oriente sabe que las memorias son largas. Pueblos han esperado milenios para regresar a sus tierras. La idea de que Irán no haya respondido dentro de la primera semana implique que haya aceptado el asesinato de uno de sus líderes militares más importantes, descartando la posibilidad de represalias a futuro, es demasiado simplista.

Segundo, una vez más, se le asigna algún tipo de lógica a la política exterior de Trump. Pero desde el comienzo el presidente ha mostrado que el único interés que tiene, lo que constituye la Doctrina Trump, es el poder ser reelecto y dominar la política de su país. Todas las decisiones que ha tomado, tanto en la esfera nacional como internacional, apuntan a eso: el discurso antiinmigrante, las fotos que se toma con el líder norcoreano, el inventar y luego resolver una guerra comercial con China. De hecho, las justificaciones que dio el presidente para atacar a Suleimani se han ido cayendo a pedazos. El secretario de Estado Pompeo no se decidía si el ataque fue una retribución por los hechos pasados del militar iraní, o si fue una misión preventiva. Trump sostuvo que Suleimani estaba preparando un ataque a cuatro embajadas estadounidenses en la región, pero el secretario de Defensa, Mark Esper, dijo que nunca vio evidencia de aquello. Pompeo declaró que se les había informado del ataque inminente a las embajadas a un grupo de congresistas, a los que el Ejecutivo supuestamente les entregaría más información clasificada, pero los presentes niegan que se les haya notificado de eso. El congresista republicano Mike Lee dijo después de la reunión que había sido “la peor sesión informativa” que había asistido “en los nueve años que llevo acá”.

Lo más preocupante lo informó el Wall Street Journal (cuyo dueño, Rupert Murdoch, es un aliado político del presidente). Según el periódico, Trump le ha confesado a personas cercanas que el ataque fue diseñado para complacer a senadores republicanos antiiraníes para asegurar su apoyo en la votación del impeachment que viene.

Y ahí está. La Doctrina Trump. El interés propio. Había que renegociar el Tratado de Libre Comercio Norteamericano (NAFTA) no porque el libre comercio en sí era malo, sino porque no llevaba su firma. Ahora hay un acuerdo que negoció Trump. La OTAN es terrible no porque no sirve, sino porque Trump no puede dominar un grupo multilateral. Y el acuerdo nuclear firmado con Irán fue “el peor acuerdo jamás negociado”, no por sus contenidos, sino porque lo negoció Barack Obama. A pesar de que Irán lo estaba respetando, Trump optó por salirse.

El sendero que nos llevó al precipicio comenzó y terminó no con consideraciones geopolíticas, sino con un cálculo doméstico. Es imposible descartar que, mientras se vayan intensificando las presiones del impeachment y electorales, el presidente opte por aplicar, una vez más, la Doctrina Trump.