• 18 enero, 2018

Director Revista Capital

En una verdadera realidad paralela se ha constituido el universo digital. Sin mencionar que determinados grupos de personas pasan ahí más de un tercio del día jugando videojuegos, consumiendo videos y música o interactuando en una infinidad de redes sociales, pocos discuten que el fenómeno como está ya ha conmocionado la vida individual y colectiva a una escala insospechada.

Los alcances políticos, sociales, económicos, psicológicos son objeto de estudio y alimentan un debate en que se friccionan los indiscutibles beneficios en materia de calidad de vida que ha acarreado la revolución digital, y las secuelas indeseadas que parecen estar dejando la sobredosis y la calidad del “producto” que consumen en quienes sin discriminar ni hacer filtro pasan gran parte de su día en esa dimensión desconocida.

Es como si se hubiera liberado un Kraken, esa criatura mitológica escandinava (un pulpo, en realidad), que sin que nadie lo viera venir, ha emergido de las profundidades con sus tentáculos y ha comenzado a devorar los espacios necesarios para que las personas reflexionen, se informen en profundidad, hagan vida social “real” (y no esa en que se está con alguien, pero se opta por mirar una pantalla) e, incluso, simplemente descansen.

Sin siquiera entrar a reprochar el cambio conductual que muchos experimentan una vez que ingresan y quedan atrapados en la trama de las redes sociales, pareciera que el limbo digital se ha constituido en sí mismo en un espacio fuera de control y que supera por mucho la escala individual. Un espacio donde se encuentran el buen salvaje y los salvajes a secas (las personas en su estado más básico y las rebosantes de instintos), con la maquinaria y engranaje de gigantescas corporaciones y de organizaciones de menor escala que parecen digitar hasta los más mínimos detalles de esa realidad virtual.

En esta edición, la entrevista al experto Tristan Harris, que participará en la versión 2018 del Congreso del Futuro, permite mirar de reojo una parte de lo que está envuelto en esta revolución cuyas consecuencias aún están lejos de decantar.

Si se considera únicamente el fenómeno de las informaciones falsas y cuidadosamente digitadas ex ante, o la posverdad y las distorsiones de la realidad que se operan siguiendo la ola social, ya se intuyen los impredecibles efectos que estas fuerzas desatadas pueden tener sobre la democracia y la vida en comunidad. Todo lo cual abre un sinnúmero de interrogantes esenciales, como las referidas al marco ético y la definición de estándares mínimos de transparencia (no regulación) que se deben reclamar para que quienes, para bien o para mal, viven básicamente en este mundo virtual no terminen degradándose como personas y miembros de la sociedad.