Una de las últimas batallas ideológicas que se está dando en Chile es entre quienes afirman que la movilidad social se sostiene en la meritocracia  y quienes defienden la necesidad de generar mecanismos de inclusión. Hasta 2010, todas las encuestas mostraban que la ciudadanía se inclinaba por el mérito como un mecanismo apropiado para […]

  • 17 octubre, 2013

 

Una de las últimas batallas ideológicas que se está dando en Chile es entre quienes afirman que la movilidad social se sostiene en la meritocracia  y quienes defienden la necesidad de generar mecanismos de inclusión. Hasta 2010, todas las encuestas mostraban que la ciudadanía se inclinaba por el mérito como un mecanismo apropiado para lograr la anhelada movilidad. Con Piñera, sin embargo, desde el primer año de gobierno, el mérito y el esfuerzo personal comienzan a perder fuerza como factor de éxito. Quizás sea esto el fracaso más profundo de su administración. La derrota de fondo.

El gobierno se resquebraja la cabeza pensando por qué demonios las personas no reconocen los exitosos indicadores de empleo y crecimiento de la economía. Pero si mirara con atención y leyera adecuadamente los bajos indicadores de innovación y de competitividad del país, y en particular el declive en el valor que se le atribuye al esfuerzo personal y al mérito, no tendría que darle tantas vueltas al asunto.

Los datos disponibles son claros. Y lo que ellos muestran es que este deterioro se ha dado, paradójicamente, durante un gobierno que convirtió al mérito y al emprendimiento en su leitmotiv.

La última encuesta del CEP (agosto de 2013) muestra que sigue siendo baja la percepción que ve en “el Estado el principal responsable del sustento económico de las personas”. Pero, al mismo tiempo, disminuye progresivamente, a partir de 2010, la idea de que “son las mismas personas las responsables de su sustento” (2009, 51%, y 2013, 44%). Esta pérdida de confianza en el esfuerzo propio como medida de ascenso indica indefectiblemente que las personas se sienten desprotegidas para enfrentar los desafíos de la modernidad: el uno mismo es muy poco. (Gráfico 1)

Lo anterior se confirma en otra pregunta de la misma encuesta. En 2008, el 60% de las personas creía que el esfuerzo individual debía premiarse aunque ello implicara diferencias de ingresos importantes. Pero a partir del año 2010, este porcentaje comienza a bajar, llegando a 40% en agosto del 2013. Esto es, las personas comienzan a pensar que quizás los ingresos debieran hacerse más iguales, aunque ello signifique no premiar el mérito personal.  (Gráfico 2)

Lo llamativo es que Piñera llegó a La Moneda con una promesa: la de impulsar “un gobierno empresario”. Él sería capaz de llevar su estela de emprendedor por el país, de chorrear su virtuosismo al ineficiente Estado, de mover su pesada maquinaria con creatividad y energía. La promesa indicaba que él detectaría las oportunidades y favorecería un ambiente propicio para que las personas, sumando su propio esfuerzo, pudieran subirse al tren de la movilidad social. Y todo ello sin límite de velocidad.

Claramente, esta fue una de las razones por la cual un segmento de la clase media emergente, ese mismo que surgió y se fortaleció en el Chile impulsado por la Concertación, terminó votando por Piñera. Un grupo que ya no tenía sentido de pertenencia ni hacia su clase social ni hacia su sector político. Un grupo que creía que con el nuevo gobierno se darían las condiciones para que sus méritos y contribuciones individuales fueran adecuadamente recompensados.

Pero la promesa de movilidad social no se cumplió ni hubo premios a la altura del esfuerzo realizado. La encuesta Bicentenario 2012 (PUC-Adimark), muestra que los principales indicadores de movilidad comenzaron a resentirse desde el  primer año del gobierno de Piñera. (Gráfico 3)

Cabe preguntarse si desde el oficialismo se hicieron esfuerzos de verdad por encantar con el valor del esfuerzo personal. ¿Cuánta convicción real hubo detrás de estos principios que han estado en el corazón de la centro-derecha? ¿Hubo una promoción desatada a favor del emprendimiento? ¿Fue relevante la innovación?

Sin ir más lejos, después de tres años y medio, Fernando Flores presentó su propuesta de trabajo sobre innovación, pero ésta terminó siendo más una novela que una política pública. Un texto para iniciados, sin ningún cable a tierra. Nada. Tarea para otro gobierno. Chile ocupa el puesto 34° en el ranking de Competitividad Mundial del Fondo Monetario Internacional. Y en estabilidad económica estamos en el lugar 17; pero en la dimensión “capacidad de innovación” estamos en el 64.

Lo cierto es que la pérdida de fe en el progreso ya venía insinuándose, desde mediados de la década pasada. Durante los 20 años de la Concertación, la promesa del progreso colectivo fue, sin duda, la principal convicción ciudadana. Progresar requería, eso sí, de algunos sacrificios y de esfuerzo: había que mantenerse en la fila con paciencia, porque más temprano que tarde llegaría a todos. Así, la Concertación logró contener expectativas y demandas sociales. Y Bachelet logró parchar, en parte, la fe en el progreso, sumando tímidamente algunos programas de protección social. Pero lo que la gente quería era sacarse de encima a quienes abusaban con su poder y, sobre todo, más oportunidades para el despliegue de sus capacidades individuales. Por algo ganó Piñera.

Sin embargo, el actual gobierno no reguló expectativas y la movilidad no ocurrió de la manera instantánea que se esperaba. El progreso pasaba a ser así sólo de algunos. Esto se instaló rápidamente y toda la discusión inicial sobre los conflictos de interés de sus ministros y su venta de acciones fue mucho más dañina de lo que se supuso. Algo pasó y la gente se salió de la cola, algunos en busca de otras ventanillas y otros, directo a la calle. La cosa se desordenó y se desbordó.

Durante la administración de la Alianza se perdió la oportunidad de haber instalado el emprendimiento, el valor del esfuerzo personal y el mérito como vehículos para el ascenso social. En cambio, el eje se ha instalado progresivamente en la inclusión, temática liderada por Bachelet.  Su tesis es que la sociedad de oportunidades no es factible en una cancha desnivelada, lo que implica apuntalar a los rezagados. No es suficiente recompensar el esfuerzo individual; se requiere respetar la universalidad de los derechos, como se plantea con la educación gratuita.

En la vereda del frente, Piñera está por dar perdida la pelea, luego de haber tratado, durante todo este tiempo, de ser lo que no es, y haber arrastrado a todo su sector al vacilante e irritante mundo de las ideas sin convencimiento.

Golborne inició su campaña presidencial bajo el paraguas de la meritocracia, y no subió nunca más un punto: ya no había agua en la piscina. Matthei, viendo que el discurso de continuidad con el gobierno de Piñera y el de la meritocracia no volaba, afirmó que su diferencia con la UDI y RN es que ella sí cree en la equidad. Parisi, aprovechándose del descampado que le dejó la centroderecha, se ha permitido decir cualquier cosa, llegando incluso a pisarle los talones a Evelyn.

Por muchos logros que muestre el gobierno de Piñera, esta batalla de las ideas había que ganarla. Era clave para la continuidad de su sector en el gobierno. Por lo mismo, esta derrota ideológica es con dolor. •••